Fiach Dubh

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martes, 26 de agosto de 2014

Pausa

Aquella noche, las lágrimas suplicaban un instante. Suplicaban una cesura, una pausa. El verso quedaría en aquel fragmento. ¿Para qué seguirlo? Aquel instante podía quedarse, en una nota sostenida por mil pensamientos azulados, dónde las estrellas recorren tus mejillas en caricias que desearía poder darte.
La Luna… Podría pedirle un instante, en una eternidad única e imperdonable. Podría pedir un universo, recluido en aquel momento, en una continuidad hecha sólo para nosotros. Un segundo quizás, con tus labios en los míos, tu cuerpo pequeño palpitando a mi lado, tus brazos rodeándome en calidez sublime, y tus mirada capturando la mía.
Esta noche, mis lágrimas callan, y en una plegaria muda suplican que cese. Piden que calle, que no hable, que no prosiga. Se inmolan en un intento desesperado de aletargar su caminar, y dejarlo inválido en un rincón del sentido. ¿Podrán conseguirlo?
Aquella noche, las lágrimas declamaban suspiros y versos. Aquella noche, cada nota fue precisa, y calculada, y la Luna escuchó una eternidad de tristeza.
Un deseo… Un deseo inhumano, dónde la esencia yace y muere, susurrado en mil pedazos por una garganta seca, un pecho vacío, una mirada muerta. Un deseo, un anhelo, un sentido buscado y pensado, dicho y desdicho, siempre hallado.
Una cesura. Una pausa.
¿Podría cesar tu sentido? ¿Podrías buscar otro camino? ¡Olvida mi nombre, desalmado mendigo!
Un reposo, un cese… ¿Es acaso pedir mucho?
Décima… Eres cruel. ¿Acaso te pido mucho? Escúchalas caer, en mil fragmentos afilados, dónde los labios descarnados del día acosan sus cuerpos de cristal.
Hoy mis lágrimas imploran una pausa ligera, una cesura de eternidad pequeñas, en tus ojos rasgados. Luna, dama blanca, dueña de los instantes nuestros, ¿podrías darme una pausa? ¿Podrías darnos un instante, que reconozca cada beso, y cautive cada abrazo? ¿Podrías darnos un lecho, dónde sus labios me hallen y nunca me pierdan?
Una pizca de arena perdida, ¿es acaso un sacrilegio? Si la Parca se interpone, ¿qué importa? Si la Luna nos decide, y dedica esta nota eterna en un “nuestro”, ¿por qué callar? ¿Por qué temer? Una noche no amanece, y queda exacta en nuestro lecho, cubierta por una fina sábana de azúcar plateada. La tomamos en silencio, en una cobija sin ajenjo, y deslizamos nuestros abrazos entre suspiros perdidos.
Tiempo… Un silencio, nada te cuesta. La Luna nos recuerda, y aquella eternidad nos halla, para unirnos en nuestros besos. Mis lágrimas la buscan, y la hallarán, puesto que la distancia queda opacada en tu mirada, cuya luz me descubre, y me toma. Tu pecho es mi destino, dónde hallo un refugio, y puedo descansar tranquilo.
Esta noche, mis lágrimas lloran, y mueren, se entregan en un sacrificio dulce. La Luna las escucha, y nos otorga un instante. ¿Qué es un instante? La eternidad puede definirse en un beso, si nosotros lo deseamos. ¿Será nuestra? Un instante de plata, y de azul, de tus besos y tu mirada, de tu sonrisa de ternura, y tus muecas que hablan. Es nuestro. Un regalo de la Luna, que nos hace eternos.

Y la distancia no hallará el camino que escribo para ti, para llegar a tu pecho, y tomar cada beso que nos hace falta. Será nuestro. Somos tú y yo, y yo soy tuyo por completo. ¿Qué más puedo pedir? La Luna nos otorga un silencio, una cesura. Somos tú y yo, la noche es nuestro lecho, el tiempo se deshace, y la distancia se aleja… Tus manos recorren mis cabellos, y tu pecho palpita despacio, con armonía y dulzura. Percibo tu aroma, y puedo descansar. ¿Qué más puedo decir, o suplicar? Si la eternidad queda escrita en cada beso que lloro, en cada lágrima que sonrío, en cada abrazo que escribo… La eternidad queda en nosotros, y hallamos el nosotros entre nuestros almohadas, esperando junto a la noche, y a la eternidad prometida. Somos tú y yo, y descanso en tu pecho. La noche no llora, pues el tiempo ha muerto.

