Fiach Dubh

Fiach Dubh
Fiach Dubh

viernes, 25 de julio de 2014

Carta

Escribo esta carta, esperando que las estrellas sean tan amables de llevarla. Si no pueden, suplicaré al viento, que lleve los fragmentos chamuscados a tu regazo. Si no, la Luna en un acto de bondad podrá dejarlos en tu mesita de noche. Por favor, no olvides de dejar tu ventana un poco abierta. Sino, podrían dañarla.
Te escribo, porque te extraño. Esa palabra se usa mucho, hoy en día, y para muchos es algo fácil de decir, sin connotación o peso. Pero lo tiene. Extrañar… Te extraño, porque la Luna me sorprende con tu sonrisa en los momentos en que mis manos tiemblan. Y los versos que escribo siempre acuden a tu imagen, para impregnarse en ella y hacerla nítida entre palabras y rimas. ¿Lo ves?
Tenemos que tomar en cuenta también que tu foto siempre descansa en mi velador. Ayer, desperté entre tus brazos, y me observabas, callada, con esa sonrisa alegre y coqueta. Tus ojos, ligeramente rasgados, como siempre repetías, brillaban, formando una sonrisa de mirada y labios.  Tu cabello estaba despeinado, cómo siempre. Te acercaste despacio, y tu sonrisa dejaba atrás a las estrellas de invierno. Sentía tus labios, en un  murmullo del viento. ¿Lo mandaste  a mí? ¿Le dijiste que te lleve conmigo? Si la Luna fuera la culpable, prepararía un altar, pues la vida que me da en cada una de tus sonrisas es la esencia de cualquier melodía.
Tus latidos, siempre ligeros, siempre tiernos…
No puedes imaginarlo… Te veo, y te siento. Es casi como si la distancia cediera, y la noche nos ayudara a vencerla con mayor facilidad. Creo que la Luna conspira para permanecer con nosotros, y guiarnos a dos palabras que quisiéramos afirmar aunque en estos momentos sea aún un sacrilegio. Si las dijéramos, dolería… Aunque ya duele demasiado…
Escribo lo que escribo, porque te siento conmigo. Porque siento tu sonrisa, oculta entre las sábanas frías, y tu mirada divagando por algún rincón de la habitación, chispeando aquella alegría ligera y coqueta, con un sentido del humor del que siempre estuviste orgullosa aunque normalmente no solía entenderlo.
Si nos llama el viento, acudiremos, ¿verdad? Si la Luna nos permite, tomaremos nuestros manos y haremos que el océano sea sólo un pequeño charco, inútil y ligero, y cualquier pisada nuestra podrá desaparecerlo para que nada sea una distancia. Es más, tomaremos la distancia y haremos que sea confusa, que desaparezca esa palabra y nombraremos el silencio cómo una maldición de venganza sobre ella. Estaremos atentos, y capturaremos los pétalos que deja la eternidad, para guardarlos en tu pecho, y hacer que florezca un nosotros firme como la roca, contra viento y marea.
Si la noche nos llama, acudiremos, pues estará allí conmigo, y mis pupilas se deleitaran en casa instante tuyo, en el mosaico de tu silencio y tu sonrisa, en tus pequeñas medias a rayas que usabas en tu casa, cuando te visitaba. Y nos sentaremos en tu sofá, tomados de la mano, mientras recorro tus mejillas con besos desesperados. Estarás conmigo, renegando, y gruñendo, pues algo no habrá sido como tú querías. Yo sólo atinaré a estrecharte contra mí, antes que el sol me arrebate tu presencia, y te lleve dónde estás.

Escribo, porque te extraño, y suplico a la noche que sea eterna. Sólo eso. Sería suficiente. Una sola noche, eterna. Que el tiempo se quede mudo, sordo, y desocupado. Sólo una noche eterna.

jueves, 24 de julio de 2014

Ella descansaba en silencio,
Y su rostro se quedaba
En un jardín de nomeolvides.

Ella dormía plácidamente;
Su respiración se esfumada
Entre cuerpos rotos
Y silencios profanados.
Su rostro era la eternidad
De un instante en el cielo,
O del sueño de un niño
Buscando una estrella de plata.

Si la recuerdas,
Aquella noche en silencio,
Podrías ver un beso
Quebrarse en un lecho desordenado;
Una mirada
En un cepo de mármol,
Cubierta de escarcha;
Un minuto de nosotros
Con la soga al cuello
Decidido a saltar…

Y nosotros…
Ella duerme,
 Y nosotros quedamos
En el sueño que olvida
Cada amanecer.
Nosotros quedamos
Encerrados en su cuerpo
Sin posibilidad de escapar.
Nosotros…
¿Dónde están?

Duerme tranquila,
Sin soñarme…
Sin soñarnos.
¿Dónde quedaron?
Sus dedos oprimen
El cuerpo sin alma,
Y la esencia se derrama
Sin cesar…
Nosotros quedamos
En el sueño que olvidó,

Ahora se esfuma
Aquello que observaba
Y escribía,
Pues cada amanecer
Acaba con el azul,
Y la distancia se hace eterna
Durante el día.
Nosotros…
El sueño más azulado
Que nos mantienen vivos…
Si dejas de soñarlo,
¿Existiré?

Lo dudo.

Soy tuyo

Que la muerte tiemble
Pues no le pertenezco,
Soy tuyo.

Si la distancia se hace larga,
Y busca ser eterna,
Que huya.
Soy tuyo,
Y no puede combatirlo.
Si tú llamas, ella cae,
Pues soy tuyo.

Si el silencio nos busca
Y me deshace en instantes vacíos,
Sólo dilo,
Di que soy tuyo.
¿Crees que podrá derrotarte?
¿Algo podrá arrebatarme
De tus brazos de cristal?

Si la muerte se acerca
En un sinfín de inviernos,
En el cuerno que hacen sonar
Los jinetes de otoño,
Diles quién eres
Y que llevo grabado tu nombre
En mis mejillas y mi pecho,
En mi frente,
En mi tumba,
Y en mi cielo.
Diles que soy tuyo,

Y decide si me llevarán.

