Fiach Dubh

Fiach Dubh
Fiach Dubh

miércoles, 20 de abril de 2016

Acunar



El niño descansa.
Luna, Luna, Luna… Acaricia sus cabellos, sus labios agrietados, sus párpados cosidos…
Gota, gota, el rocío cae y cae, descansa en las hojas marchitas, empapa el vacío.
El cuarto está oscuro. La oscuridad antes llenaba cada rincón, con elegancia y suavidad. Ahora sólo existe una ausencia, dibujada con trazos firmes.
El lienzo… gota a gota, se desangra. Las hojas de papel lucen su blancura con una triste sonrisa.
El niño descansa. Se arropa con un ligero temblor. Se acuna en medio del silencio. Antes, el silencio era su amigo, y discutían largas horas, acompañados por algunas intervenciones divertidas del gran reloj de madera. Ahora, no hay silencio, o no es aquel viejo silencio, sino un silencio desconocido.
Luna, Luna, Luna… Acaricias sus cabellos, están fríos, húmedos del rocío.

Camina por las hojas secas. Crujen, crujen y crujen, y saltan los fragmentos desmenuzados. Camino en silencio, con una sonrisa tímida. El río de hojas secas lo lleva, lo mima, lo acuna. Se mece en aquel silencio, viejo amigo, y escucha como el viento sopla, deseoso de ver las hojas danzar.
En el bosque, las hojas siempre son verdes. Cuando una hoja decide descansar, se deja caer, arrullada por el viento, y forma parte de aquel río de hojas secas, cruje y cruje, y descansa.
La Luna sonríe, con alguna pizca de tristeza.
El viento juega, como un niño recién despierto.

Luna, Luna, Luna… El niño ya descansa. Las cortinas se tiñen de gris. La cobija pierde con un suspiro su color.
Luna, Luna… No lo despiertes. En el bosque, el niño juega con el viento, las hojas. Las gotas de rocío descansan por sus mejillas, despiertan en sus párpados.
En la habitación, el niño de párpados cosidos no se mueve. Luna, Luna, no lo despiertes

lunes, 11 de abril de 2016

Gotas

Titubea.

La puerta está abierta. La cerradura lo observa. El gris picaporte descansa, con brilla opaco, y parece observarlo con ironía.

Observa el silencio que lo rodea. Hay fragmentos en todas partes. Cristales rotos, polvo plateado...

Se vuelve a sentar en la silla, y la madera fría quema su piel. La escarcha cubre todo, pero sin delicadeza. Allí no danzan las danzalillas de cristal, allí sólo está el gélido silencio cacofónico.

Cuando despierte el sol, no habrán cortinas que lo oculten. No tiene tanto tiempo.

Podría tararear, pero no posee voz.

Sonríe.

El picaporte le devuelve la sonrisa. Es tan divertido observarlo. Titubea, gotea en silencio. La decisión no tiene relevancia, todo ya está escrito. El picaporte sólo es paciente debido a ello, ya sabe que todo está arreglado. El niño puede quedarse en silencio, pero no quedan cortinas. El sol gélido y cacofónico llegará, con abismos infinitos en rayos deslumbrantes.

No importa que no tenga voz, ni ojos. Sus párpados, suturados sin elegancia y con hilos deshechos, no podrán quedarse sellados. Y aún escucha. Existen aún puertas.

Niño tonto.

La puerta bosteza.

Amanece. El niño sonríe.

Las cenizas quedán en silencio. Las ventanas dejan caer el sol, pero también el viento. Vuela, y vuela.

El picaporte queda roto.



Liath Fiach Dubh

domingo, 10 de abril de 2016

Tiritar

Tirita.

Las gotas caen. La sangre solía ser cálida.

Tirita. Sus pasos son temblorosos e inexactos. La nieve es un lienzo difícil.

Sus párpados son cosa sencilla, y los tuvo listos en pocos minutos. Pero aún existían caminos, puentes que se balanceaban, burlándose de sus patéticos esfuerzos.

Les demostraría. Los vencería.

Buscaba las espinas de las marañas de rosas, pero parecía que lo sospechaban, y los escondían.

Sus dedos no respondían con suficiente habilidad. La aguja, su confidente, no respondía. Brillante, parecía cubierta con filigrana de plata cuando la escarcha la cubría. Después de acabar con sus párpados, no la había vuelto a escuchar.

