Fiach Dubh

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sábado, 30 de enero de 2016

Callar.

Aún le escocía, así que aplicó un poco de agua. Seguro debía estar un poco rojo. Al lado del lavabo, los gestos resultaron inútiles. No entendía por qué seguían esforzándose en ello. Faltaba muy poco. Ya había preparado todo.
Mientras se secaba, trataron de acercarse a él. No importaba. Era irónico. Los conocía tan bien, que podía evitarlos y obligarlos a irse con facilidad. Igual resultaban molestos.
Se acercó a la pared, y puso su mano en ella. Sintió con asco el tacto arenoso y frío de la pared. Aquello no andaba bien. Sentía una ligera corriente fría en una de sus yemas. Igual, faltaba muy poco, no podía fallar en este momento por una nimiedad.
Aquella noche, le escocía muchísimo, pero la sensación se hacía mayor, cada vez más convincente. Aquella delicada tela de oscuridad era suave y dulce. Podía saborearla, cada vez más cerca de él.
Decidió bruscamente no esperar. Se levantó, y tanteando salió de su cuarto.
La biblioteca siempre tenía aquel aroma… Algún día tendría que solucionarlo. Lo siguieron, pero ya no importaba… Aquello sería bastante sencillo, y no podrían evitarlo.
Cuando encontró la pequeña caja de herramientas, sintió como palpitaba su parpado izquierdo. Era muy relajante. Abrió con suavidad la caja, y buscó la pequeña bolsa que tenía preparada.
Cuando la aguja besó su párpado, su mano temblaba. Pronto todo estaría bien. Lo miraban suplicantes… ello acabaría pronto. No tendría que volver a verlos, nunca más. El hilo era suave, delicado, y acariciaba su mejilla, mientras se enlazaba entre sus párpados. No podía evitar ver los contornos de las estanterías… Y verlos… Trataba de fijar su mirada en las líneas plateadas. Cuando comenzaron a susurrar, se volteó rápidamente. La ventana estaba vacía, empapelada, una de sus primeras decisiones. Sabía que Ella lo observaba, pero ahora sus ojos no podrían responder. Ellos se irían, y estaría tranquilo.
Cuando jalo la aguja, el hilo se tensó, y lo guardó en un silencio cálido. Era tal como lo había querido. Ya sus ojos no podrían molestarle con tantas historias incesantes, tantas notas cacofónicas… Al fin, silencio, pero no aquellos silencios sino un silencio recto, firme, organizado.
Cuando llegó a palpar las sábanas, se acostó sonriendo. Quedaban únicamente dos fugas que cerrar. Hace mucho que no le incomodaba sus oídos, fueron de los primeros que calló. Ahora, sus ojos tampoco hablarían, y la cacofonía estaba reducida. Y lo mejor, no podía verlos, ya no le molestarían.

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