Ve con ellas

Si escapo en una lágrima
A buscar tu mirada,
Montado en la tristeza
De la ausencia…
¿Me dejarás hallarte
Bajo la Luna llena?

Si la lluvia cae
Quebrando mi silencio,
Y te busco en el valle
De nomeolvides perdidos,
¿Me dejarás quedarme?

Bajo la Luna llena
Las gotas de lluvia
Brillan en tus labios,
Tus ojos se quedan
En la eternidad plateada…
Tus labios renacen
Bajo el cielo oscuro,
Y tu cuerpo se alza
Entre estrellas enloquecidas
Por tu nívea presencia.

¿Me dejarás quedarme?
¿Me dejarás llamarte?
No pertenezco a aquel cielo,
Dónde tus labios murmuran
Y mis ojos sollozan
Buscándolos.

Me quedaré,
Si lo decides.
Tu cielo es el firmamento
Dónde las estrellas danzan
En una lluvia de silencio.
Mi cuerpo es niebla
Y vuela demasiado lento…

Ve con ellas.

Pude serlo

Aquella noche, sólo pude escribir.
Si escapaste en una lágrima, quiere que decir que lo entendiste.
Está bien.
Sólo puedo pedirte, que cuan leas esto, quemes esta misiva.

El piano se deslizaba, entre las miradas somnolientas.  La melancolía en notas quedaba grababa en el fuego que se apagaba, y la Luna que rodeaba con sus brazos mi cadáver roto.
Los minutos se hacen eternos
Mientras espero el salvoconducto.
Lo supiste, y lo sabes,
Pero ahora, todo cambió.

Me detuve en tu mejilla, y dejé que aquel se impregnara en mi no-cuerpo perdido.  Dejé que embriagara mis sentidos, cómo una copa de metheglin, o el jugo de amapolas que corría por sus venas abiertas. Aquella esencia se quedaba entre silencios, cómo acomodándose entre las notas cuerdas y llevándolas a la locura.
Las notas quedaban temblando, en una rápida y efervescente sucesión de motivos e instantes, y los latidos de su voz opacaban al ruiseñor.

Cesura, en mis sentidos,
Cesura, en tus latidos…
Silencio entre cada parpadear
Que nos une…
Ahora no lo es.

Me deslice despacio, recorriendo sus párpados, y corriendo cómo un niño entre sus delicadas pestañas. Corrí por su frente inmaculada, con el mismo cuidado que aquel que cruza un río congelado a punta de renacer. Corrí en silencio, persiguiendo el perfume, y la esencia labrada en fuego y escarcha.
Me perdí en su cabello. No recuerdo tanto, pero el perfume no podría olvidarlo.

Mis versos nunca podrán alcanzarte.
Las lágrimas se desunen
En crisálidas vacías.

Deslicé mis instantes por tu nariz, y pude dedicar el último a tus labios. Al verlos, tan callados, suaves… Delicados cómo el despertar de una melodía, embriagantes cómo el sueño de locura… Dejé que caiga una lágrima consumida, sin sal ni vida.

Se acaba.
Sólo tenía unos instantes
Y quise dártelos.

Lo supiste. Pero pude hacerlo. Pude volar en tus sueños, aunque sea un instante. Aquella noche, cuando dormiste sola, velé por ti. Y al despertar, cuando olvidaste mi nombre, y olvidaste la mirada que solíamos perder,  pude dejarte el instante póstumo.

Pude serlo. Pude ser tu anochecer, y agonizar al amanecer. Gracias.

miércoles, 23 de julio de 2014

Nada.

Podría quebrar mis ojos
Para enseñarte lo que veo;
Para que sientas tu sonrisa
Cómo la lluvia, en una noche suave….
Podría cegar mi cielo
En una Luna escarlata,
Bañada por mi sangre.
Podría nombrar el silencio…

Y nada sería suficiente.
Nada.
Es mi esencia.

Podría escribirte en mis párpados
Un retrato tuyo,
Tatuado en cenizas
Y hierro, sobre mis mejillas.
Podría escribir tu nombre
En el cuerpo que me dieron.
Podría quemar mi alma
En alguna encrucijada,
Y quedarme callado
Para no estorbarte.
Lo podría…

Podría hallar el carmín en tus mejillas
En el invierno de rosas;
Podría quemar mi lengua
Si deseas que me calle.
Sólo pídelo.
Pero nada será suficiente…
Es parte de mí.

Podría quemar las partituras
Y en mis cuencas vacías
Iniciar la sinfonía que me pediste
Entre nubes de acuarelas
Y tapices de hiedra.
Podría rozar tus labios
Sin que sientas los míos,
Para que sigas libre
De aquello que me sigue,
De la oscuridad que me habita
En los recovecos de mi alma.

Pero… No soy nada.
Es la esencia que me cubre,
En las miradas que se hacen ajenas
Y tu rostro de piedra.
El mármol que usas
Para lapidarme.
Podría darte una falsa sonrisa
Y simular tararear lo que soy,
Pero en realidad seguiré atado
A dónde pertenezco…
No soy nada.

Las lágrimas existen
Y no suelen escucharme;
Las palabras huyen
En los versos que olvido
Y se sienten afortunadas
De que no las toque.
¿Lo ves?
No soy nada.

Me inclino a tus pies,
Pero quedo callado,
¿Qué podría ofrecerte?
Un pequeño trozo de nada
Y una sonrisa callada,
Una mirada sin párpados
Y versos ensangrentados.
Nada más.

¿Lo ves?

Soy nada.

El precio no era alto.