domingo, 24 de agosto de 2014

Te extraño.
Cada noche podría esconderse en tus besos. O cada beso tuyo podría ser una de mis noches, ¿no crees? Un sueño podría resumirse en un latido, en un silencio, en una sonrisa… o en una lágrima. ¿Cómo elegir? No es posible.
Cada noche mía, es tuya. Habitas mi esencia, y mis sentidos te buscan. Mis lágrimas agonizan, buscando tus labios. Mis párpados se hunden, en un páramo de eternidades rotas, buscando un pétalo azulado dónde dejaste una marca de tus labios. Mis latidos escapan, huyen desbocados en cada pequeño recuerdo nuestro.
Abro mis ojos, y descubro tu mirada. ¿Cómo describir aquel despertar? Creo que las palabras no bastarían. Descubro aquella chispa de sensualidad y alegría, y observo tus cejas danzando en mil y un gestos, en aquella expresividad tuya que tanto me encantaba. ¿Recuerdas cuantas fotos tomé de tus gestos y muecas? Sabes… Las fotos nunca serían suficientes. Nunca serán bastantes. Tienes aquella costumbre, tantas muecas en un solo instante…
¿De qué sirve escribir? La verdad que ahora quizás escriba para pensarte, o buscarte. Es curioso… Escribir me hace sentirte. Como si estuviera en tu regazo, con mi pequeño cuaderno o alguno de mis blocks de nota… mientras que tu observas, o me cuentas tu día, o sencillamente existes, y me permites sentirte.
Tus manos siempre han sido pequeñas. ¿Hay magia que no domines? Lo dudo. Cuando tus manos recorrían mi piel, no había silencio, ni insomnio. Había paz, aquella paz que sólo hallas en un cielo dónde la Luna desciende y danza con tranquilidad. Cada noche, siento que me acoges, en tu mirada de miel y tus pestañas calladas.  Lo necesito… Cada noche, necesito cada instante viajero, que atraviesa el cielo en alas de plata, y halla el camino a mi cuarto vacío.
¿Por qué no estás aquí? ¿Por qué no estoy yo, en la orilla de tu cama, acariciando tu cabello en silencio mientras duermes? No hay sentido alguno… ¿Qué hago lejos de ti? ¿Qué hago sin tu perfume, sin  tu mirada de miel, sin tu sonrisa de recuerdos? ¿Qué hago sin tus labios dulces, tiernos y nunca callados?
Por favor, no te vayas… ¿Luna, dónde estás? Luna, no la lleves… ¡Por favor! La necesito.
Quédate a mi lado, en cada verso perdido, y cada oscuro latido. Te necesito. Si la Luna se va, ataré las estrellas en una noche de instantes, dónde puedas quedarte conmigo. Si las estrellas fallan, ataré la noche misma, a mi alma vacía, para hallarte conmigo cuando los grillos cantan, y las nubes descansan… Sólo quiero sentirte, y sentir tus labios en los míos… Sentir que descanso en tus pequeños brazos, y soñar… soñar… soñar contigo.
Mi alma está perdida… ¿Qué puedo hallar? Necesito que me halles, y me busques. Necesito que me tomes, en un abrazo tuyo. Sólo puede ser tuyo, mi cielo. ¿Qué puedo hallar, si escondes tus pupilas? ¿Qué puedo vivir, si tus silencios se hacen largos? Necesito tus mejillas, en una lágrima escondida, y esconderme en tu pecho.
Tú lo eres. Tú eres la noche que busco, una noche azulada cómo un jardín de nomeolvides. Una noche tan tuya, y tan mía, ¿no crees? Podrías tomar mi mano, y conducir mis pasos, sobre cielo e infierno, en una búsqueda eterna de una sonrisa nuestra. La distancia queda marchita, queda vencida. Sólo tomaré tu mano, y sentiré tu palpitar dulce.
Te extraño. No puedo escribir más, no sé cómo explicarlo. Tus abrazos me hacen falta. Tus besos me hacen falta. Tu mirada, cada movimiento que haces con tus cejas. Tu nariz sonrojada, tu frente de eternidad… Cada verso busca un retrato tuyo, para acomodarlo en mi lecho, y abrazarlo en silencio.

