Fiach Dubh

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viernes, 25 de julio de 2014

Carta

Escribo esta carta, esperando que las estrellas sean tan amables de llevarla. Si no pueden, suplicaré al viento, que lleve los fragmentos chamuscados a tu regazo. Si no, la Luna en un acto de bondad podrá dejarlos en tu mesita de noche. Por favor, no olvides de dejar tu ventana un poco abierta. Sino, podrían dañarla.
Te escribo, porque te extraño. Esa palabra se usa mucho, hoy en día, y para muchos es algo fácil de decir, sin connotación o peso. Pero lo tiene. Extrañar… Te extraño, porque la Luna me sorprende con tu sonrisa en los momentos en que mis manos tiemblan. Y los versos que escribo siempre acuden a tu imagen, para impregnarse en ella y hacerla nítida entre palabras y rimas. ¿Lo ves?
Tenemos que tomar en cuenta también que tu foto siempre descansa en mi velador. Ayer, desperté entre tus brazos, y me observabas, callada, con esa sonrisa alegre y coqueta. Tus ojos, ligeramente rasgados, como siempre repetías, brillaban, formando una sonrisa de mirada y labios.  Tu cabello estaba despeinado, cómo siempre. Te acercaste despacio, y tu sonrisa dejaba atrás a las estrellas de invierno. Sentía tus labios, en un  murmullo del viento. ¿Lo mandaste  a mí? ¿Le dijiste que te lleve conmigo? Si la Luna fuera la culpable, prepararía un altar, pues la vida que me da en cada una de tus sonrisas es la esencia de cualquier melodía.
Tus latidos, siempre ligeros, siempre tiernos…
No puedes imaginarlo… Te veo, y te siento. Es casi como si la distancia cediera, y la noche nos ayudara a vencerla con mayor facilidad. Creo que la Luna conspira para permanecer con nosotros, y guiarnos a dos palabras que quisiéramos afirmar aunque en estos momentos sea aún un sacrilegio. Si las dijéramos, dolería… Aunque ya duele demasiado…
Escribo lo que escribo, porque te siento conmigo. Porque siento tu sonrisa, oculta entre las sábanas frías, y tu mirada divagando por algún rincón de la habitación, chispeando aquella alegría ligera y coqueta, con un sentido del humor del que siempre estuviste orgullosa aunque normalmente no solía entenderlo.
Si nos llama el viento, acudiremos, ¿verdad? Si la Luna nos permite, tomaremos nuestros manos y haremos que el océano sea sólo un pequeño charco, inútil y ligero, y cualquier pisada nuestra podrá desaparecerlo para que nada sea una distancia. Es más, tomaremos la distancia y haremos que sea confusa, que desaparezca esa palabra y nombraremos el silencio cómo una maldición de venganza sobre ella. Estaremos atentos, y capturaremos los pétalos que deja la eternidad, para guardarlos en tu pecho, y hacer que florezca un nosotros firme como la roca, contra viento y marea.
Si la noche nos llama, acudiremos, pues estará allí conmigo, y mis pupilas se deleitaran en casa instante tuyo, en el mosaico de tu silencio y tu sonrisa, en tus pequeñas medias a rayas que usabas en tu casa, cuando te visitaba. Y nos sentaremos en tu sofá, tomados de la mano, mientras recorro tus mejillas con besos desesperados. Estarás conmigo, renegando, y gruñendo, pues algo no habrá sido como tú querías. Yo sólo atinaré a estrecharte contra mí, antes que el sol me arrebate tu presencia, y te lleve dónde estás.

Escribo, porque te extraño, y suplico a la noche que sea eterna. Sólo eso. Sería suficiente. Una sola noche, eterna. Que el tiempo se quede mudo, sordo, y desocupado. Sólo una noche eterna.

2 comentarios:

Margarita Battaglia dijo...

Qué precioso *o* <3

Victor Cruz dijo...

Gracias por leerme. Espero que conversemos pronto =)