El viento recorre tu mejilla, blanca, pálida.
Tus ojos, pequeños, rasgados, se pierden entre la multitud de lágrimas que la Luna deja caer, en una noche que perdí.
Y entonces…
¿Qué podré hacer?
La eternidad que se olvida en pocos momentos es tan dolorosa cómo un vacío de versos en una hoja arrugada.
Te quedaste inmóvil, entre rostros sin expresión, con tu ceño fruncido y tus labios desgastados. Tu mirada era helada, y tus suaves pupilas se endurecieron en mármol.
Lo que quedaba de ellas, se hizo trizas. No eran nada, eran polvo. Mi entidad tomo nombre. El fantasma perdido se hizo un viajero oculto, y se cubrió de cadenas en una penitencia discordante y ruidosa.
Desgarradas, quedaban vacías. ¿Servirán?
No puedo elegirlo, es lo que debo. Si me quedo, si suspiro, mi esencia fragmentada no alcanzará.
Tus labios afirman una sonrisa irónica, incrédula. Tus labios se quiebran, y tu pañuelo queda lleno de pequeñas huella rojas. Tu mirada… Tu mirada se hace múltiple, y cada una me desgarra en diferentes condiciones infrahumanas.
No me queda mucho.
Si las balas quedaron en el tapiz, ¿qué opciones tengo?
Me siento tan cansado… ¿Es esto la agonía destinada a aquellos que dejan los jardines de silencio?
¿Es este el castigo de la insolencia que desafía a lo divino en una plegaria de fuego casi nulo?
Las esquirlas de tu mirada recorren bajo mi piel, abriéndose paso. Tu sonrisa sigue siendo irónica. Desafiante. Sabes que no queda mucho. Me hago cada vez más…
No. No puedo. ¡No!
Me acerco a ti. Quizás sea lo último que haga, y también falle. Quizás no queda nada en ese silencio, y las cenizas sean el recuerdo de aquello que fui en algún instante dónde la Luna me acogía. No importa. Debo hacerlo.
Enfrento la ira, el dolor en tu mirada. No. No es un problema. Pero el hielo, la fina capa de mortífera escarcha… Deshace lentamente mis pupilas, quemando el iris en una sinfonía dulce y melodioso, tan hermosa que mis oídos se adormecen para quedarse en aquel sublime momento.
Te perdí… ¡No, me niego!
Me acerco. Cada paso debilita el instante que me queda, y acorta cada latido en un cuerpo inconsciente que se marchita en alguna tumba lejana de mármol profanado.
El ónice se hace brillante, en fuego oscuro y alas de Luzbell.
He venido, pues tu luz se apaga. He sentido aquel latido fallar, aquel sentido quebrarse, aquel momento en tus suspiros hacerse corto y perderse en lo paulatina que es la existencia en piedra.
Rasgo. No queda tiempo. ¿Te sorprende? Aún conservo algo…
Mis ojos enfrentan un instante tuyo, y logran bloquear las defensas de escarcha. Mi mano desesperada busca quebrar aquel ataúd de piedra y mármol, de hielo y fuego de escarcha. Los copos escapan entre gemidos de terror, huyendo de aquello que soy. SI el infierno es lo que me queda, si el Purgatorio es mi destino,  ya no sirve de nada bloquearlo. Sólo usarlo, y aceptarlo. El precio no es tan alto.
Quiebro la piedra, entre mis dedos oscuros y sucios. Desgarro capa por capa, buscando… ¿Qué busco? Lo supuse… Ya empezó.
Poco a poco, el pecho se hace pesado. Mi brazo izquierdo lentamente pierde su color. El nombre del silencio se aproxima, sonriente, en múltiples facetas de singulares tonalidades de gris.
Entonces lo siento. Cómo un acorde que se pierde en la distancia. Un latido… Un pequeño latido, tan frágil cómo una tímida llama. Una dulce doncella, al borde de una precipicio lleno de estacas de cristal.
Lo tomo. Lo arrullo. Lentamente, pierdo consistencia. Pero sigo… El precio no es alto.
Ella me observa… ¿Atónita? Quien sabe… Mis ojos sangran, y la Luna se oculta cada vez más.
Lo arrullo, y susurro las palabras azules que me quedaban. La plata que quedaba en mis ojos desciende en lágrimas y se arrodilla a sus pies. Mi esencia se resquebraja, pero quizás sea suficiente. Tú sólo observas.
La Luna llora.
No te preocupes, ya vuelvo. Falta poco. Pronto vuelvo.
Ella me observa, atónita. Mi cuerpo se deshace, pero aún queda suficiente. Mi mano es una cuna de cristal, azulada y con pequeñas runas de plata. Ellas se quiebran, y no esperan más…
Tú solo observas.
¿Creías que iba a ser fácil? ¿Creías que eso lo haría un precio alto?
Sólo necesitaba esa oportunidad…
Dejaste de pensarme en una noche de invierno.  Aquella noche, volví al limbo de tu dormitorio, en un sueño mío que en un inicio te pertenecía. ¿Lo recuerdas?
Dejaste de pensarme, y diluiste mis sentidos. Quebraste mi mirada. Ya no era necesario.
Pero… Te equivocaste.
Me diste vida, pero la muerte no pudo tomarme, ya que no le pertenecía la esencia que me diste. El infierno no era suficiente, y las puertas herrumbrosas del purgatorio no resistieron tu sello.
Volví.
La Luna llora.
No te preocupes, ya vuelvo. Ya no queda nada.
 
Despacio, lo llevo a ti, y lo dejo en tu mano. El rubor en tus mejillas canta en silencio, y la discordante asonancia que era mi agonía se calma, y se une a aquello que tarareas. Me observas. ¿No lo recuerdas? No. No lo recuerdas.
Aquello… Bueno, ya no importaba. Ya no quedaba nada.
Observaste las alas rotas, quemadas por tu mirar. Miraste mis cuencas oculares vacías. Te sentía, no era necesario llorarlas, ya que no podía dejar de sentirte.
No quedaba mucho. Ya había acabado. La Luna llamaba, su hijo ya vuelvo.
Dejaste de pensarme, y ahora que quedaste en tu esencia definitiva, mi cuerpo no es más que un sueño, que ya no recordarás cuando el sol termine de salir. Mi mirada se esfuma entre la vida que palpita con alegría en tu pecho. Mi sustancia se diluye en el viento. Pronuncio el nombre del silencio, y todo queda en nada.
No importa.

La Luna llora… Ya no más. 
Escribo versos
Con sangre
En una hoja pérdida que aún florece.
Escribo una carta
Que busca tus ojos;
Y en cada verso
Busco hallar tu silencio.
Siento aquello que dices,
Y las lágrimas que mojan tu almohada…
Ya no estás.