Te extraño.

lunes, 11 de agosto de 2014

La noche es nuestra

Tus labios esbozaron una sonrisa, en una compleja mezcla de coquetería y delicadeza. No fue necesario mucho más. Suelo ser calmado, y tranquilo… ¿Pero cómo serlo contigo? Tus pupilas solían ser un océano dónde me perdía, y hallaba calma. Pero ahorita… Si pudiéramos concretar el fuego del Infierno en la dulzura del Paraíso, espolvoreando con suavidad el Purgatorio, sería un pequeño intento de describir aquella entidad que había tomado tu silencio.  Los Jardines Elíseos ardiendo en llamas multicolores, regados por la armonía del Río Lete, dónde tu mirada produce un intenso olvido, reduciendo cada suspiro, cada fragmento de una respiración agitada a la inmensidad que arde en ella.
Lentamente, atraes mis pasos. ¿Has escuchado la historia de Felurian, la doncella Fata? Aquellos que sucumbían  a su mirada, morían al no poder mantener su ritmo. ¿Qué hacer? No sé por qué podría preguntarme ello, si desde que cruzaste mi mirada, no tenía camino diferente. Estaba perdido, ardiendo en silencio, prisionero de un hechizo suave, sutil, y nada humano. ¿Qué eres? ¿Una doncella oscura, reluciente entre sangre y magia negra? ¿Una sierva de Proserpina, dueña del Erebo, silenciosa y armada? ¿Una vehemente amazona, dispuesta a erradicarme en un parpadear? Me tenías…
El cuenco de fresas estaba vacío, y sólo quedaban algunos restos de crema. Con pasos inseguros, me acerqué a él, y deslicé mi dedo por el borde, manchándolo de blanco. Lo lleve a mis labios. Estaba perfecta, con la dulzura y frescura de tus labios rojos. Inclinaste un poco tu ceja, divertida, y seguiste mirándome en silencio. No estaba seguro si luego renegarías por las sábanas, pero aquello lo veríamos luego.
Colocadas en equilibrio precario…. La pequeña oscuridad recalcaba el color rojo, realzando cualquier apetito, esperando. Era una invitación que perdía toda humanidad, siendo una ambrosía de deseo y suavidad, en una elegancia de la que sólo tú eres dueña.  Podía sentir cómo palpitaban, y no entendía como no quedaban hechas cenizas, tostadas en aquel río de lava que descendía de ti, comenzando por tus ojos y corriendo por tu suave cuello.
Estaba allí. No supe decir cuando, o cómo, y mis pies fueron ignorados desde ese entonces por mi mente. Los latidos me descontrolaban, y me ahogaba en un perfume de esencia, de verano e invierno, de cielo e infierno. Si el agua corriera por mis venas, caería exánime puesto que no quedaría.
Los labios eran inútiles Mis labios eran inútiles. ¿Cómo hacer justicia a aquella conjunción astrológica, a aquella entidad inseparable que formaban la crema y tu piel? ¿Cómo expresar de manera oral aquello, en una necesidad ininteligible, cuyo raciocinio estaba perdido desde el momento que me llamaste a tu habitación?
Tu sonrisa quedaba clara, y tus pequeños ojos rasgados marcaban un compás, creando un campo de emociones no lexicales, inexpresables e inescrutables. Pequeños copos de nieve adornaban tus suaves labios, realzando aquella suavidad enloquecedora. Pequeños besos, pequeños silencios… Necesitaba sentirlos, a la vez observarlos, a la vez olfatearlos, a la vez tocarlos… ¿Cómo hacer todo a la vez? Suaves, pequeños, tiernos como la fruta que cubría tu pecho, cómo aquellas fresas bienaventuradas que te usaban cómo lecho. Aquello podría considerarse una parafilia, dónde tú eras el lecho y las fresas eran tu pareja, pero sería no hacer justicia a tu mirada, a tu piel erizada, a tu cuerpo entre las sábanas, a tu sonrisa…. Tu sonrisa angelicalmente infernal…
Marcabas el compás, y mi lengua se perdía buscando cada resquicio, perdiéndose en los blancos copos que la crema había formado. Era una danza de silencios, con pequeños quiebres en respiraciones agitadas. Aquellos suspiros, aquellas notas que escapaban tratando de maniobrar una expresividad tan infinita… tan intensa e imposible.
Mi lengua halló lentamente la conjunción de oscuridad y fresas, deslizándose por ellas, devorando con suavidad. Primero ha de degustarse, y aquel instante fue uno más de aquel compás, y a la vez una melodía intensa. Decir que eras el lecho, y que las fresas eran mi amante, sería no hacer justicia a la dulzura salada de tus pechos, dónde descansaba un ánima de fuego, latiendo en un ritmo desesperado.
Aquella podría ser una muerte perfecta, ¿no crees? Cubierto de crema, azucarado por decirlo de alguna manera, sin ninguna distancia física, en una noche eterna dónde las estrellas sean los almohadones de un lecho tranquilo. Sólo para nosotros.
Aquello no era suficiente, mi poesía oral no podría ser suficiente como para cubrir aquella conjunción intensa, dónde enloquezco en silencio. Tus pequeños vellos quedaban cubiertos de una fina capa de escarcha espumada, suave y dulce, perfecta. Jalabas de mis cabellos, y estabas allí, podía sentir cada silencio de tu aroma, cada instante palpitando entre nosotros, en una noche dónde el océano huye, puesto que la distancia fue derrotada. Aquella noche, las lágrimas no podrían hallarnos, pues es nuestra y descansamos en silencio.
La crema descansaba en tu cuerpo, y me llamaba. Las pequeñas fresas estaban desperdigadas por tu suavidad, esperando una mera señal para ensalzar una danza única, dónde podría perderme en eternidad no pensadas. Descendía sobre ellas, buscando percibirlas en una lluvia de sentidos, en un límite insalvable y soñado. Quería dividirme, para poder usar mis diversos sentidos, pero a la vez quería estar yo sólo, en nuestra intimidad de dulzura, elegancia, y vehemencia.
Las nubes callas, atentas. Las estrellas sólo murmuran notas de melancolía, puesto que tus sábanas blancas no concuerdan con mis sábanas azules. Parpadear… Parpadear y no hallarte… Parpadear y observar el sol salir, en un instante dónde no estás…. ¿Por qué?

