Fiach Dubh

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martes, 26 de agosto de 2014

Pausa

Aquella noche, las lágrimas suplicaban un instante. Suplicaban una cesura, una pausa. El verso quedaría en aquel fragmento. ¿Para qué seguirlo? Aquel instante podía quedarse, en una nota sostenida por mil pensamientos azulados, dónde las estrellas recorren tus mejillas en caricias que desearía poder darte.
La Luna… Podría pedirle un instante, en una eternidad única e imperdonable. Podría pedir un universo, recluido en aquel momento, en una continuidad hecha sólo para nosotros. Un segundo quizás, con tus labios en los míos, tu cuerpo pequeño palpitando a mi lado, tus brazos rodeándome en calidez sublime, y tus mirada capturando la mía.
Esta noche, mis lágrimas callan, y en una plegaria muda suplican que cese. Piden que calle, que no hable, que no prosiga. Se inmolan en un intento desesperado de aletargar su caminar, y dejarlo inválido en un rincón del sentido. ¿Podrán conseguirlo?
Aquella noche, las lágrimas declamaban suspiros y versos. Aquella noche, cada nota fue precisa, y calculada, y la Luna escuchó una eternidad de tristeza.
Un deseo… Un deseo inhumano, dónde la esencia yace y muere, susurrado en mil pedazos por una garganta seca, un pecho vacío, una mirada muerta. Un deseo, un anhelo, un sentido buscado y pensado, dicho y desdicho, siempre hallado.
Una cesura. Una pausa.
¿Podría cesar tu sentido? ¿Podrías buscar otro camino? ¡Olvida mi nombre, desalmado mendigo!
Un reposo, un cese… ¿Es acaso pedir mucho?
Décima… Eres cruel. ¿Acaso te pido mucho? Escúchalas caer, en mil fragmentos afilados, dónde los labios descarnados del día acosan sus cuerpos de cristal.
Hoy mis lágrimas imploran una pausa ligera, una cesura de eternidad pequeñas, en tus ojos rasgados. Luna, dama blanca, dueña de los instantes nuestros, ¿podrías darme una pausa? ¿Podrías darnos un instante, que reconozca cada beso, y cautive cada abrazo? ¿Podrías darnos un lecho, dónde sus labios me hallen y nunca me pierdan?
Una pizca de arena perdida, ¿es acaso un sacrilegio? Si la Parca se interpone, ¿qué importa? Si la Luna nos decide, y dedica esta nota eterna en un “nuestro”, ¿por qué callar? ¿Por qué temer? Una noche no amanece, y queda exacta en nuestro lecho, cubierta por una fina sábana de azúcar plateada. La tomamos en silencio, en una cobija sin ajenjo, y deslizamos nuestros abrazos entre suspiros perdidos.
Tiempo… Un silencio, nada te cuesta. La Luna nos recuerda, y aquella eternidad nos halla, para unirnos en nuestros besos. Mis lágrimas la buscan, y la hallarán, puesto que la distancia queda opacada en tu mirada, cuya luz me descubre, y me toma. Tu pecho es mi destino, dónde hallo un refugio, y puedo descansar tranquilo.
Esta noche, mis lágrimas lloran, y mueren, se entregan en un sacrificio dulce. La Luna las escucha, y nos otorga un instante. ¿Qué es un instante? La eternidad puede definirse en un beso, si nosotros lo deseamos. ¿Será nuestra? Un instante de plata, y de azul, de tus besos y tu mirada, de tu sonrisa de ternura, y tus muecas que hablan. Es nuestro. Un regalo de la Luna, que nos hace eternos.

Y la distancia no hallará el camino que escribo para ti, para llegar a tu pecho, y tomar cada beso que nos hace falta. Será nuestro. Somos tú y yo, y yo soy tuyo por completo. ¿Qué más puedo pedir? La Luna nos otorga un silencio, una cesura. Somos tú y yo, la noche es nuestro lecho, el tiempo se deshace, y la distancia se aleja… Tus manos recorren mis cabellos, y tu pecho palpita despacio, con armonía y dulzura. Percibo tu aroma, y puedo descansar. ¿Qué más puedo decir, o suplicar? Si la eternidad queda escrita en cada beso que lloro, en cada lágrima que sonrío, en cada abrazo que escribo… La eternidad queda en nosotros, y hallamos el nosotros entre nuestros almohadas, esperando junto a la noche, y a la eternidad prometida. Somos tú y yo, y descanso en tu pecho. La noche no llora, pues el tiempo ha muerto.

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