Escribo versos,
Y la Luna me promete
Que los llevará a tu pecho,
En un mensaje sollozante
Que no te hace justicia…
En un poema cojo,
Mudo, sordo, ciego;
Un poema de papel,
Y un pétalo de cartón.

Escribo a una estrella
Suplicando que te halle
Y me lleve a ti;
Que te diga aquello
Que no puedo susurrarte
Y que mis besos cabalguen
Escoltados por las nubes
De un invierno perdido.

Escribo a una estrella,
Para que suplique a la Luna
Que vele contigo,
Que vele tus sueños
Y cuide tu insomnio
En su abrazo de plata.
Suplico, de rodillas,
Que la Luna me permita
Dejar un beso en tu mejilla,
Un silencio en tus labios
Y en tu mesita de noche

Mi cadáver putrefacto.

domingo, 20 de julio de 2014

Descansar...

No dormiré
Hasta hallarte.
Mi esencia se quebró
Y mis sueños ya no bastan.

Te hallaré.
Mi sangre se derrama
Y te busca en heridas
Y fragmentos de Luna.
Te hallaré,
En los besos de la lluvia,
En los pétalos azules
Y las caricias del viento.

Te seguiré.
No puedo descansar
Si no te hallo.
¿Dónde estás?
Ven conmigo,
Por favor…

Me acabo,
Y cavo mis restos
En un altar de hierro frío.
Sólo queda
Tú mirada…
Es lo que importa.

Ahora puedo descansar.

Sé que estás allí

El miedo persiste.
Un océano se abre,
Y las puertas son escasas.
El miedo se asoma,
Con cautela,
Y va ganando terreno.
Despierta la nostalgia
Y la melancolía.

No pretendo ser fuerte,
En esto no podría…
Las lágrimas son una tumba
Que acoge el cansancio
Y despide al temor.
Son un instante de reposo
De aquello que hunde
Puñales de acero.

¿Quisieras verlo?
Ya no palpita.
Ya no duerme, ni respira.
¿Qué queda de mí?
No podría asegurarlo.

Te busco,
Y no te hallo.
He allí el camino
Que recorreré.
Hasta hallarte.

Sé que estás allí,
Sé que puedes sentirme;
Sé que tu cuerpo descansa
Y tu alma llora conmigo,
¿Qué haremos?
Pedirte que saltes
Sería demasiado.
No.
No puedo pedírtelo.
Sólo, me quedaré a tu lado.

Sé que estás allí.
Gracias por estarlo.

Te siento conmigo.

¿Que hago ahora?

Ahora.
¿Por qué no estás?
Mis besos quedan en la pared,
Entre mantas vacías.
Me pierdo.

Escucho los arpegios
Que anuncian tu voz,
Escucho tu mirada
Entre estrellas perdidas;
Mis versos tiritan,
Llorando tu ausencia…
¿Por qué no estás?

Mi alma acaba
En tus párpados rotos,
Mi alma muere
En tu mirada perdida
Entre campos de hiel.
¿Por qué no estás?

Tan cerca…
Aquel océano se alza
Y se aproxima,
¡Que arda!
Tan cerca,
Y pronto llega,
En una tormenta desagradecida
De hierro y cobre,
De fuego sin cenizas
Y sal.

¿Qué hago ahora?
¿Qué soy, si no estás?

¿Por qué no estás?

Te extraño II

Mis ojos se cierran,
Bañados en sangre…
¿De qué me servían?
Es mejor así.

Mi cuerpo yace
En un pozo olvidado,
Entre las arenas del silencio
Y el árbol de cuervos;
Descanso tranquilo,
En un paz inmerecida,
Y mi alma se retuerce
En una tumba de cristal.

¿Dónde hallarme?
Si las puertas de hielo
Se cierran en mi pecho,
Si las cadenas me cubren
En una camisa de hierro;
¿Dónde hallar
Una salida de recuerdos?

Duerme el tiempo,
Y duermen las lágrimas
Mientras las ahogo
Sin un solo lamento.
La piedra me cubre
Y el mármol se une
En mi pecho.
¿Qué soy?
Una lápida vacía,
Que espera un alma torturada
Por el infierno de la ausencia.
Nada más.
Y lo que sé,

Es que te extraño.

Te extraño I

Si tú eres mi esencia
Y no estás a mi lado,
¿Qué soy?
¿Qué hago aquí?
Desvanezco mis versos,
Y las notas que me componen
Se diluyen en un agujero negro.
¿Qué soy?
Un fragmento olvidado,
Enterrado en las arenas de cristal
Y carbón;
Un instante vacío,
Cubierto de maleza
Y de piedras de sal.

Se siente la ausencia
De una piedra de toque,
De un camino tallado
En el pétalo azulado
Que me cubre;
Y la cruz de los silencios
Se alza marchita,
En mejillas desgarradas
De sonrisas petrificadas.
¿Qué hago aquí,
En un lugar llamado
Sin un nombre?
¿Qué hago aquí,
En un minuto de la Nada,
Con pupilas descarnadas
En noches sin Luna?
Se pierden las estrellas
En el vacío sin medida;
Me quiebro lentamente
En una prisión perdida…
¿Qué hago aquí?

Te siento tan cerca,
Entre mis brazos de niebla,
Pero estás lejos,
Tras una muralla de agua
Y de viento…
¿Qué hago?
Quisiera quebrarla,
Hacerla pedazos…
Soy débil.
No soy nada.
¿Qué hago?
Te siento a mi lado,
En una noche azulada,
Y te desvaneces al amanecer.
¿Qué hago?
No lo sé…

Si mi esencia eres tú,
¿Qué hago ahora?

Te extraño.

Tanto que decirte.

Me gustaría decirte tantas cosas,
O besarte en versos
Y callar tus lágrimas
En una sonrisa de papel.
Me gustaría sentir tus labios
En un cofre de recuerdos,
Junto a mí;
Y que tus pechos sean mi almohada
En mis noches de lágrimas,
Escuchando tus latidos
Que calman mis mejillas.