Tu silencio aguardaba, y la crema se deslizaba, marcando delgadas líneas de eternidad, dónde me hallo y te hallo. Mi lengua te busca, entre suspiros y lágrimas desfallecientes, entre fuego y hielo, entre sal y hierro. Busco tus latidos, en una melodía infernal por la cual son expulsados los serafines del cielo. Busco tus latidos, y te hallo, cubierta de fresas, bajo mis sábanas azules con manchas de nieve. La crema descansa en tu pecho, en tu pubis perfecto, en tu esencia y tus labios. El silencio es nuestro, y las estrellas sólo observan, curiosas y coquetas. Siento tu calor, tu aroma, y no dejo de perderme sin poder decir más. Mi poesía oral no es suficiente, y tu silencio arde en eternidades sin mediodía. La noche es nuestra.

viernes, 8 de agosto de 2014

Puedo...

Puedo sentirte
Y la noche nos acuna;
Tus mejillas arden en silencio
Y tus labios sonríen…
Enlazas tus piernas con las mías,
Formando una armonía completa
Dónde cabe el silencio…
Nuestro silencio.

Tu respiración marca el ritmo,
Tu mirada la tonalidad
Entre sueños y rocío,
Juntos…
¿El cielo gime?
¿El océano se agita?
Que importa,
Si palpitas a mi lado
Entre estrellas y lágrimas,
Los párpados que huyen de la mesita de noche…
¿Qué importa? Si mi cielo es el tuyo,
Y puedo creerlo.
Puedo escuchar tu silencio
Y cada paso azucarado,
Cada minuto de rocío,
Cada intensidad absoluta.

