Fiach Dubh

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jueves, 15 de mayo de 2014

Nostalgia y oscuridad

Cuando te enojas, siempre frunces el ceño de aquella manera. No sabría cómo describirla. Tus cejas contorsionan, y forman diferentes figuras, cómo ideogramas cambiantes y palpitantes. He tratado muchas veces de describirlo, pero no puedo. Es imposible hallar las palabras exactas. Puedo escuchar tu voz tranquilamente por el teléfono e imaginar tu rostro a la perfección. Pero describirlo… No, sería casi un sacrilegio. No podría hallar la manera aquella peculiar manera que tienes de fruncir el ceño. Aquella mirada que pones. Es cómo que tratarás de alguna rara manera de… No sé… Una mirada exasperada, y aburrida, y a la vez tan tierna… Una mirada que me hace temblar, y a la vez despierta el deseo de comerte a besos. Aquella mirada puedo verla, sin verte en este momento. No estás, pero veo perfectamente aquella mirada. Aquella expresión. Cómo ponías la boca, cómo arrugabas tu frente, los pequeños pliegos que se formaban en tus ojos… Todo.
En esos momentos, puedes llegar a colgar el teléfono diez veces seguidas sin tener piedad.  Tu voz es una navaja afilada, helada, que corta sin piedad… Es interesante. No sabría tampoco describir cuanto puede llegar a doler. Pero ahora… Daría tanto por sentirlo.
Si pudiera… Tomaría de nuevo tus labios apretados, en aquel gesto de enojo y exasperación, y los besaría lentamente. Aspiraría de nuevo tu aroma, aquel perfume tuyo que sólo podría calificar de tuyo…
Cuando fruncías el ceño, mi mente temblaba. Ahora, tiemblo por volver a ver aquello. Por volver a ver tus ojos, con aquella chispa amenazante y aquel cansancio… Que cuelgues diez, quince, veinte veces, y poder seguir intentando llamarte. Poder arrodillarme a tus pies, y tomar tu mano… Besarla… Besar especialmente cualquier pequeña herida que pudieras haberte hecho por la astilla de una mesa vacía o alguna imperfección en la pizarra.  Era muy interesante ver como tus ojos rasgados se abrían, y se transformaban en perlas redondas y frías, llenas de hielo.
Y volverte a llamar… Escuchar tu voz cansada. Que me digas que no deseas hablar. Que me digas que te deje en paz. Que me digas que no, que no querías hablar. Escucharte colgar… Volver a llamar. Volver a llamar. No contestas. Vuelvo a llamar… Contestas y cuelgas… Vuelvo a llamar…
Todo un ritual, un ciclo…
Lo extraño.
Es tan tuyo…
Aquella manera tan elegante de enojarte… Aquella manera de estresarte, de enervarte por que no podía contentarme con colgar y nada más. Como rechinabas los dientes ya que seguía llamando…
He leído muchos poemas que hablan de cuanto se puede extrañar un beso…
Es cierto, extraño tus besos. Extraño sentir tus labios contra los míos, y sentir tu aliento en mi boca. Sentir la suavidad, y a veces las pequeñas costras por que tenías la manía de morderte los labios. Era algo contra lo que siempre combatí, ¿recuerdas? Habían momentos en que tus labios te dolían tanto que nuestros besos debían ser tan breves como un suspiro.  Y yo quería seguir besándote, pero me empujabas con tu brusca suavidad, y me decía que te dolía. Y ponías esa expresión, empequeñeciendo tus ojos rasgados y juntando tus labios. Aquella expresión… ¿Cómo no derretirme con ella? No sé, sé que no doy ni la más mínima idea, pero créanme, si trato de describirla sería una pérdida de tiempo, no puedo hacerlo.