Me gustaría…
Tantas cosas por hacer,
Que decirte;
En mis párpados vacíos
Yacen los instantes
Que quisiera robarte…
¿Cómo descansar
Con una eternidad no dicha?
¿Cómo descansar
Si no siento tu sonrisa?

Me gustaría describirte
Aquello que se oculta en nuestras miradas,
Decirte que agonizo,
Buscando un minuto de tu mirada
En un valle sin recuerdos;
Decirte que muero
Y que mi lápida deseo
En tu pecho;
Decirte que soy tuyo,
Y que la muerte no me toma
Ya que espera tu venia,
Porque soy tuyo.

¿Lo ves?
Hay tanto por decirte.
Hay tanto que escribirte.
¿Cómo vivir con ello?
¿Cómo vivir, lejos de ti?
¿Cómo sentir algo,
Si tu mirada vuela en otro cielo,
Y sólo la Luna nos recuerda?
Tanto que decir…
Tanto que sentir…
Tanto que extrañar.
¿Por qué?
La respuesta es tuya,

Al igual que yo.

¿Estás allí?

Estás allí.

Las mantas ocultan aquello que escondes. Siento tu perfume, casi puedo tocarlo, y tú aliento sonrojado recorriendo mis pupilas. Tímido, se desliza bajo mi almohada y cubre mis cabellos con un calor de instantes.
Te descubro, en un desliz de posibilidades y muertes celulares súbitas. Te descubro, en una taquicardia infinita, y la adrenalina se arremolina en mis venas, exigiendo una salida brusca e intempestiva.
Siento tu sonrisa, una de ellas, aquella que derrite los copos de nieve en mi cabello, y reúne las sensaciones en un infinito danzante.

Tus labios florecen, e impregnan mis entrañas de una llamarada de silencios y temblores rotos. Los recorro, deleitándome en cada instante, cada fragmento e unidad, en cada esencia. Los cubro despacio, con suavidad, y los recorro con energía. Los deseo, en un sueño, y en una vida.
Tu cuello es una superficie azucarada, pálida y callada, que espera en un destello de plata.
Mi lengua se pierde en aquel silencio, en aquella palidez mortal, salada, agridulce. Busca los vestigios de una ausencia, de algún instante que recordar.  Busca la ambrosía de tu cuerpo, y tu sudor.
Me deslizo por tu pecho, en aquello que descansa en él, en la epidermis floreciente y frágil.  La Luna te cubre, te adorna. Tus pechos renacen, y se alzan desafiantes.  Los enfrento en silencio, sumiso al hechizo que dejan caer, en una navaja afilada y cálida que se hunde en mi pecho con un placer indescriptible e inhumano. Aquella aseveración se hace masoquista, pero es la única posible.

Aquella suavidad eriza mi piel, y quema el inicio y el fin. Arden los minutos, entre rincones vacíos y habitaciones desnudas. Se encuentra en un lienzo, que cubre de ambrosía tu pecho, y tus pezones relucen entre miríadas de cristales y fresas. Aquellos cúmulos de rocío brillan, en una fina capa de sudor,  y se mezclan con la esencia derramada, en una humedad infinita y plena.

Los acordes se entrelazan, y tus piernas se adjuntan a mi cuerpo, en silencio, retozando en mi cuello con comodidad y confianza. Mi cabeza se hunde en el tesoro escondido, en aquella unificación de esencia, cuerpo, y alma. En aquel instante pleno, que se cubre de una suave capa; hallo un minuto de reinicio, y se inicia una danza de silencio. Una rosa, cubierta y descubierta, sin espinas, me espera en un trono de vegetación suave.  Deslizo mi boca, aspirando aquel perfume, impregnándome en aquella esencia pura y resonante. Podría embriagarme en pocos instantes, y la Luna recorre aquel frondoso camino, dónde se pierde el olfato en el vino de tu unidad. En aquel punto, uno mis labios a aquella pequeña pupila, circunferencia atractiva y descabellada. La recorro, memorizando en mi lengua aquella textura sutil, oculta, perdida, extranjera al cuerpo físico e humano.  Aquella entidad te habita, y te posee, y la deseo lentamente, ya que es tuya, y eres tú. Si los mundos de aquel momento se hicieran etéreos, no habría algún reflejo posible, ya que somos tuyo, y somos mío, somos del uno, y del otro, en un vínculo de instantes y eternidades.

Aquel momento puede hacerse eterno, si tú me das el permiso.  Recorro cada textura de tu esencia, en cada color y sabor, en cada delicadeza y suavidad, firmeza y recoveco. El cobijo es suave, mullido, liso.  La seda exquisita derrite mis labios, y se postran en un altar indigno, en tus muslos lejanos.
Combustionan tus mejillas, y las mías se hacen polvo. Tu cuello se perfila entre mi lengua y mis labios. Recorro el camino, volviendo a tus pechos, y terminando en tu humedad. Una y otra vez. Tus pezones son exquisitos, saldas y dulces, sin rastros de agrio. Aquello se derrite, el mundo se derrite, y sólo quedan ellos, compitiendo con tus labios y con tu esencia misma.
Y entonces quiebra mi mirada la tuya, en aquella intensidad única y férrea, libre y dominante, que doblega cualquier instante que podría quedarme. El fuego que se aviva se recorre, se une, nos une en una supernova escarlata, que tiembla en nuestras manos y nuestros labios. Siento levantarse un momento, y tu cuerpo delicado quedar cerca al mío.

El calor que despiertas en tu pupila, es un calor que llena más que el fuego del infierno, y el paraíso. No es necesaria una vida más allá, si puedo morir en el instante azucarado de tu piel, y tu esencia.
Siento tus brazos recorriendo mi pecho, y tus manos deslizando mis mejillas y mi cuello en un sinfín de únicas posibilidades.

Las mantas envuelven nuestros cuerpos, y recorro cada instante, cada nota que te compone, cada momento que eres tú. Recorro aquella imagen, la beso, la deseo,  y te deseo. Te cubro en mi pecho, te cubro en mi recuerdo, te cubro en aquella pureza de esencia,  castidad de deseos distanciados por un océano maldito.
Maldita, mil veces maldita, desgarraría su existencia en un asesinato sin piedad, si pudiera. Maldita, aquella se interpone, y cubre de un velo de hierro y agua, de sal y cielo. Maldita distancia.

