Fiach Dubh

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martes, 5 de agosto de 2014

La Luna nos recuerda

Si la Luna nos recuerda, estaremos a salvo.
¿Lo crees? Si pudieras creerlo... Si tan sólo pudieras soñarlo...
Sólo cierra tus ojos, y deja tus pupilas extraviarse conmigo, buscando algún instante perdido, en algún valle de nomeolvides, dónde la distancia es un pequeño mito... Sólo una verdad perdida, impuesta por océanos de hiedra y cordilleras heladas de hierro.
Pero, podemos creerlo... pues la Luna nos recuerda, siempre lo ha hecho.
¿Entonces, que temeremos?
¿Qué podemos temer?
Si sus lágrimas de cristal llevan tu cuerpo a mi pecho, y descansan mis versos en tu seno. Si el viento lleva, en las hojas perdidas de un bosque partido, escritos con sangre tu nombre y el mío. Me cuesta aceptar que al despertar, mi cuerpo no estará enlazado por el tuyo, y mis sábanas quedarán vacías.
¡Maldito amanecer! La muerte que traes nunca acaba, es una eterna agonía dónde las pupilas se queman bajo un sol aterrador.
¡Maldito amanecer! Me confinas a un páramo, cargado de hierro y hielo, sin ningún sentido, y ningún recuerdo al cual pueda aferrarme. Tratas de atarme a tu bulliciosa y discordante cordura, en una armonía sin sutileza, sin elegancia ni profundidad.
Tratas de encadenarme a tu cordura, en un verso escaso y complicado por inútiles mentiras.
Tratas de confinarme a tu cordura, en un silencio eterno sin susurros prohibidos, sin una noche dónde pueda acostarme en tus brazos.
Tratas de encerrarme en aquel sentido único, en un camino predeterminado dónde no queda sangre ni humo, dónde la sal acaricia mis mejillas y roba mis lágrimas, para hundirlas entre sollozos contenidos y fragmentos de sueños que me obligas a olvidar.
No lo permitiré… Nunca.
Si la Luna nos recuerda… estaremos bien…
Lo estaremos mi cielo, aunque amanezca y nuestras miradas se pierdan, tratando de discernir en la lejanía del cielo, tu cuerpo o el mío, tu mirada o la mía, tu sonrisa o la mía… Aunque mi sonrisa solo viva en los minutos que te sueño, sé que lo estaremos, pues aquello que tenemos es un suspiro de esencia enlazado por las estrellas, y la Luna lleva nuestras lágrimas para aliviar nuestra sed. Mi sed de ti, tu sed de mi…
Mi cielo…
Si deseas, quemaré mis pupilas, y dejaré mis ojos en tu mesita de noche. Coseré mis párpados, y quebraré mis mejillas. Dejaré todo, a tu lado. Sólo pídemelo.
Mi cielo…
¿Quedará oculta tu pupila por un velo gris, dónde mis versos ya suiciden mis lágrimas, buscando hallar un instante de atención? ¿Quedará un vacío escrito en lápidas de mármol y ónice, con perlas grises infestando lentamente cualquier oportunidad que haya escapado? ¿Quedará un momento que nos recuerde, caminando de la mano por un silencio vencido? Si me recuerdas, y las lágrimas te recorren, cada lágrima se hará un beso agonizante, y mis pupilas hallarán el camino a ti, para susurrarte que te amo y soy tuyo, sin dudarlo ni un instante.
Si tus mejillas buscan mis fragmentos, las calmaré con besos decaídos, pues cada instante me hace débil, pero aun seguiré aquí. Mi cuerpo se derrama, y los pedazos de mi alma siguen encerrados en las mazmorras grises, dónde la tortura los transforma en demonios de agonía y sufrimiento, en versos disparejos y crueles, versos que merecen la hoguera… ¿Quemaremos mis versos, para callar este lamento discordante, esta cacofonía sin emoción dulcemente expresada?