Recuerdo también, cuando te miraba a los ojos… Siempre aquella secuencia. Primero mirabas hacia un lado, luego hacia el otro. Volvías a mirarme a los ojos. Mirabas hacia abajo y ponía una rara sonrisa, y luego volvías a mirar a cada lado. Entonces volvías a mirarme, y si seguía mirándote volteabas totalmente la cabeza, o ponías una sonrisa invertida mostrando tus pequeños dientes.  Era  a la vez gracioso y tierno.
Es tan fácil hablar de todas estas cosas. Tengo tu imagen conmigo. Sé que no puedo describirla, y quién lea esto tomará este texto cómo algo poco sustentado, soso, y vacío. ¿Pero qué puedo hacer? ¿De dónde podría sacar las palabras para describir todo ello? ¿De qué manera puedo tomar todo ello, y ponerlo en un verso, en una frase, en un papel? Lo único que logro decir es que es tuyo, que es algo tuyo. Y lo extraño…
¿Cómo puedo borrar de mí aquella manera que tenía para enojarte? O la manera que tenía de darme órdenes… Solía ser muy mandona.  Era algo que se notaba en tu voz, desde la primera impresión. Aquello podía ser enervante. A veces lo era, y llegué a molestarme. Ahora… Ahora lo extraño. Lo extraño y mucho.
Purgatorio sin tu mirada. Escogería el infierno, si pudiera petrificarme en los oscuros dominios y dejar que mi alma se consuma… Si pudiera quebrantarme en pedazos rotos de mármol vencido, y sustraer clavos que cieguen mis párpados. No me queda mucho, no me queda nada. Tu rostro se halla en los rincones de dolor, y en las sonrisas que ya no puedo usar. Mi cuerpo se retuerce, mis palabras se vencen, y me desgarran.
Lo extraño. Me hace falta. Me haces falta. Cada detalle, cada uno.  Todo ello, eras tú. Todo ello, y todo ello era mío. Y ya no estás.
Tu voz no se escucha, no hay susurros y sonrisas, no hay risas cantarinas y melódicas. Las notas no se sostienen, no hallan la manera de encajar pues las escalas se hunden en un laberinto oscuro. Tu voz se apaga, y todo se hunde. Me hundo.
Escribo un cementerio de versos, y un sarcófago de recuerdos. Es lo que me queda. Recojo los clavos, y el hilo, y coso lentamente mis párpados. Hundo los cristales en mis ojos, y coso también mi boca. ¿Qué me queda?
Cuando te enojabas, colgabas mil veces el teléfono. Fruncías el ceño, y tu labios desaparecían en una línea recta y uniforme. Pero eras tú. Estabas allí. Podía escucharte. Podía sentirte en aquel enojo, y podía saber que estabas allí. Respirabas, mirabas, pensabas, actuabas. Estabas allí
Ahora, ¿dónde estás?
¿He de ir al cielo, abriendo un camino de ángeles ensangrentados con alas despellejadas y cuellos abiertos?
¿He de ir al infierno, invitado por Hades y Satán,  montado en una barca solitaria mientras busco en el agua sin cristal tu reflejo?
¿Dónde estás?
SI pudiera ver tu ceño fruncido, y las pequeñas arrugas que danzaban en tu frente….
Si pudiera escuchar los carajos que decía, y los carajos que dijiste…
Si pudiera escuchar tu frío sarcasmo, y cada gramo de ti en la escarcha que besaba….
¿Dónde estás?
Todo ello es tuyo, todo ello eras tú. Todo formaba parte de la definición, todo se acotaba a ti. Todo.
Todo era tú, y ahora no estás.
¿Dónde estarás?
Parte de ti, y parte de mí.
Todo ello es tuyo. Y cada tuyo, es mío; cada tuyo, cada tuyo es lo que amo y amé.
Besaría tus cenizas, y las tomaría entre mis brazos. Las acunaría, y cantaría los versos que nunca te dije, debido a que no los mereces. Pero no tengo más, y necesito dártelos.

Todo ello es tuyo.

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