Te tomo, con delicadeza, besando tus fragmentos, y aquellas imágenes que tomo tuyas. Te tomo, y te deseo, te cubro en un momento y me quedo cerca de ti. Mi lengua te halla, en un instante tan distante, y te busca en el presente que se dilata y hace la espera un purgatorio de instantes.

Estás allí. ¿Cómo describirlo?
Recorro tu piel, en besos desesperados, ávidos de ti. Y lloro. Las lágrimas buscan tu cuerpo, buscan aquello que dejó un vacío, te buscan a ti. Te extrañan, arden en ti, arden en tu imagen pétrea, de mármol blanco y frío.

Estás allí.
Aquello que despierta… Aquello que se une, y muere…
¿Qué decirte?
Busco tus labios, los siento. Los recorro, los visito. Beso tu cuello, tus pechos, tus  pequeños pezones, sin desear que amanezca. Que la noche sea eterna. Te sientas sobre mí, iniciando una danza desesperada, huyendo del amanecer. Tu cuerpo, el mío… Tu boca y la mía, la mía pérdida.
¿Qué decirte?
Te extraño. Busco el cielo de tus ojos en las noches vacías. Busco el cielo de tus besos en cada madrugada que persisto, buscándote sin hallarte cerca de mí.
Sangro…
Sangro en una espera. Sangro, y me acabo.
Maldita, seis veces maldita, océano de espinas, y sal de cuerpos putrefactos. Maldita sea, maldigo la distancia.

Te beso, y me postro entre tus muslos, recorriendo tu aroma y disfrutando del tacto de aquella suavidad  de memorias. Te toco, y destello en ello. Tirito, y tus muslos se unen a mi cuello, en una bufanda suave y cálida.
Susurras que eres mía, que eres mi mujer, mi cielo, y mi todo. Lo eres, eres aquella esencia que perdí y que me diste en cada beso, cada conversación, cada abrazo, cada instante a tu lado. Susurras fuego, en llamaradas intensas… y susurras lágrimas…

Roto. Tullido. Yo.

¿Estás allí?
Te siento, deslizándote despacio, en un velo de sombras. Te siento, cómo las estrellas que parpadean y se extinguen, cuando renace el sol. Te siento, a mi lado, y tan lejos…

¿Estás allí?
Por favor, dime que sí. Por favor, respóndeme. Dame un suspiro, dame un instante, dame una señal. Dime que estás aquí, dime que estás aquí conmigo, dime que tu cuerpo reposa contra el mío, húmedo y suave. Dime que respiro tu perfume y tu aroma, dime que respiro tu mirada y tu esencia. Dime que estás aquí, conmigo, a mi lado.

No estás…
Las mantas son parcas, ásperas. Nunca podría sentirlas de otra manera. La almohada es dura, vacía, efímera. No hay nada.

No estás. ¿Por qué? ¿Dónde estás?

sábado, 19 de julio de 2014

¿Recuerdas?

Recuerdo tocar tu mano, en silencio, recorriendo la suavidad y las pequeñas asperezas.
Recuerdo tocar tus labios, con mucho cuidado, y sentir las heridas que te hacías en tu enervante costumbre de morderte los labios.
La Luna se aleja, y las estrellas se ocultan.
No puedo verte…
Tu sonrisa se unía al cielo en un murmullo, y el abismo huía, malherido.
El océano quedaba confinado a una gota de rocío, pequeña, tranquila.
La verdad, no te escribo por extrañarte. Aquello es demasiado parco. Te escribo, porque te necesito a mi lado, y no sólo te extraño.
El ajenjo es suave, y corre por las venas cómo por caminos de grava. Es sencillo de emplear, y ofrece tantos instantes nuevos. El mosaico se confunde, y la leche de amapola corre entre sus párpados. ¿Sería lo mejor?
¿Recuerdas algo?
Quizás podría liberarte. Quizás podría quebrar las cadenas, y evitar que hieran tus suaves muñecas. Quizás podría evitar que el hierro fragmente tu suave piel.
Extiendo mis manos, buscándote en el silencio. Me ahogo en el ajenjo, buscando aunque sea una minúscula partícula de tu aroma, de tu esencia, de tu suavidad y dulzura, de tu fuerza y fiereza, de tu orgullo y tu mirada.
Extiendo mis manos, buscando tus mejillas, para recorrerlas y verlas sin abrir mis ojos. Para verlas y sentirlas, y quedarme en ellas.
Busco tus párpados, y tus pestañas de cristal. Busco tus ojos rasgados, y aquello que tanto expresaban.
Es difícil explicar sin símbolos esto. ¿Se podría hacer sin compararlo? Quién sabe… Yo no puedo.
Es la ausencia misma, en un vacío…
No, no un vacío.
Es la ausencia una plenitud, un fragmento repleto de aquella sustancia perniciosa y cruel, que se retuerce en un amasijo de garras y navajas heladas, abriendo surcos y heridas.
¿Qué puedo decirte? La verdad es que ya no tengo idea de cómo hacerlo. Mis versos son míos, por lo cual se pierden en el viento, con alas raquíticas y heladas. No soy nada, pero trato de escribirte aquello que se quiebra lentamente, aquello que desaparece y se hunde.
¿Tú? No.  Tú estás allí. En cada latido, en cada instante que respiro. En cada  color de un mosaico azulado, que cree para ti, hecho de ti. Y lo tomé, para que se haga yo y todo.
Tú estás aquí. Te siento.
Y no estás.
¿Me sientes?

¿Recuerdas?
Quiebro el instante.
Ya no importa…
Arderé en el infierno
Por aquel sacrilegio;
Lo sé.
¿Crees que me importa?