Te busco… ¿Acaso no lo entiendes? Si escribo es para hallarte, para atar tu imagen a mi mesita de noche… Escribo, porque agonizo, y no puedo conciliar el sueño imaginando no poder sentirte… Escribo, ¡por que muero! Cada día que se acerca, es la muerte quién me despierta, pues se niega a admitir un alma tan torturada como la mía. Ni Morfeo puede hallarme, pues estoy perdido en un limbo oculto, entre 7 estrellas muertas y un abismo caótico de energía oscura y primordial. Los vigilantes infernales no pueden hallarme, pues el Tártaro mismo sería angelical comparado a este abismo, este silencio sempiterno, esta oscuridad reluciente en fragmentos de gris y matices discordantes. Mi mirada se quiebra, y es recompuesta para ser torturada, por aquellos entes cuyos nombres no podría pronunciar de nuevo… Están en todos lados, acosando mis lágrimas, que se suicidan desesperadas.
Y escribo esta carta, con las palabras que me quedan, con aquellos suspiros que mantuve acumulados, con los versos profanos que ahora poseo. Me dieron vida, me mantuvieron despierto, pero es momento de dejarlos ir. Una estrella fugaz se ofrece a llevarla contigo, ya que habitas en un cielo dónde yo no tengo acceso. Tus lágrimas me pierden, y besaría cada una de ellas antes de dejarlas tocar el suelo. Pertenecen a las estrellas de mi universo, a aquel mundo que quise ofrecerte, aunque no sea más que cenizas y sal.
¿Acaso no ves? Estoy muriendo… Todo lo que queda de mí es una fría agonía, cuyos destellos azules se apagan sin sentido común, se lanzan a las profundidades del páramo de 7 estrellas muertas.
Mis lágrimas te lloran… lloran por una noche nuestra, dónde tus besos hallaban mis pupilas y no retrocedían ante mi negro plumaje… dónde las sábanas no eran un sudario color ceniza, dónde te hallaba a mi lado, palpando tu suavidad en silencio, con sonrisas tranquilas y dulzura sencilla. Mis lágrimas lloran cada beso perdido, cada minuto alejado, cada recuerdo embadurnado por la tinta profana de mis versos patéticos.
Son patéticos, ¿verdad? Sollozan tu nombre, buscando la metáfora perfecta para decirlo de una manera sublime y pura. Pero no hay manera de decirlo. Te extraño. Eso es todo. Te extraño, y soñarte no me basta. Soñar con tus besos, con tu mirada chispeante… No me basta. Y la Luna es mi única mensajera, quien en las estrellas deja escrito mi último suspiro, que lleva tu nombre. Estoy muerto, pero mi alma te pertenece, así que la Parca retrocede y la deja atormentarse en un páramo intermedio. Mi alma no puedo irse, pues quedo atada a tu cuello, a tu mirada, a tus besos. Palpita contigo, pues te pertenece.
Te extraño… Mi cielo…
Te extraño, y persisto en escribirte, pues cada verso patizambo que logro me produce aquella adictiva sensación de hallarte, y me permite creer en que al amanecer no desaparecerás. Te escribo, en todas las maneras que humanamente puedo, pues perteneces a otro silencio, a un mundo dónde el Averno queda confinado fuera. Persisto en intentarte, y en cada texto aderezado por lágrimas siento que puedo besarte, que puedo tomar tu mano.  Siento que puedo tocar tu cabello, y aspirar el aroma… Siento que tus labios recorren mis mejillas, y beso tu frente en silencio… Te siento…
La Luna cree en nosotros. ¿Estaremos a salvo?
Mis lágrimas te buscan, en cada beso de lluvia, en cada instante que toma forma entre mis sábanas, dónde me diluye tu mirada. Te busco, en cada verso deforme que tengo, y cada texto profano que escribo busca alcanzarte, en un cielo azulado de estrellas perfectas. Te extraño, mi cielo…

Te extraño…

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