Fiach Dubh

Fiach Dubh
Fiach Dubh

sábado, 3 de mayo de 2014

No estás. Estás.

Pasa el tiempo…
¿Es posible acostumbrarse a un vacío?
¿Es posible mirar en una mesa, una silla vacía, un recuerdo?
¿Es posible quemar un individual que sobra, retirar un par de cubiertos, y dejarlos empolvarse en el cajón?
Preguntas: ¿Cuántos cubiertos debo poner hoy?
Te responden: Ya lo sabes.
¿Lo sabes? No. Nunca podrías saberlo. O quizás si lo sabes, pero no es algo que consideres real.
¿Tiempo? Los días pasan. Las horas corren. Los minutos se acaban y los segundos expiran. ¿Qué más da?
Nada lo devuelve.
Retiras la silla, y la pones a un lado. Apilas libros, cuadernos… Dejas allí tu mochila vieja y rota, empolvándose.  Dejas allí los trastos, a veces las bolsas con las compras del supermercado. El tapete de la silla puede gastarse, y quizás no compres otro.  Puede astillarse la madera, o llenarse de herrumbre el metal. Pero, ¿botarás la silla?
No estás.
Puedo esconder la silla en el sótano.  Puedo dejarla detrás de una cocina malograda, detrás de una tela vieja y llena de agujeros, bajo un plástico gris, entre bolsas del supermercado. Puedo olvidar comprar una bombilla nueva, y dejarlo todo a oscuras….
No está. No estará.
Y está.
La silla, la dejé en mi cuarto. Reemplacé el tapete, volví a pulir la madera.  No tengo mesa en mi cuarto, y el escritorio ya tiene su silla. Pero, está allí. Al lado de la mesa de noche.
Estás.
Me acuesto, como todas las noches. Y la silla está allí. Nunca fue muy cómoda, ¿verdad?  Si, ya lo sé. Pero el tapete es bonito. Ya sé que detestabas esos colores. Pero recuerdas, ¿aquella mancha de café que dejaste? Estabas riéndote, y se te derramó. Estaba muy caliente, y casi gritaste. O, ¿te acuerdas, aquella vez? Se me cayó la mantequilla, y dejó una mancha de grasa. Recuerdo como gritaste. Te gustaba el orden.
Tú me dijiste. Me dijiste que no cambie nada. Me dijiste que cuando vuelvas, ibas a estar muy furiosa si había cambiado algo.
Estás.
¿Ves? No he cambiado nada. Sigue allí. ¿Segura que no quieres que compre un tapete nuevo, o alguna cosilla para adornarla? ¿Podría comprarte otra silla? Ya sé, ya sé que esta te gusta.  Sólo te preguntaba. Lo siento, está bien. No te preocupes. No, no lo haré.
Estás. Siempre estás.
Recuerdo las palabras que decían. Una manera muy graciosa de decirlo, ¿verdad? Como si te hubieras tomado vacaciones, y no nos hubieras invitado. Jajajaja. Siempre nos llevabas. Pero bueno, supongo que no podíamos ir está vez. Pero, lo bueno es que estás acá. ¡Te lo dije ¡ No iba a cambiar tu silla. La tengo bien guardada. Todos los días, hago lo que me enseñaste. La tengo bien limpia. Sé que puede causarte muchos estornudos el polvo. La tengo acá.
Bueno, debo ir a hacer mis tareas. ¿Me acompañas? Sí. Llevaré la silla. No, no te preocupes. No tienes que cargarla.  Yo la llevo. No, no es mucho peso. Yo la llevo. Son sólo unas escaleras. Está bien, me pondré zapatillas. Tengo frío. 
Vamos. La escalera está tan larga. Tranquila, si puedo. No sé por qué se mueve tanto. No, no, no se me va a caer. No, no, no me voy a caer. Vamos. Ya casi llegamos.
Tengo frío.
Estás. ¿Me ayudas? No entiendo que debo hacer. ¿Debo hacer círculo o marcar con una “X”?
Hace mucho frío. El lapicero pesa.
Gracias. No me había dado cuenta que me estaba equivocando tanto en esa parte. Sí, ya lo borro.
Estás.
Tengo frío.
Sí. Se siente muy bien. ¿Por qué no querías venir? Ya ves, ahora si hago mis tareas. Todo está listo. ¿Viste mi cuarto? No hay ropa bajo la cama. No hay nada en el closet. No, no he llevado comida. Sí, gracias.
Tengo frío. Se siente muy bien. ¿No tienes frío?
¿Vamos?
Sí. Vamos a viajar.

Vamos.

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