Tus labios se escapan
Entre lágrimas de acero
Y crueles golondrinas;
Las palabras quedan en el mármol.
Ya no importa,
Si en un anhelo desesperado
Quiebro aquello que se alza,
Aquello que nos cubre…
Si la distancia nos recorre,
Ataré mi respirar a tu pecho,
Y mis recuerdos en tus venas.
Clavaré tu mirada en tu cuerpo
Con vínculos de plata
Y altares de sal.
La distancia nos recorre
Entre lágrimas ocultas,
Besos perdidos en mareas,
Y nubes de acero;
Si aquello se alza,
Lo abatiré con tus besos
Cubriendo mi mirada,
En una canción desesperada
Que me queda, y palpita.
¿Me seguirás?

Todo se desvanece,
Y la Luna…
¿Qué hago con la Luna, si no busca
Y halla tu mirada;
Si no me trae a ti,
En su barcaza de plata?
¿Qué son las estrellas, si tus ojos se pierden
Y no hallo el silencio
De tus párpados cerrados?

Quiebro el instante
Y quemo los ejércitos celestiales;
Quiebro los jardines
Y los campos Elíseos;
Que arda todo.
Que todo se desvanezca,
Y no exista nada más.

Sólo busco tu sonrisa.

¿Nos hallaremos?

La lluvia huyó,
La Luna no vuelve…
¿Dónde estás?
Todo se diluye
En fragmentos de cristal;
Las sonrisas son de hierro,                                            
Los jardines el erial…
¿Dónde estás?

Se abre un abismo
Y los versos desaparecen;
Tus párpados se esconden
Y las estrellas agonizan
En una fina capa de rocío.
¿Dónde estás?

Te extraño.
Aquello es imposible de decir
Sin descartar mucho más.
Las palabras son cortas,
Y la lengua se traba.
Las manos parpadean,
Los rostros murmullan
Y los labios se cierran.

Te extraño,
Y aquello se oculta
Entre lágrimas de cobre.

Te extraño,
Y la lluvia agoniza
En una primavera tardía;
La Luna huye
A los rincones perdidos
En palacios en ruinas;
La mirada se sostiene
En sus últimos espasmos.

Te extraño,
Bajo la lluvia, sin un libro,
Sin sentido.
Te extraño,
Sin escribir un  sólo latido,
Sin versos ni camino.

La lluvia huye,
Nuestras voces se encuentran…
¿Puedes escucharme?
Si la Luna nos une
En su blanco despertar,

¿Nos hallaremos?

Quiébrame

Quiébrame.
Rompe mis párpados,
Quema mis pupilas,
Rasga mis mejillas.
Soy tuyo.
¿Lo sabes?
Quiébrame,
Húndeme.
Quiébrame,
Rompe mi esencia
Y fragmenta mis suspiros.
Toma mis versos
En un rostro desconocido,
Toma mis manos
En un brasero sin silencio.
¿Lo ves?
Soy tuyo.
Cada instante,
Cada suspiro,
Cada verso…
Cada anhelo
Y voz que se escuche,
Todo es tuyo.
¿Qué hará?
Si lo deseas, huye.
No tienes que quedarte.
Huye,
Y mis alas rotas cuidaran tu fuga.
Soy tuyo.

Nunca te lo dije,
O quizás no lo recuerdo,
Pero mis lágrimas también son tuyas.
Mi sonrisa,
O las cenizas de ella,
También te pertenecen.
¿Qué soy?

Sólo soy tuyo.

