Fiach Dubh

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lunes, 11 de agosto de 2014

La noche es nuestra

Tus labios esbozaron una sonrisa, en una compleja mezcla de coquetería y delicadeza. No fue necesario mucho más. Suelo ser calmado, y tranquilo… ¿Pero cómo serlo contigo? Tus pupilas solían ser un océano dónde me perdía, y hallaba calma. Pero ahorita… Si pudiéramos concretar el fuego del Infierno en la dulzura del Paraíso, espolvoreando con suavidad el Purgatorio, sería un pequeño intento de describir aquella entidad que había tomado tu silencio.  Los Jardines Elíseos ardiendo en llamas multicolores, regados por la armonía del Río Lete, dónde tu mirada produce un intenso olvido, reduciendo cada suspiro, cada fragmento de una respiración agitada a la inmensidad que arde en ella.
Lentamente, atraes mis pasos. ¿Has escuchado la historia de Felurian, la doncella Fata? Aquellos que sucumbían  a su mirada, morían al no poder mantener su ritmo. ¿Qué hacer? No sé por qué podría preguntarme ello, si desde que cruzaste mi mirada, no tenía camino diferente. Estaba perdido, ardiendo en silencio, prisionero de un hechizo suave, sutil, y nada humano. ¿Qué eres? ¿Una doncella oscura, reluciente entre sangre y magia negra? ¿Una sierva de Proserpina, dueña del Erebo, silenciosa y armada? ¿Una vehemente amazona, dispuesta a erradicarme en un parpadear? Me tenías…
El cuenco de fresas estaba vacío, y sólo quedaban algunos restos de crema. Con pasos inseguros, me acerqué a él, y deslicé mi dedo por el borde, manchándolo de blanco. Lo lleve a mis labios. Estaba perfecta, con la dulzura y frescura de tus labios rojos. Inclinaste un poco tu ceja, divertida, y seguiste mirándome en silencio. No estaba seguro si luego renegarías por las sábanas, pero aquello lo veríamos luego.
Colocadas en equilibrio precario…. La pequeña oscuridad recalcaba el color rojo, realzando cualquier apetito, esperando. Era una invitación que perdía toda humanidad, siendo una ambrosía de deseo y suavidad, en una elegancia de la que sólo tú eres dueña.  Podía sentir cómo palpitaban, y no entendía como no quedaban hechas cenizas, tostadas en aquel río de lava que descendía de ti, comenzando por tus ojos y corriendo por tu suave cuello.
Estaba allí. No supe decir cuando, o cómo, y mis pies fueron ignorados desde ese entonces por mi mente. Los latidos me descontrolaban, y me ahogaba en un perfume de esencia, de verano e invierno, de cielo e infierno. Si el agua corriera por mis venas, caería exánime puesto que no quedaría.
Los labios eran inútiles Mis labios eran inútiles. ¿Cómo hacer justicia a aquella conjunción astrológica, a aquella entidad inseparable que formaban la crema y tu piel? ¿Cómo expresar de manera oral aquello, en una necesidad ininteligible, cuyo raciocinio estaba perdido desde el momento que me llamaste a tu habitación?
Tu sonrisa quedaba clara, y tus pequeños ojos rasgados marcaban un compás, creando un campo de emociones no lexicales, inexpresables e inescrutables. Pequeños copos de nieve adornaban tus suaves labios, realzando aquella suavidad enloquecedora. Pequeños besos, pequeños silencios… Necesitaba sentirlos, a la vez observarlos, a la vez olfatearlos, a la vez tocarlos… ¿Cómo hacer todo a la vez? Suaves, pequeños, tiernos como la fruta que cubría tu pecho, cómo aquellas fresas bienaventuradas que te usaban cómo lecho. Aquello podría considerarse una parafilia, dónde tú eras el lecho y las fresas eran tu pareja, pero sería no hacer justicia a tu mirada, a tu piel erizada, a tu cuerpo entre las sábanas, a tu sonrisa…. Tu sonrisa angelicalmente infernal…
Marcabas el compás, y mi lengua se perdía buscando cada resquicio, perdiéndose en los blancos copos que la crema había formado. Era una danza de silencios, con pequeños quiebres en respiraciones agitadas. Aquellos suspiros, aquellas notas que escapaban tratando de maniobrar una expresividad tan infinita… tan intensa e imposible.
Mi lengua halló lentamente la conjunción de oscuridad y fresas, deslizándose por ellas, devorando con suavidad. Primero ha de degustarse, y aquel instante fue uno más de aquel compás, y a la vez una melodía intensa. Decir que eras el lecho, y que las fresas eran mi amante, sería no hacer justicia a la dulzura salada de tus pechos, dónde descansaba un ánima de fuego, latiendo en un ritmo desesperado.
Aquella podría ser una muerte perfecta, ¿no crees? Cubierto de crema, azucarado por decirlo de alguna manera, sin ninguna distancia física, en una noche eterna dónde las estrellas sean los almohadones de un lecho tranquilo. Sólo para nosotros.
Aquello no era suficiente, mi poesía oral no podría ser suficiente como para cubrir aquella conjunción intensa, dónde enloquezco en silencio. Tus pequeños vellos quedaban cubiertos de una fina capa de escarcha espumada, suave y dulce, perfecta. Jalabas de mis cabellos, y estabas allí, podía sentir cada silencio de tu aroma, cada instante palpitando entre nosotros, en una noche dónde el océano huye, puesto que la distancia fue derrotada. Aquella noche, las lágrimas no podrían hallarnos, pues es nuestra y descansamos en silencio.
La crema descansaba en tu cuerpo, y me llamaba. Las pequeñas fresas estaban desperdigadas por tu suavidad, esperando una mera señal para ensalzar una danza única, dónde podría perderme en eternidad no pensadas. Descendía sobre ellas, buscando percibirlas en una lluvia de sentidos, en un límite insalvable y soñado. Quería dividirme, para poder usar mis diversos sentidos, pero a la vez quería estar yo sólo, en nuestra intimidad de dulzura, elegancia, y vehemencia.
Las nubes callas, atentas. Las estrellas sólo murmuran notas de melancolía, puesto que tus sábanas blancas no concuerdan con mis sábanas azules. Parpadear… Parpadear y no hallarte… Parpadear y observar el sol salir, en un instante dónde no estás…. ¿Por qué?

Tu silencio aguardaba, y la crema se deslizaba, marcando delgadas líneas de eternidad, dónde me hallo y te hallo. Mi lengua te busca, entre suspiros y lágrimas desfallecientes, entre fuego y hielo, entre sal y hierro. Busco tus latidos, en una melodía infernal por la cual son expulsados los serafines del cielo. Busco tus latidos, y te hallo, cubierta de fresas, bajo mis sábanas azules con manchas de nieve. La crema descansa en tu pecho, en tu pubis perfecto, en tu esencia y tus labios. El silencio es nuestro, y las estrellas sólo observan, curiosas y coquetas. Siento tu calor, tu aroma, y no dejo de perderme sin poder decir más. Mi poesía oral no es suficiente, y tu silencio arde en eternidades sin mediodía. La noche es nuestra.

2 comentarios:

Alba Rico Barrio dijo...

Qué bonito Víctor. :)

Victor Cruz dijo...

Gracias por leerlo, Alba, es un gran honor para mi. Muchas gracias =)