Fiach Dubh

Fiach Dubh
Fiach Dubh

jueves, 22 de mayo de 2014

Dulce Erzsébet

Despacio. No querrás despertarla.
No había que despertarla.
Shhh… Silencio.
Lentamente se despereza. Su cuerpo se agita, y las dulces pulsaciones del sueño lentamente abandonan la habitación. Las suaves mantas de seda se deslizan fácilmente sobre su piel. Su sonrisa aun duerme, aún queda tiempo. Camina, sigue. No hay que despertarla. Camina. Su sonrisa sigue callada, y sus párpados continúan vacíos. Su lecho seguía húmedo.
Se despereza… ¿Lo huele? Quizás. Quizás no lo necesite. Sólo lo sabe, lo siento. Lo vive. Aquello no es más que un momento fijo, destinado a repetirse eternamente. Su voz también despierta, lentamente.  Aquella voz… Aquellas notas húmedas y hambrientas. Aquel sonido suave y angelical, con un redoble oscuro y oculto.
Shhh… Silencio. No hagas tanto ruido. Calma tus latidos.
Duerme. Sigue.
Duerme, por favor.
Se despereza, y abre sus ojos. Lo siente. Lo huele. Percibe mis latidos.
¿Qué haces? Sigues callada. ¿Te divierte? Sólo sonríes. Ya amaneció tu sonrisa.
Las escuchas caminar. Muy despacio. Algunas titubean. Son pequeñas, son tímidas aún. Sus pies descalzos apenas dejan escapar algún pequeño ruido. Caminan en círculos, buscando. ¿A quién? ¿Te buscan?
Ríen. Ríen tranquilas. El día es soleado. Es el amanecer, y se baña en la calidez palpitante.
Ríen, y prosiguen la ronda. Los vestidos blancos no duran mucho, ¿verdad? Poco a poco se desvanecen, y quedan las memorias harapientas, vestidas desaliñadamente, buscando seducor algún incauto recuerdo.
Ellas caminan, desnudas y vacías. Ojos desgarrados, lenguas colgantes, sonrisas forzadas y ternuras frías. Caminan en círculo. ¿Te miran? ¿Cómo saberlo, con las cuencas oculares vacías? Quizás sólo lo intentan. No es posible saberlo.
¿Están? ¿Me escuchan?
Sigues callada. Todo ello te divierte. Tus labios recuperan lentamente el carmín. Tus ojos destellan, con aquella coquetería tan tuya. Tus labios… Dos fresas de verano, dos manzanas rojas… Suaves, llenos de pulpa y fruta, listos… Maduros, en su punto.
Lentamente te incorporas, cubriéndote con las sábanas de seda. Son rojas, teñidas. Resaltan con la suave blancura de tus pechos.
Ellas caminan despacio. Recogen las toallas sucias, sirven el té. Arreglan despacio la mesa vacía y retiran la podredumbre de los platos de porcelana. Recogen el mantel, y lo desmenuzan fácilmente. Traen uno nuevo,  rojo cómo los sábanas.
Podrías alejarte. Podrías caminar lentamente por los pasillos vacíos. Ellas te invitan. Te acompañarán y escoltarán. Cuidarán que no mires atrás.
¿Por qué? ¿Para qué?
La bañera pronto se llena. Las lágrimas se confunden con las gotas de rubí.  Despacio, te acercas, aun cubriéndote con las sábanas. Despacio, hundes la punta de tus dedos en la suave marea. Te deslizas lentamente, sin ninguna fricción, cómoda y elegante. Todo en ti lleva aquel porte, aquella suave y delicada elegancia. Sonríes, seguramente halagada por la insistencia de mi mirada. Te hundes lentamente en la espuma, y me miras coquetamente.
Ellas enjabonan lentamente tu pecho. Despacio, con mucho cuidado. No desean enojarte. Alejas tu mirada de mí. Te acercas a ellas, y sonríes despacio. Acaricias la espalda de una de ellas. Ella se queda inmóvil, y muy callada. Lentamente juegas con las cuervas de su cuerpo, y te pones deliberadamente tu mano en el pezón izquierdo. Acercas tu boca, y le das un beso… ¿Por qué grita? Sólo fue un beso…
El agua de la bañera tiene un raro color. La sábana carmesí seguramente se refleja en la el agua cristalina. Debe ser ello.
Ellas caminan despacio. Sus labios partidos se quedan cerrados, cosidos. Sus palabras susurran, buscan caminos ocultos, se acercan en silencio a mis oídos. No callan.
¿Irme ¿Por qué?
Se ha levantado. Las gotas se deslizan por su piel blanca. Descienden por sus pechos, y corren por su abdomen. Bajan por sus piernas, y se reúnen  con sus hermanas en las aguas agitadas de la bañera. Me observa, tranquila. No necesita sonreír. Su mirada ya lo hace.
Lentamente, camina por la habitación. Ellas sólo se apartan. Agachan sus rostros, y quedan de rodillas. Ella camina con elegancia, y las gotas caen por la alfombra. Es difícil tenerlas en cuenta, ya que se confunden fácilmente por la semejanza de reflejo.
Las toallas de hilo blanco están extendidas sobre la cama. Ella sólo se sienta sobre ellas. Las aparta graciosamente. Su mirada recorre mis mejillas. Siento su aliento, atravesando la habitación. Aquella hoguera, aquel silencio.
Doy un paso.
Ellas se agitan. Siguen postradas, la frente en el suelo. Pero un creciente murmullo recorre el lugar…
Doy un paso.
De nuevo se agitan. Esta vez, el murmullo no decae tan rápidamente. Se escuchan imperceptibles las risas turbadas.
Doy otro paso.
Algunas se enderezan un poco. ¿Qué hacen?
Doy otro paso.
Comienzan a enderezarse, una por una. Me rodean. Rodean la habitación
Los ojos. Me observan. Me observan, o tratan de hacerlo debajo de las cuencas vacías. ¿Qué buscan? ¿Qué buscan en mí?
Siento su aliento, recorriendo mi pecho. Siento que inunda lentamente mis pulmones. Aquel perfume. Aquella esencia unida, aquel sabor… Aquel escozor en mis labios. Siento sus uñas recorriendo mis párpados Recorren mi cuello, dejando finas marcas.
Ella está allí. Me espera. Me ha esperado hace mucho. ¿Por qué debería irme? Ella está allí. Me ha esperado.
Ellas la ocultan. Sientes sus labios, rozando los tuyos. Sientes los fragmentos de cuero, de madera, y el olor a tierra húmeda. Sientes los cuerpos viscosos danzando, en un festín sin cuervos. Sientes las lenguas, o lo queda de ellas, pugnando por abrir tus labios. Todo ello… Han convivido tanto tiempo. Son una. Todos ellas están allí. La ocultan…
No. Se apartan. Ella está de pie. Me observa.
No pueden…
No. No pueden.
Ella ha hablado. No pueden. Ni deben.
El lecho es de hierro.
Los besos siguen. Dejan trozos de piel y carne. ¿Qué buscan? Debo seguir. Ella me espera.
Ella se acerca. Ha dado un paso. Ellas tiemblan, se arrodillan, se arrojan al suelo. Los cuellos desgarrados, los agujeros abiertos en el pecho y los brazos…. Sangran.
Ella se acerca. Sus pechos blancos relucen despacio, tatuados por la sangre reseca. Ella se acerca, y sus pezones observan lentamente mi mirada. Su cuerpo… Aquella juventud robada…
Ellas tiemblan, gimen, cantan… Aquel coro nunca calla. Advertencia ignorada, cantan nuevas plañideras. Arrodilladas, apoyan sus mentones en las losas rotas, y la hiedra corroe sus mejillas hundidas.