Acúname en tu pecho,
No me dejes en tu olvido;
Acúname en tu cielo,
Sólo soy un caído…

Que la noche oscurezca
Y la Luna brille,
Hallando un sentido
Que me acerque a ti.
¿El cielo es una frontera
O nos une en un despertar vacío?
La noche nos recuerda
En un lazo de silencios, y lágrimas
Ocultas en fingida fortaleza.
Nos cuentan las estrellas
Nuestros nombres con suspiros
Pues las hemos desafiado
Y quizás hemos vencido…

Cada suspiro,
En un sueño de silencio;
Cada instante fue eterno
Y lo será….
¿No es perfecto?
Puedo sentirte
Y la Noche eres tú…
El cielo y las estrellas llevarán tu nombre.
Puedo sentirte…
Mi cielo… Mi noche…
¿Estás aquí?
Sólo quédate aquí

Conmigo.

La Luna sonreía

Indefinidamente…
¿Puede prolongarse un suspiro de manera indefinida?
Un momento, sólo un instante… Algunos segundos serían suficientes.
Una Lágrima encontró la Noche, escondida en un cielo vacío dónde los suspiros morían sin hablar.
Una lápida cruzaba sus mejillas, cantando una canción de cuna. Era una canción dulce, pero agónica, y en cada paso la lápida se hundía más en aquel pantano sin memoria. Cada paso era un instante perdido, huyendo en una carrera infinita.
La Noche se escondía, envuelta en una bata de plata. Las estrellas dormían, y el cielo quedaba incompleto en un atardecer petrificado. La Noche se aferraba a la lápida, vieja y llena de hiedra. El epitafio en el mármol estaba muy desgastado, y no podía apreciarse nada.
La Lágrima sólo observaba, puesto que la noche le era ajena. Era hermosa, suave… Dulce cómo un suspiro roto, tierno. Podía aspirar el latido que la embargaba, como un halo de misterio y una invitación elegante y amable. Podía observarla, pero no poseía nada… Nada en absoluto
Sólo pudo mirarla, escondida, acongojada por su existencia. No podía hallarla, pues la Noche y la Eternidad se asemejan demasiado. Podría confundirla, y aquello hubiera supuesto una historia llena de peripecias inútiles y agotadoras. Pero no dejaba de mirarla.
Una Lágrima buscaba la Noche, en un páramo desierto dónde los suspiros mueren. Una Lágrima huía sin sentido, buscando el albor de medianoche. ¿Qué podía hallar? No era un camino abierto, era un laberíntico océano de emociones en silencio, desarmadas pero hambrientas.
Las Estrella estaban por despertar, pero la Noche seguía escondida. La Luna sólo sonreía, con una nostalgia sincera, pues ambas les pertenecen en un hechizo oculto. Y aquello nunca lo sabrían.
Una lágrima encontró a la noche, y se deslizo por su pecho azucarado. Deshizo algunos silencios, y retocó de manera sencilla algunas miradas convergentes. Algunos versos se deslizaron fuera de sus madrigueras, buscando algún sentido.
Entonces, se hallaron. Y la Luna sonreía. La Luna recordaba, y eso era suficiente. No había necesidad de más, en verdad. ¿Qué más puede pedirse?
Y Lágrima y Noche, fueron unas solas. Puesto que eran una, y eran infinitas, en una cadencia diluviosa que descendía por los valles azulados. Se hallaban, y se unían, desgarrando los besos y los abrazos, y recomponiendo las miradas agotadas de escudriñar el cielo.
Se hallaban, en abrazos sinceros, escondidos tanto tiempo. Pues cada Noche llevaba una Lágrima, compartida en una dualidad de ánimas rotas. Aquella dualidad era eterna, pues habitaba la sonrisa de la Luna, y aquello podía ser eterno en una elección dicha.
La Luna sonreía, y se hallaban. Aquella noche, y cada noche. La Luna los acogía, y no había caminos cerrados. Podían tocar el cielo por instantes intermitentes, y sentirse en cada rincón. Podían besar los labios de niebla, y acurrucarse en una sonrisa pálida, pero aún existente. Las estrellas dormían, pero ellos no.
Y la Luna sonreía.
¿Podría ser aquello eterno? Cada noche, una eternidad de ambos. Una eternidad labrada en plata, dónde Noches y Lágrimas sean sacrificadas en una sonrisa y un latido compartido.

La Luna sonreía.
Si las lágrimas caen,
Caerán.
Los pétalos recorren tu cuerpo,
Y acogen tus pupilas, en silencio…
¿Las lágrimas caen?
Caen por tu pecho, una lluvia de estrellas
Perdidas al amanecer,
Calladas.

Si puedes aún volar,
Hazlo…
Mis labios son ceniza,
Y mi estrella está vacía.

Tus labios eran miel,
Suavidad;
Tus mejillas colocaban los sentidos
En fragmentos de olvido,
Y tu frente consumía mis silencios
Con facilidad.
¿Tu mirada?
¿Describir tus pupilas, oscuras
Eternas?
¿Describir lo imposible?
¿Cómo?

¿Qué podría decirte?
Si las lágrimas me fallan
Casi tanto como los versos,
Y me encierro en una prisión
De hielo,
Hierro,
Y sal.
¿Qué soy?
Si mis lágrimas fallan,
Y mueren en olvidos,
Si mis versos pierden los latidos
Y se hacen vacíos,
Vanos…

Si la eternidad fue un suspiro,

Ningún sueño está perdido.

martes, 5 de agosto de 2014

La Luna nos recuerda

Si la Luna nos recuerda, estaremos a salvo.
¿Lo crees? Si pudieras creerlo... Si tan sólo pudieras soñarlo...
Sólo cierra tus ojos, y deja tus pupilas extraviarse conmigo, buscando algún instante perdido, en algún valle de nomeolvides, dónde la distancia es un pequeño mito... Sólo una verdad perdida, impuesta por océanos de hiedra y cordilleras heladas de hierro.
Pero, podemos creerlo... pues la Luna nos recuerda, siempre lo ha hecho.
¿Entonces, que temeremos?
¿Qué podemos temer?
Si sus lágrimas de cristal llevan tu cuerpo a mi pecho, y descansan mis versos en tu seno. Si el viento lleva, en las hojas perdidas de un bosque partido, escritos con sangre tu nombre y el mío. Me cuesta aceptar que al despertar, mi cuerpo no estará enlazado por el tuyo, y mis sábanas quedarán vacías.
¡Maldito amanecer! La muerte que traes nunca acaba, es una eterna agonía dónde las pupilas se queman bajo un sol aterrador.
¡Maldito amanecer! Me confinas a un páramo, cargado de hierro y hielo, sin ningún sentido, y ningún recuerdo al cual pueda aferrarme. Tratas de atarme a tu bulliciosa y discordante cordura, en una armonía sin sutileza, sin elegancia ni profundidad.
Tratas de encadenarme a tu cordura, en un verso escaso y complicado por inútiles mentiras.
Tratas de confinarme a tu cordura, en un silencio eterno sin susurros prohibidos, sin una noche dónde pueda acostarme en tus brazos.
Tratas de encerrarme en aquel sentido único, en un camino predeterminado dónde no queda sangre ni humo, dónde la sal acaricia mis mejillas y roba mis lágrimas, para hundirlas entre sollozos contenidos y fragmentos de sueños que me obligas a olvidar.
No lo permitiré… Nunca.
Si la Luna nos recuerda… estaremos bien…
Lo estaremos mi cielo, aunque amanezca y nuestras miradas se pierdan, tratando de discernir en la lejanía del cielo, tu cuerpo o el mío, tu mirada o la mía, tu sonrisa o la mía… Aunque mi sonrisa solo viva en los minutos que te sueño, sé que lo estaremos, pues aquello que tenemos es un suspiro de esencia enlazado por las estrellas, y la Luna lleva nuestras lágrimas para aliviar nuestra sed. Mi sed de ti, tu sed de mi…
Mi cielo…
Si deseas, quemaré mis pupilas, y dejaré mis ojos en tu mesita de noche. Coseré mis párpados, y quebraré mis mejillas. Dejaré todo, a tu lado. Sólo pídemelo.
Mi cielo…
¿Quedará oculta tu pupila por un velo gris, dónde mis versos ya suiciden mis lágrimas, buscando hallar un instante de atención? ¿Quedará un vacío escrito en lápidas de mármol y ónice, con perlas grises infestando lentamente cualquier oportunidad que haya escapado? ¿Quedará un momento que nos recuerde, caminando de la mano por un silencio vencido? Si me recuerdas, y las lágrimas te recorren, cada lágrima se hará un beso agonizante, y mis pupilas hallarán el camino a ti, para susurrarte que te amo y soy tuyo, sin dudarlo ni un instante.
Si tus mejillas buscan mis fragmentos, las calmaré con besos decaídos, pues cada instante me hace débil, pero aun seguiré aquí. Mi cuerpo se derrama, y los pedazos de mi alma siguen encerrados en las mazmorras grises, dónde la tortura los transforma en demonios de agonía y sufrimiento, en versos disparejos y crueles, versos que merecen la hoguera… ¿Quemaremos mis versos, para callar este lamento discordante, esta cacofonía sin emoción dulcemente expresada?
Te busco… ¿Acaso no lo entiendes? Si escribo es para hallarte, para atar tu imagen a mi mesita de noche… Escribo, porque agonizo, y no puedo conciliar el sueño imaginando no poder sentirte… Escribo, ¡por que muero! Cada día que se acerca, es la muerte quién me despierta, pues se niega a admitir un alma tan torturada como la mía. Ni Morfeo puede hallarme, pues estoy perdido en un limbo oculto, entre 7 estrellas muertas y un abismo caótico de energía oscura y primordial. Los vigilantes infernales no pueden hallarme, pues el Tártaro mismo sería angelical comparado a este abismo, este silencio sempiterno, esta oscuridad reluciente en fragmentos de gris y matices discordantes. Mi mirada se quiebra, y es recompuesta para ser torturada, por aquellos entes cuyos nombres no podría pronunciar de nuevo… Están en todos lados, acosando mis lágrimas, que se suicidan desesperadas.
Y escribo esta carta, con las palabras que me quedan, con aquellos suspiros que mantuve acumulados, con los versos profanos que ahora poseo. Me dieron vida, me mantuvieron despierto, pero es momento de dejarlos ir. Una estrella fugaz se ofrece a llevarla contigo, ya que habitas en un cielo dónde yo no tengo acceso. Tus lágrimas me pierden, y besaría cada una de ellas antes de dejarlas tocar el suelo. Pertenecen a las estrellas de mi universo, a aquel mundo que quise ofrecerte, aunque no sea más que cenizas y sal.
¿Acaso no ves? Estoy muriendo… Todo lo que queda de mí es una fría agonía, cuyos destellos azules se apagan sin sentido común, se lanzan a las profundidades del páramo de 7 estrellas muertas.
Mis lágrimas te lloran… lloran por una noche nuestra, dónde tus besos hallaban mis pupilas y no retrocedían ante mi negro plumaje… dónde las sábanas no eran un sudario color ceniza, dónde te hallaba a mi lado, palpando tu suavidad en silencio, con sonrisas tranquilas y dulzura sencilla. Mis lágrimas lloran cada beso perdido, cada minuto alejado, cada recuerdo embadurnado por la tinta profana de mis versos patéticos.
Son patéticos, ¿verdad? Sollozan tu nombre, buscando la metáfora perfecta para decirlo de una manera sublime y pura. Pero no hay manera de decirlo. Te extraño. Eso es todo. Te extraño, y soñarte no me basta. Soñar con tus besos, con tu mirada chispeante… No me basta. Y la Luna es mi única mensajera, quien en las estrellas deja escrito mi último suspiro, que lleva tu nombre. Estoy muerto, pero mi alma te pertenece, así que la Parca retrocede y la deja atormentarse en un páramo intermedio. Mi alma no puedo irse, pues quedo atada a tu cuello, a tu mirada, a tus besos. Palpita contigo, pues te pertenece.
Te extraño… Mi cielo…
Te extraño, y persisto en escribirte, pues cada verso patizambo que logro me produce aquella adictiva sensación de hallarte, y me permite creer en que al amanecer no desaparecerás. Te escribo, en todas las maneras que humanamente puedo, pues perteneces a otro silencio, a un mundo dónde el Averno queda confinado fuera. Persisto en intentarte, y en cada texto aderezado por lágrimas siento que puedo besarte, que puedo tomar tu mano.  Siento que puedo tocar tu cabello, y aspirar el aroma… Siento que tus labios recorren mis mejillas, y beso tu frente en silencio… Te siento…
La Luna cree en nosotros. ¿Estaremos a salvo?
Mis lágrimas te buscan, en cada beso de lluvia, en cada instante que toma forma entre mis sábanas, dónde me diluye tu mirada. Te busco, en cada verso deforme que tengo, y cada texto profano que escribo busca alcanzarte, en un cielo azulado de estrellas perfectas. Te extraño, mi cielo…

Te extraño…