viernes, 11 de julio de 2014

¿Sabes algo?
No deseo escribirte versos.
Esta será una simple carta, sin belleza real. No usaré mis símbolos, o mis metáforas, ni nada de lo que suelo usar. Es más, no usaré ninguna rima, y trataré de escribirte sin sentir nada al hacerlo.
¿Qué te diré? Pues no lo sé. Estoy escribiendo por escribir. No sé si realmente quiero hacerlo, pero te estoy escribiendo, ¿lo ves? No hay versos. Es prosa. No hay nada que pensar, ya que todo va directo, las palabras son simples y no tienen nada oculto.
Pues bien, sigo sin saber cómo decirte esto. Sólo podría decirte que me duele mucho escribir. Ahorita me duele bastante. Es una sensación bastante rara, ¿sabes? Algo se interpone, algo me lo impide. Voy dos semanas tratando, y nada sale. Y aquello no me gusta, ya que necesito escribir, especialmente en estos momentos. Pero no, nada sale, me quedo en blanco. Sin ganas de usar en sí una metáfora, no puedo describirlo de otra manera o con otra palabra: es una prisión.
La verdad es que me duele. ¿Sabes lo único que he pensado? En la ausencia. Siempre he sido un buen amigo del insomnio… Pero ahora era una tortura. No hay otra manera de decirlo.
¿Sabes lo que pensaba? Quizás parecerá raro, o exagerado, pero lo que más me afectaba y me afecta es la foto de tus pantuflas cuadradas. Ese día bajaste con ellas. Eres la única persona que conozco que llega tarde aun cuando el lugar de encuentro es su propia casa… Y es algo que molesta realmente… Ese día, como siempre, te demoraste en bajar. Yo estaba sentado en tu sillón, aburrido, esperándote. Y tú bajaste. No recuerdo bien cómo estabas vestida, pero llevabas esas pantuflas cuadradas. Ahora voy recordando. Estaban bastante viejas, de un azul sin mucho color. Tenían lazos rosados, parecidos a pasadores. Llevabas medias delgadas, casi transparentes. Llevabas también un jean. Si, ya voy recordando.
No pude evitar reír cuando vi esas pantuflas. Llevabas un polo negro, también delgado, y mi casaca negra encima. ¿Recuerdas que te pedí tomarles foto? Y tú posaste, cuando yo sólo hice una foto de tus pantuflas. Cuando la viste, insististe en que te tome una foto entera, cuando yo sólo quería una foto de tus pantuflas. Volviste a posar, y te tomé otra foto. Pero la de las pantuflas fue la que realmente quería.
Me perdí. No debí levantarme, pero necesitaba hacerlo. No sé por qué menciono tus pantuflas cuadradas. Últimamente no dejo de hacerlo. ¿Seré fetichista? No lo sé.
Es un nudo, ¿entiendes? Quiero volverte a ver así, despeinada, con tus mejillas rojas, con gotas de sudor en tu frente, y con tus viejas pantuflas cuadradas… Quiero verte así. Cuan bella te veías. No me malinterpretes, siempre te ves bella. Pero ese día, esas pantuflas te hacían… no sé… ¿Pequeña? ¿Tierna? ¿Dulce? No lo sé. No puedo usar símbolos, lo he dicho, pero se me escapan en muchos momentos. Estoy tratando de ser lo menos simbólico o metafórico que puedo.
La verdad es que quisiera sentirte, pequeña, entre mis brazos. Aquellos abrazos que te daba, cuando me insistías en que te soltara, pero a la vez me abrazabas. Era muy gracioso, cómo te debatías, por qué te apretaba contra mi pecho.
Soy muy débil, ¿verdad?  No debería estar así. Dicen que debo estar sonriente. Dicen que debo ser positivo. Lo trato. De verdad lo trato. Sé que no debo, pero no puedo evitar escribir esto. Quizás lo borre después…
Detesto casi todo lo que escribo. Lo sabes. Creo que esto lo estoy detestando. No siento lágrimas, pero siento algo peor.
Estoy gris… Demasiado gris. No soy yo, lo sabes. No entiendo.
Ya no puedo.
Sí, quiero abrazarte, quiero tenerte entre mis brazos. Quiero escribirte lo mejor que pueda, con mis versos horribles y patizambos, sin musicalidad ni belleza. Aunque no te inspiren nada, quiero hacerlo, por qué lo necesito, y en cierto modo son lo mejor de mí.
¿Por qué para todos es fácil estar fríos? A mí me cuesta. Lo he tratado, y sabes muy bien que lo intento, pero no logro seguir así. Es peor que ser nada, por qué es ser un cuerpo oculto y sin sentido propio.
Si trato de dormir, no voy a poder. Voy toda la semana intentándolo. No sirve. No me ayuda. Dormir me hace aún más vulnerable. No puedo serlo.
Soy un escudo, gris, sucio, mellado, sin estandarte ni blasón… Soy una voz sin tesitura, sin color. Soy un camino sin sentido, ¿verdad?
A veces me pregunto por qué caminas en mi pecho… No es fácil. Casi podría llamarse aburrido… ¿Por qué lo haces?
Extraño tus viejas pantuflas cuadradas. Quiero verlas. Podría sonreír, reír. Podría tomarle alguna foto. Podría tomar tu mano, tu pequeña mano, y jalarte. Podría besar tus labios, a veces llenos de heridas por tu enervante hábito de mordértelos cuando estás estresada. Podría mirarte a los ojos, hasta que te incomodes y mires a otro lado.
Tantas cosas, ¿verdad?
No puedo serlo. Ni el hierro ni la sal pueden cambiar aquello que soy.
Pero es difícil. Es cómodo, y lo sabes. Es muy cómodo. El hierro se va amoldando, tomando los rasgos faciales, y encaja con firmeza y tranquilidad. Ni si quiera es sofocante, y eso que soy claustrofóbico.
Pero no soy yo.
Ahora estoy bostezando. Realmente siento sueño. Pero la verdad es que no quiero dormir. No quiero ni acercarme a mi cama, y menos tocar las almohadas. Me siento lleno de fuerza, aun cuando es una ilusión inútil que el frío me da.
Soy un inútil, y soy débil.
Estoy atascado, y pierdo color. ¿Será mejor?

Ya no deseo escribir. Creo que ni para ello sirvo.

domingo, 6 de julio de 2014

Se quiebra el ánima pérdida,
¿Quién podría decir definir
El vacío que puede hallarse en un instante?
Quisiera decir que sobrevivirá…

No lo sé.
Pero quisiera decírtelo;
Quisiera hallar la estrella que suspira,
Quisiera romper los caminos celestes
En un camino de nomeolvides
Que me lleve a tus pies.

Este demonio siempre hallará
El camino a tu hogar,
El camino a tus brazos
En la oculta agonía, morirá en tus labios.

Tus labios me faltan,
Me entrego al silencio buscando tus besos;
Las rosas queman, y arden en candil,
Tus palabras se quedan, no podía dejarlas ir.

No lo sé,
Pero quisiera soñarlo,
Tomar tu mano, y caminar despacio
En el cielo de tus besos
Y tu mirada de recuerdos;
Acunar tus momentos
Y beber tus mejillas…

Tu sonrisa fue la vida,
Y ahora, sólo hay muerte
¿Dónde estás?
¿Podré hallarte algún día?

Si el Sol se esconde, te calla,
Que la Luna sea testigo
De que busco tu mirada en un desván sin confines
De un firmamento craquelado.

No lo sé,
Pero podemos soñarlo,
Podemos tomarnos, y hacer la distancia una:
Que la distancia sea el cielo, el océano,
Que la distancia sea todo, pero no nosotros;
Y tus labios quedarán en un altar
Que alzaré en mi pecho,
Mi cuerpo se hallará en la tumba
Que se esconde bajo tu amanecer.

No puedo, no sigo,
Me quiebro despacio;
¿Podremos hallarte?
¿La luna se acuerda?
Desvelo sus labios
Buscando los tuyos…

No lo sé,
Pero he de creerlo;
He de pelear,

Te amo.

viernes, 4 de julio de 2014

Si quiebras mi silencio
¿Sabré que decirte?
Si la orilla se hace lejana
Y caen los silencios
En rosas pálidas;
¿Hallaremos el camino?
Los versos se deshacen
Y evitan este tema,
Pero, ¿por qué callarlo?
¿Por qué evitarlo, si es nuestro?
Si la distancia es nuestra,
No sobreviviremos;
Si la distancia es el cielo,
Las estrellas hallarán el camino,
Nuestro camino…
¿Sabes? Tomaría tu mano,
Cierra tus ojos,
Recuéstate a mi lado;
Cierra tus ojos,
Me embriago en tu perfume
Entre sábanas azules,
Duermes en mi pecho
Y lo cubres con las sábanas blancas.
¿Lo ves?
Estoy contigo.
Si la distancia es nuestra,
¿Qué podremos hacer?
Si la distancia es el cielo,
O quizás el océano,
No es nada.
Recuéstate conmigo,

En mi pecho.