Sus manos toman las tuyas. Te jalan despacio. Te esperaban
Te jalan despacio. Caes con ella.
Tus piernas atenazan tu cintura. Sus uñas se deslizan por tu espalda. Sientes la pulpa que carcome sus dedos, y se une a la pulpa que queda en tu espalda. Sientes su aliento, aquel perfume de rosas y de sangre reseca. El hierro en sus labios sabe, y se transmite a los tuyos. Sus ojos no ven… Te ven. Sientes su mirada presionar en sus pupilas. Sus uñas recorren lentamente tu cuello.
Sus dientes… Sus dientes aún cenan la pulpa de las que callan.
Las sábanas… El lecho… La bañera… Todo ahora está manchado. No lo viste, ¿verdad? No lo quise ver. Todo. Su cuerpo reluce, blanco y manchado, cubierto por la capa de barro y sangre corrupta. Aquel sueño profano, aquel lecho de fuego… ¿O de hielo?
No. Debiste irte. Ella está despierta…
Sus labios dejan en los tuyos los rostros y la piel, los pellejos vacíos, y las gotas de esencia que hace tanto tiempo robó. Ella sigue acá. No se fue…
Te esperaba.
Sus labios beben de ti….
Se embriaga. Tu cuello palpita, aquella la excita. Lentamente se embriaga… Aprovecha, es el momento. Ha esperado tanto tiempo.
Las doncellas de hierro rodean la habitación. Ellas danzan, y cantan despacio. Debiste acompañarlas y yacer con ellas.  Son cómodas, ¿verdad? El hierro sigue fuerte, y no se ha rendido.
El lecho es de hierro… ¿Las sientes?
Sus manos recorren tu espalda. Sus piernas se hunden en tus mejillas abiertas. Sus manos buscan, y hallan, y siguen buscando. Buscan y recorren. Rebuscan y huyen. Y vuelven.
Ella te esperaba.
La doncella de hierro lentamente se cierra.
Sus suspiros… Gime. Ríe con suavidad y elegancia. Besas sus labios. Te siento. ¿Me esperabas? He venido. Dulce Erzsébet… Beso tus labios, o lo que queda de ello. Deshago los nudos. Me embriago en el perfume, en aquel tenue olor de metal y putrefacción. Siento el aroma de ceniza y serrín. Sus mordidas recorren mi cuello, se hunden en mi espalda, suavizan mis brazos. Siento su deseo. Ella está allí. ¿Sientes la melodía, tan agria y tan suave, que se desprende lentamente en sus labios y sus párpados rotos y quemados?
Descanso en tu hierro… Es nuestro lecho, ¿verdad? Aquí me esperabas.
Ellas tiemblan, y callan. Las voces se apagan. La piedra recuerda, el polvo se esparce. Ya no importa. Ella sigue, ella despierta. Ellas callan. Guardan sus harapos, sus pellejos usados y el polvo seco quedó en sus venas.
Ella descansa, empapada. Se empapa en la sangre reseca. Se empapa en tu cuerpo y se empapa en tu esencia. Su hambre no acaba… Nunca, ¿verdad?
Las mantas se deshacen, la piel no resiste tanto. La doncella de hierro siempre se cierra. Aquella cadencia, aquel latido, poco a poco resuena entre las paredes húmedas y aromáticas. Los pechos desmembrados cubren las blancas plumas de las frágiles almohadas.
Ella sonríe. Sonríe, tan coqueta. El sol ya sale, reluce su belleza. La siento. Ella renace. Ella me espera, y espera. Nadie dice que no a la condesa.
Descansa, Erzsébet, mi dulce condesa…
¿Me esperabas a mí? ¿A quién esperabas? Dímelo. ¡Dímelo!
¿Qué haces? No. No te atrevas.
No. No lo hagas.
¿Qué haces?
Abre el sarcófago. ¡Abre! ¡Abre la puerta!
No. No te vayas. No.
¡No! ¡Para!

No lo hagas…

No hay comentarios: