Fiach Dubh

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lunes, 11 de abril de 2016

Gotas

Titubea.

La puerta está abierta. La cerradura lo observa. El gris picaporte descansa, con brilla opaco, y parece observarlo con ironía.

Observa el silencio que lo rodea. Hay fragmentos en todas partes. Cristales rotos, polvo plateado...

Se vuelve a sentar en la silla, y la madera fría quema su piel. La escarcha cubre todo, pero sin delicadeza. Allí no danzan las danzalillas de cristal, allí sólo está el gélido silencio cacofónico.

Cuando despierte el sol, no habrán cortinas que lo oculten. No tiene tanto tiempo.

Podría tararear, pero no posee voz.

Sonríe.

El picaporte le devuelve la sonrisa. Es tan divertido observarlo. Titubea, gotea en silencio. La decisión no tiene relevancia, todo ya está escrito. El picaporte sólo es paciente debido a ello, ya sabe que todo está arreglado. El niño puede quedarse en silencio, pero no quedan cortinas. El sol gélido y cacofónico llegará, con abismos infinitos en rayos deslumbrantes.

No importa que no tenga voz, ni ojos. Sus párpados, suturados sin elegancia y con hilos deshechos, no podrán quedarse sellados. Y aún escucha. Existen aún puertas.

Niño tonto.

La puerta bosteza.

Amanece. El niño sonríe.

Las cenizas quedán en silencio. Las ventanas dejan caer el sol, pero también el viento. Vuela, y vuela.

El picaporte queda roto.



Liath Fiach Dubh

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