Fiach Dubh

Fiach Dubh
Fiach Dubh

viernes, 8 de agosto de 2014

La Luna sonreía

Indefinidamente…
¿Puede prolongarse un suspiro de manera indefinida?
Un momento, sólo un instante… Algunos segundos serían suficientes.
Una Lágrima encontró la Noche, escondida en un cielo vacío dónde los suspiros morían sin hablar.
Una lápida cruzaba sus mejillas, cantando una canción de cuna. Era una canción dulce, pero agónica, y en cada paso la lápida se hundía más en aquel pantano sin memoria. Cada paso era un instante perdido, huyendo en una carrera infinita.
La Noche se escondía, envuelta en una bata de plata. Las estrellas dormían, y el cielo quedaba incompleto en un atardecer petrificado. La Noche se aferraba a la lápida, vieja y llena de hiedra. El epitafio en el mármol estaba muy desgastado, y no podía apreciarse nada.
La Lágrima sólo observaba, puesto que la noche le era ajena. Era hermosa, suave… Dulce cómo un suspiro roto, tierno. Podía aspirar el latido que la embargaba, como un halo de misterio y una invitación elegante y amable. Podía observarla, pero no poseía nada… Nada en absoluto
Sólo pudo mirarla, escondida, acongojada por su existencia. No podía hallarla, pues la Noche y la Eternidad se asemejan demasiado. Podría confundirla, y aquello hubiera supuesto una historia llena de peripecias inútiles y agotadoras. Pero no dejaba de mirarla.
Una Lágrima buscaba la Noche, en un páramo desierto dónde los suspiros mueren. Una Lágrima huía sin sentido, buscando el albor de medianoche. ¿Qué podía hallar? No era un camino abierto, era un laberíntico océano de emociones en silencio, desarmadas pero hambrientas.
Las Estrella estaban por despertar, pero la Noche seguía escondida. La Luna sólo sonreía, con una nostalgia sincera, pues ambas les pertenecen en un hechizo oculto. Y aquello nunca lo sabrían.
Una lágrima encontró a la noche, y se deslizo por su pecho azucarado. Deshizo algunos silencios, y retocó de manera sencilla algunas miradas convergentes. Algunos versos se deslizaron fuera de sus madrigueras, buscando algún sentido.
Entonces, se hallaron. Y la Luna sonreía. La Luna recordaba, y eso era suficiente. No había necesidad de más, en verdad. ¿Qué más puede pedirse?
Y Lágrima y Noche, fueron unas solas. Puesto que eran una, y eran infinitas, en una cadencia diluviosa que descendía por los valles azulados. Se hallaban, y se unían, desgarrando los besos y los abrazos, y recomponiendo las miradas agotadas de escudriñar el cielo.
Se hallaban, en abrazos sinceros, escondidos tanto tiempo. Pues cada Noche llevaba una Lágrima, compartida en una dualidad de ánimas rotas. Aquella dualidad era eterna, pues habitaba la sonrisa de la Luna, y aquello podía ser eterno en una elección dicha.
La Luna sonreía, y se hallaban. Aquella noche, y cada noche. La Luna los acogía, y no había caminos cerrados. Podían tocar el cielo por instantes intermitentes, y sentirse en cada rincón. Podían besar los labios de niebla, y acurrucarse en una sonrisa pálida, pero aún existente. Las estrellas dormían, pero ellos no.
Y la Luna sonreía.
¿Podría ser aquello eterno? Cada noche, una eternidad de ambos. Una eternidad labrada en plata, dónde Noches y Lágrimas sean sacrificadas en una sonrisa y un latido compartido.

La Luna sonreía.

No hay comentarios: