Fiach Dubh

Fiach Dubh
Fiach Dubh

domingo, 20 de julio de 2014

¿Estás allí?

Estás allí.

Las mantas ocultan aquello que escondes. Siento tu perfume, casi puedo tocarlo, y tú aliento sonrojado recorriendo mis pupilas. Tímido, se desliza bajo mi almohada y cubre mis cabellos con un calor de instantes.
Te descubro, en un desliz de posibilidades y muertes celulares súbitas. Te descubro, en una taquicardia infinita, y la adrenalina se arremolina en mis venas, exigiendo una salida brusca e intempestiva.
Siento tu sonrisa, una de ellas, aquella que derrite los copos de nieve en mi cabello, y reúne las sensaciones en un infinito danzante.

Tus labios florecen, e impregnan mis entrañas de una llamarada de silencios y temblores rotos. Los recorro, deleitándome en cada instante, cada fragmento e unidad, en cada esencia. Los cubro despacio, con suavidad, y los recorro con energía. Los deseo, en un sueño, y en una vida.
Tu cuello es una superficie azucarada, pálida y callada, que espera en un destello de plata.
Mi lengua se pierde en aquel silencio, en aquella palidez mortal, salada, agridulce. Busca los vestigios de una ausencia, de algún instante que recordar.  Busca la ambrosía de tu cuerpo, y tu sudor.
Me deslizo por tu pecho, en aquello que descansa en él, en la epidermis floreciente y frágil.  La Luna te cubre, te adorna. Tus pechos renacen, y se alzan desafiantes.  Los enfrento en silencio, sumiso al hechizo que dejan caer, en una navaja afilada y cálida que se hunde en mi pecho con un placer indescriptible e inhumano. Aquella aseveración se hace masoquista, pero es la única posible.

Aquella suavidad eriza mi piel, y quema el inicio y el fin. Arden los minutos, entre rincones vacíos y habitaciones desnudas. Se encuentra en un lienzo, que cubre de ambrosía tu pecho, y tus pezones relucen entre miríadas de cristales y fresas. Aquellos cúmulos de rocío brillan, en una fina capa de sudor,  y se mezclan con la esencia derramada, en una humedad infinita y plena.

Los acordes se entrelazan, y tus piernas se adjuntan a mi cuerpo, en silencio, retozando en mi cuello con comodidad y confianza. Mi cabeza se hunde en el tesoro escondido, en aquella unificación de esencia, cuerpo, y alma. En aquel instante pleno, que se cubre de una suave capa; hallo un minuto de reinicio, y se inicia una danza de silencio. Una rosa, cubierta y descubierta, sin espinas, me espera en un trono de vegetación suave.  Deslizo mi boca, aspirando aquel perfume, impregnándome en aquella esencia pura y resonante. Podría embriagarme en pocos instantes, y la Luna recorre aquel frondoso camino, dónde se pierde el olfato en el vino de tu unidad. En aquel punto, uno mis labios a aquella pequeña pupila, circunferencia atractiva y descabellada. La recorro, memorizando en mi lengua aquella textura sutil, oculta, perdida, extranjera al cuerpo físico e humano.  Aquella entidad te habita, y te posee, y la deseo lentamente, ya que es tuya, y eres tú. Si los mundos de aquel momento se hicieran etéreos, no habría algún reflejo posible, ya que somos tuyo, y somos mío, somos del uno, y del otro, en un vínculo de instantes y eternidades.

Aquel momento puede hacerse eterno, si tú me das el permiso.  Recorro cada textura de tu esencia, en cada color y sabor, en cada delicadeza y suavidad, firmeza y recoveco. El cobijo es suave, mullido, liso.  La seda exquisita derrite mis labios, y se postran en un altar indigno, en tus muslos lejanos.
Combustionan tus mejillas, y las mías se hacen polvo. Tu cuello se perfila entre mi lengua y mis labios. Recorro el camino, volviendo a tus pechos, y terminando en tu humedad. Una y otra vez. Tus pezones son exquisitos, saldas y dulces, sin rastros de agrio. Aquello se derrite, el mundo se derrite, y sólo quedan ellos, compitiendo con tus labios y con tu esencia misma.
Y entonces quiebra mi mirada la tuya, en aquella intensidad única y férrea, libre y dominante, que doblega cualquier instante que podría quedarme. El fuego que se aviva se recorre, se une, nos une en una supernova escarlata, que tiembla en nuestras manos y nuestros labios. Siento levantarse un momento, y tu cuerpo delicado quedar cerca al mío.

El calor que despiertas en tu pupila, es un calor que llena más que el fuego del infierno, y el paraíso. No es necesaria una vida más allá, si puedo morir en el instante azucarado de tu piel, y tu esencia.
Siento tus brazos recorriendo mi pecho, y tus manos deslizando mis mejillas y mi cuello en un sinfín de únicas posibilidades.

Las mantas envuelven nuestros cuerpos, y recorro cada instante, cada nota que te compone, cada momento que eres tú. Recorro aquella imagen, la beso, la deseo,  y te deseo. Te cubro en mi pecho, te cubro en mi recuerdo, te cubro en aquella pureza de esencia,  castidad de deseos distanciados por un océano maldito.
Maldita, mil veces maldita, desgarraría su existencia en un asesinato sin piedad, si pudiera. Maldita, aquella se interpone, y cubre de un velo de hierro y agua, de sal y cielo. Maldita distancia.

Te tomo, con delicadeza, besando tus fragmentos, y aquellas imágenes que tomo tuyas. Te tomo, y te deseo, te cubro en un momento y me quedo cerca de ti. Mi lengua te halla, en un instante tan distante, y te busca en el presente que se dilata y hace la espera un purgatorio de instantes.

Estás allí. ¿Cómo describirlo?
Recorro tu piel, en besos desesperados, ávidos de ti. Y lloro. Las lágrimas buscan tu cuerpo, buscan aquello que dejó un vacío, te buscan a ti. Te extrañan, arden en ti, arden en tu imagen pétrea, de mármol blanco y frío.

Estás allí.
Aquello que despierta… Aquello que se une, y muere…
¿Qué decirte?
Busco tus labios, los siento. Los recorro, los visito. Beso tu cuello, tus pechos, tus  pequeños pezones, sin desear que amanezca. Que la noche sea eterna. Te sientas sobre mí, iniciando una danza desesperada, huyendo del amanecer. Tu cuerpo, el mío… Tu boca y la mía, la mía pérdida.
¿Qué decirte?
Te extraño. Busco el cielo de tus ojos en las noches vacías. Busco el cielo de tus besos en cada madrugada que persisto, buscándote sin hallarte cerca de mí.
Sangro…
Sangro en una espera. Sangro, y me acabo.
Maldita, seis veces maldita, océano de espinas, y sal de cuerpos putrefactos. Maldita sea, maldigo la distancia.

Te beso, y me postro entre tus muslos, recorriendo tu aroma y disfrutando del tacto de aquella suavidad  de memorias. Te toco, y destello en ello. Tirito, y tus muslos se unen a mi cuello, en una bufanda suave y cálida.
Susurras que eres mía, que eres mi mujer, mi cielo, y mi todo. Lo eres, eres aquella esencia que perdí y que me diste en cada beso, cada conversación, cada abrazo, cada instante a tu lado. Susurras fuego, en llamaradas intensas… y susurras lágrimas…

Roto. Tullido. Yo.

¿Estás allí?
Te siento, deslizándote despacio, en un velo de sombras. Te siento, cómo las estrellas que parpadean y se extinguen, cuando renace el sol. Te siento, a mi lado, y tan lejos…

¿Estás allí?
Por favor, dime que sí. Por favor, respóndeme. Dame un suspiro, dame un instante, dame una señal. Dime que estás aquí, dime que estás aquí conmigo, dime que tu cuerpo reposa contra el mío, húmedo y suave. Dime que respiro tu perfume y tu aroma, dime que respiro tu mirada y tu esencia. Dime que estás aquí, conmigo, a mi lado.

No estás…
Las mantas son parcas, ásperas. Nunca podría sentirlas de otra manera. La almohada es dura, vacía, efímera. No hay nada.

No estás. ¿Por qué? ¿Dónde estás?

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