Les demostraría. Vencería.

La Puerta del Cuervo

En un rincón estaba el cuervo. Sus plumas caían despacio.
El rocío nunca llegó...
El cuervo cerró el silencio, con una cesura agónica.
Gota a gota, todas se pierden... Gota a gota, todas huyen, huye la esencia, huyen los silencios y las notas.
La cacofonía perturba al cuervo. Está prohibida la paz, el viento... El rostro queda, viene, y va, y viene, y va.
El valle arde, arde... El valle arde a medianoche, arde con hojas tímidas, con doncellas llenas de rostros desencajados y ojos desorbitrados. El valle arde, arde y queda lejos del silencio y su curso cristalino.
El valle arde y arde...
En un rincón, el cuervo respira... O suspira... O agoniza. Que más da, la verdad, no es relevante el camino del Cuervo.
La puerta se alza, desnuda. Cruje la madera. Las ventanas se asoman, se tiñen de un rubor oscuro.
Las alas del cuervo gotean, gotean: gotean en silencio los nubarrones y la ventisca. Gotea el rostro pálido, la mejilla manchada, los labios rotos.
Gotea y gotea, gotea y gotea. ¿Quién escapa en cada gota?
Dime, ¿eres tú? ¿Quién eres esta noche?
El cuervo gotea en silencio. Se pierde cada segundo, cada minuto. Dibuja en el momento, dibuja tranquilo. Toma cada cincel, no titubees. Dibuja una sonrisa de metal en una máscara de mimbre.
El cuervo gotea y gotea;
el cuervo calla.
Cuando lo rodean, el silencio pesa.
Cuando se acercan, florecen con una cruel sonrisa los pétalos rojos, y se abren envalentonadas, con sus puas, y sus tallos verdes, y el perfume putrefacto...
¿Gotea el silencio? ¿Gota a gota, gotea el ruiseñor?
¿Gota a gota, amanece, despierta, abre los ojos?
Gotea el cuervo en silencio. Gota a gota, se pierde el silencio, se pierde la nube, se abre la puerta.


Autor: Liath Fiach Dubh

Danza de hojas

¿Puedes verlo?

Dibujan el silencio con delicadeza. El viento las despierta con un soplo de ternura.
Danza, danza, danza...

Despacio, acuden en silencio, despiertan, despiertan. Dibujan círculos de murmullos; dibujan los susurros olvidados, los suspiros, y quizás algun paisaje olvidado... ¿Quién sabe?
Cuando las hojas danzan, todos callan. Los árboles retienen el aliento y observan.
¿Los ves? Acunan con ternura las hojas caídas, hilan el soplo de ternura en innumerables patrones. ¿Lo escuchas?
Si callas, puedes escuchar el latido, pequeño, titubeante y tímido. Puedes percibir aquel frágil palpitar, casi imperceptible.
Danzan y danzan, hojas de silencio y agua, hojas de viento, hojas de rocío, hojas de lágrimas.
Cuando las hojas danzan, el tiempo queda entumecido, adormilado, perturbado. Sus pasos se vuelven cansados, llenos de nostalgia. A veces, las lágrimas anidan en su pecho.
Danzan y danzan... Palpita el silencio y el suspiro. Palpitan las hojas, tímidas, en la última danza, el último vuelo.
Aquel fragmento quedó helado, observando. No recordaba haber visto algo semejante. Las hojas pintaban en sus ojos pequeñas gotas de melancolía. Sus plumas desteñidas estaban presas de un ligero temblor.
Despacio, extendio su mano, titubeando.
Era suave. Palpitaba, cálida aún. No se atrevía a moverse, era tan frágil. Era una gota de nostalgia.
Despacio, la hoja quedó en silencio. Su voz murmuraba el silencio y el viento. Su vestido se hizo polvo, y sus ojos observaron con curiosidad e tristeza aquel pequeño ser oscuro que la sostenía.
Danza, danza, danza. Seguían danzando, con nostagia y tristeza... El viento las acariciaba en silencio, quizás conteniendo los sollozos, quizás sólo escuchando.
Danza, danza, danza... La última danza.









Autor: Airgeadgheal Fiach Dubh