Fiach Dubh

Fiach Dubh
Fiach Dubh

miércoles, 23 de julio de 2014

El precio no era alto.

El viento recorre tu mejilla, blanca, pálida.
Tus ojos, pequeños, rasgados, se pierden entre la multitud de lágrimas que la Luna deja caer, en una noche que perdí.
Y entonces…
¿Qué podré hacer?
La eternidad que se olvida en pocos momentos es tan dolorosa cómo un vacío de versos en una hoja arrugada.
Te quedaste inmóvil, entre rostros sin expresión, con tu ceño fruncido y tus labios desgastados. Tu mirada era helada, y tus suaves pupilas se endurecieron en mármol.
Lo que quedaba de ellas, se hizo trizas. No eran nada, eran polvo. Mi entidad tomo nombre. El fantasma perdido se hizo un viajero oculto, y se cubrió de cadenas en una penitencia discordante y ruidosa.
Desgarradas, quedaban vacías. ¿Servirán?
No puedo elegirlo, es lo que debo. Si me quedo, si suspiro, mi esencia fragmentada no alcanzará.
Tus labios afirman una sonrisa irónica, incrédula. Tus labios se quiebran, y tu pañuelo queda lleno de pequeñas huella rojas. Tu mirada… Tu mirada se hace múltiple, y cada una me desgarra en diferentes condiciones infrahumanas.
No me queda mucho.
Si las balas quedaron en el tapiz, ¿qué opciones tengo?
Me siento tan cansado… ¿Es esto la agonía destinada a aquellos que dejan los jardines de silencio?
¿Es este el castigo de la insolencia que desafía a lo divino en una plegaria de fuego casi nulo?
Las esquirlas de tu mirada recorren bajo mi piel, abriéndose paso. Tu sonrisa sigue siendo irónica. Desafiante. Sabes que no queda mucho. Me hago cada vez más…
No. No puedo. ¡No!
Me acerco a ti. Quizás sea lo último que haga, y también falle. Quizás no queda nada en ese silencio, y las cenizas sean el recuerdo de aquello que fui en algún instante dónde la Luna me acogía. No importa. Debo hacerlo.
Enfrento la ira, el dolor en tu mirada. No. No es un problema. Pero el hielo, la fina capa de mortífera escarcha… Deshace lentamente mis pupilas, quemando el iris en una sinfonía dulce y melodioso, tan hermosa que mis oídos se adormecen para quedarse en aquel sublime momento.
Te perdí… ¡No, me niego!
Me acerco. Cada paso debilita el instante que me queda, y acorta cada latido en un cuerpo inconsciente que se marchita en alguna tumba lejana de mármol profanado.
El ónice se hace brillante, en fuego oscuro y alas de Luzbell.
He venido, pues tu luz se apaga. He sentido aquel latido fallar, aquel sentido quebrarse, aquel momento en tus suspiros hacerse corto y perderse en lo paulatina que es la existencia en piedra.
Rasgo. No queda tiempo. ¿Te sorprende? Aún conservo algo…
Mis ojos enfrentan un instante tuyo, y logran bloquear las defensas de escarcha. Mi mano desesperada busca quebrar aquel ataúd de piedra y mármol, de hielo y fuego de escarcha. Los copos escapan entre gemidos de terror, huyendo de aquello que soy. SI el infierno es lo que me queda, si el Purgatorio es mi destino,  ya no sirve de nada bloquearlo. Sólo usarlo, y aceptarlo. El precio no es tan alto.
Quiebro la piedra, entre mis dedos oscuros y sucios. Desgarro capa por capa, buscando… ¿Qué busco? Lo supuse… Ya empezó.
Poco a poco, el pecho se hace pesado. Mi brazo izquierdo lentamente pierde su color. El nombre del silencio se aproxima, sonriente, en múltiples facetas de singulares tonalidades de gris.
Entonces lo siento. Cómo un acorde que se pierde en la distancia. Un latido… Un pequeño latido, tan frágil cómo una tímida llama. Una dulce doncella, al borde de una precipicio lleno de estacas de cristal.
Lo tomo. Lo arrullo. Lentamente, pierdo consistencia. Pero sigo… El precio no es alto.
Ella me observa… ¿Atónita? Quien sabe… Mis ojos sangran, y la Luna se oculta cada vez más.
Lo arrullo, y susurro las palabras azules que me quedaban. La plata que quedaba en mis ojos desciende en lágrimas y se arrodilla a sus pies. Mi esencia se resquebraja, pero quizás sea suficiente. Tú sólo observas.
La Luna llora.
No te preocupes, ya vuelvo. Falta poco. Pronto vuelvo.
Ella me observa, atónita. Mi cuerpo se deshace, pero aún queda suficiente. Mi mano es una cuna de cristal, azulada y con pequeñas runas de plata. Ellas se quiebran, y no esperan más…
Tú solo observas.
¿Creías que iba a ser fácil? ¿Creías que eso lo haría un precio alto?
Sólo necesitaba esa oportunidad…
Dejaste de pensarme en una noche de invierno.  Aquella noche, volví al limbo de tu dormitorio, en un sueño mío que en un inicio te pertenecía. ¿Lo recuerdas?
Dejaste de pensarme, y diluiste mis sentidos. Quebraste mi mirada. Ya no era necesario.
Pero… Te equivocaste.
Me diste vida, pero la muerte no pudo tomarme, ya que no le pertenecía la esencia que me diste. El infierno no era suficiente, y las puertas herrumbrosas del purgatorio no resistieron tu sello.
Volví.
La Luna llora.
No te preocupes, ya vuelvo. Ya no queda nada.
 
Despacio, lo llevo a ti, y lo dejo en tu mano. El rubor en tus mejillas canta en silencio, y la discordante asonancia que era mi agonía se calma, y se une a aquello que tarareas. Me observas. ¿No lo recuerdas? No. No lo recuerdas.
Aquello… Bueno, ya no importaba. Ya no quedaba nada.
Observaste las alas rotas, quemadas por tu mirar. Miraste mis cuencas oculares vacías. Te sentía, no era necesario llorarlas, ya que no podía dejar de sentirte.
No quedaba mucho. Ya había acabado. La Luna llamaba, su hijo ya vuelvo.
Dejaste de pensarme, y ahora que quedaste en tu esencia definitiva, mi cuerpo no es más que un sueño, que ya no recordarás cuando el sol termine de salir. Mi mirada se esfuma entre la vida que palpita con alegría en tu pecho. Mi sustancia se diluye en el viento. Pronuncio el nombre del silencio, y todo queda en nada.
No importa.

La Luna llora… Ya no más. 

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