Fiach Dubh

Fiach Dubh
Fiach Dubh

jueves, 29 de mayo de 2014

Te quedarás...

Pálida, sonríes
Abrasando mis párpados,
Cubriendo mis besos
Con la suavidad de tu pupila;
¿Qué haces, que me quemas,
Enterrando mis recuerdos
Y liberando mi esencia?

Si quedo petrificado
En suspiro azucarado…
¿Qué harás?
Si estuvieras allí
(Y lo estás, ¿verdad?)
Tomo tus palabras
Y las mías,
Hilando un collar
En tus pálidas mejillas…
Se halla la cesura
Y se busca en la locura
Los labios,
Los tuyos.

Si estuvieras aquí
(Y lo estás, ¿verdad?)
Cubriría tus mejillas
Con fragmentos de suspiros
Que pude olvidar
Y no quise;
Entre sábanas y almohadas
Se ocultan…

Hallo, busco;
Muero, callo…
Hallo, y no.
Bebo, sobrio,
Y te escribo un beso
Apagado;
Te bebo, ¿qué haces?
Tiemblo…
Tu sonrisa no se esconde,
Luna sigue viva.

Pálida, sonríes;
¿Dudas el silencio?
¿Cuánto dura un verso?
Podría buscarte,
Tallarte un altar
Y quemar incienso;
Podría regarte
Escuchando tus latidos
Tu dormida, y yo muerto…
¿Dudas el silencio?
Existiré en cada beso
Y moriré cuando nuestros labios
Busquen respirar
En fuga sedienta.

Me apago en tus párpados,
Después de ellos, no soy.

Si estuvieras allí
Y al amanecer mis párpados
Besen tu sonrisa…
Si estuvieras allí
Y que despierte el rocío
En un jardín de susurros
Pidiendo un rato más…
Si estuvieras aquí…
Esclavizaré la Luna
Y te quedarás conmigo;
Tejeré la Plata
Y pasearé por tu lecho,
¡Que se derrumbe el océano!
Si estuvieras aquí…
Si estuvieras allí,
Esperando,
Conmigo…
Esclavizaré la Luna
Y te mantendré conmigo
En un silencio nocturno.
Negará el amanecer
Y hallará tus besos;
Negará un trayecto
Y lo hará inmediato…
La Luna se queda

Y tú estás conmigo.

Busco

En cada gota de lluvia buscaba tus besos,
En las gotas de rocío
Buscaba tus recuerdos…
¿Por qué? Para sobrevivir,
Para desechar las rosas desgastadas
Y hundirme en tu perfume.

El café de la mañana se escribe
En las cartas que perdimos,
En las sonrisas vacías
Que regalo a mi almohada;
¿Qué hago? ¿Te busco?
Si te hallo y me encuentras…
¿Qué harás?
No podría imaginarlo
Ni voltea mi mirada,
Y cada madrugada te encuentro
En un destino sin retorno
Y un cementerio de versos
Ocultos en la Pascua de recuerdos…
¿Qué hago? ¿Qué harás?
Si te tuviera, y te tuve,
Te entregaría los sentidos y las perspectivas
Y rozaría los pétalos de un campo de nomeolvides
En la frescura de tus labios…
Así vivirían.

Te entregaría mi vida,
Ya que es tuya…
Y cuando la muerte llegue
No hallará nada
Pues mi alma se entierra en cada silencio que callas.
Y si dudas
(Y lo entiendo)
Cubriré cada camino
Con mis dedos desgastados,
Con mis labios rotos
Y mis ojos callados
Para que no tropieces ni caigas…
Cubriré cada pétalo
Con silencios
Y rozaré tus mejillas
Con el principio de un recuerdo
Sazonado por un beso
Y con un toque de versos.
Acariciaré tu mejilla
Y besaré tu silencio…

Y si dudas, yo lo entiendo,
¿Quién cree en un cuervo?
Si huyes, vete ya….

En cada gota de lluvia
Y cada silencio sin vacíos;
En cada mirada sin llenar
Y los campos olvidados;
En cada minuto o segundo
Busco tus besos…
Busco las palabras que dijiste,
Y aquellas que gritaste…
Busco todo, y no busco nada
Pues, ¿quién busca lo que tiene?
Si las notas no olvidarán
Hallarían en mi eternidad
Los recuerdos de tu sonrisa
En un cuadro de pétalos
Y paraísos nublados…

Bajo la lluvia que llora
Y las espinas rotas,

Busco tus besos.

jueves, 22 de mayo de 2014

No hay razón.

Recorre lentamente mis mejillas,
Pintando una mirada sin dulzura;
Lentamente se desliza la aguja,
¡Huyen! Sangran recuerdos y caricias…

Aquella se calla, mueren sonrisas…
¡Dime que buscas! Mi esencia es perjura,
Mis dedos rasgan, traen sepultura;
Esconde tu blancura, ¡huye Artemisa!

Delineas con firmeza mi agonía,
Arrebatas mis cuencas olvidadas
Cuervo corrupto, tu pecho agotabas…

No me queda mucho… Sólo suspira…
¡Qué ardan rosas! Nomeolvides vengadas

Cubran la tumba… Sin razón me amabas.

Dulce Erzsébet

Despacio. No querrás despertarla.
No había que despertarla.
Shhh… Silencio.
Lentamente se despereza. Su cuerpo se agita, y las dulces pulsaciones del sueño lentamente abandonan la habitación. Las suaves mantas de seda se deslizan fácilmente sobre su piel. Su sonrisa aun duerme, aún queda tiempo. Camina, sigue. No hay que despertarla. Camina. Su sonrisa sigue callada, y sus párpados continúan vacíos. Su lecho seguía húmedo.
Se despereza… ¿Lo huele? Quizás. Quizás no lo necesite. Sólo lo sabe, lo siento. Lo vive. Aquello no es más que un momento fijo, destinado a repetirse eternamente. Su voz también despierta, lentamente.  Aquella voz… Aquellas notas húmedas y hambrientas. Aquel sonido suave y angelical, con un redoble oscuro y oculto.
Shhh… Silencio. No hagas tanto ruido. Calma tus latidos.
Duerme. Sigue.
Duerme, por favor.
Se despereza, y abre sus ojos. Lo siente. Lo huele. Percibe mis latidos.
¿Qué haces? Sigues callada. ¿Te divierte? Sólo sonríes. Ya amaneció tu sonrisa.
Las escuchas caminar. Muy despacio. Algunas titubean. Son pequeñas, son tímidas aún. Sus pies descalzos apenas dejan escapar algún pequeño ruido. Caminan en círculos, buscando. ¿A quién? ¿Te buscan?
Ríen. Ríen tranquilas. El día es soleado. Es el amanecer, y se baña en la calidez palpitante.
Ríen, y prosiguen la ronda. Los vestidos blancos no duran mucho, ¿verdad? Poco a poco se desvanecen, y quedan las memorias harapientas, vestidas desaliñadamente, buscando seducor algún incauto recuerdo.
Ellas caminan, desnudas y vacías. Ojos desgarrados, lenguas colgantes, sonrisas forzadas y ternuras frías. Caminan en círculo. ¿Te miran? ¿Cómo saberlo, con las cuencas oculares vacías? Quizás sólo lo intentan. No es posible saberlo.
¿Están? ¿Me escuchan?
Sigues callada. Todo ello te divierte. Tus labios recuperan lentamente el carmín. Tus ojos destellan, con aquella coquetería tan tuya. Tus labios… Dos fresas de verano, dos manzanas rojas… Suaves, llenos de pulpa y fruta, listos… Maduros, en su punto.
Lentamente te incorporas, cubriéndote con las sábanas de seda. Son rojas, teñidas. Resaltan con la suave blancura de tus pechos.
Ellas caminan despacio. Recogen las toallas sucias, sirven el té. Arreglan despacio la mesa vacía y retiran la podredumbre de los platos de porcelana. Recogen el mantel, y lo desmenuzan fácilmente. Traen uno nuevo,  rojo cómo los sábanas.
Podrías alejarte. Podrías caminar lentamente por los pasillos vacíos. Ellas te invitan. Te acompañarán y escoltarán. Cuidarán que no mires atrás.
¿Por qué? ¿Para qué?
La bañera pronto se llena. Las lágrimas se confunden con las gotas de rubí.  Despacio, te acercas, aun cubriéndote con las sábanas. Despacio, hundes la punta de tus dedos en la suave marea. Te deslizas lentamente, sin ninguna fricción, cómoda y elegante. Todo en ti lleva aquel porte, aquella suave y delicada elegancia. Sonríes, seguramente halagada por la insistencia de mi mirada. Te hundes lentamente en la espuma, y me miras coquetamente.
Ellas enjabonan lentamente tu pecho. Despacio, con mucho cuidado. No desean enojarte. Alejas tu mirada de mí. Te acercas a ellas, y sonríes despacio. Acaricias la espalda de una de ellas. Ella se queda inmóvil, y muy callada. Lentamente juegas con las cuervas de su cuerpo, y te pones deliberadamente tu mano en el pezón izquierdo. Acercas tu boca, y le das un beso… ¿Por qué grita? Sólo fue un beso…
El agua de la bañera tiene un raro color. La sábana carmesí seguramente se refleja en la el agua cristalina. Debe ser ello.
Ellas caminan despacio. Sus labios partidos se quedan cerrados, cosidos. Sus palabras susurran, buscan caminos ocultos, se acercan en silencio a mis oídos. No callan.
¿Irme ¿Por qué?
Se ha levantado. Las gotas se deslizan por su piel blanca. Descienden por sus pechos, y corren por su abdomen. Bajan por sus piernas, y se reúnen  con sus hermanas en las aguas agitadas de la bañera. Me observa, tranquila. No necesita sonreír. Su mirada ya lo hace.
Lentamente, camina por la habitación. Ellas sólo se apartan. Agachan sus rostros, y quedan de rodillas. Ella camina con elegancia, y las gotas caen por la alfombra. Es difícil tenerlas en cuenta, ya que se confunden fácilmente por la semejanza de reflejo.
Las toallas de hilo blanco están extendidas sobre la cama. Ella sólo se sienta sobre ellas. Las aparta graciosamente. Su mirada recorre mis mejillas. Siento su aliento, atravesando la habitación. Aquella hoguera, aquel silencio.
Doy un paso.
Ellas se agitan. Siguen postradas, la frente en el suelo. Pero un creciente murmullo recorre el lugar…
Doy un paso.
De nuevo se agitan. Esta vez, el murmullo no decae tan rápidamente. Se escuchan imperceptibles las risas turbadas.
Doy otro paso.
Algunas se enderezan un poco. ¿Qué hacen?
Doy otro paso.
Comienzan a enderezarse, una por una. Me rodean. Rodean la habitación
Los ojos. Me observan. Me observan, o tratan de hacerlo debajo de las cuencas vacías. ¿Qué buscan? ¿Qué buscan en mí?
Siento su aliento, recorriendo mi pecho. Siento que inunda lentamente mis pulmones. Aquel perfume. Aquella esencia unida, aquel sabor… Aquel escozor en mis labios. Siento sus uñas recorriendo mis párpados Recorren mi cuello, dejando finas marcas.
Ella está allí. Me espera. Me ha esperado hace mucho. ¿Por qué debería irme? Ella está allí. Me ha esperado.
Ellas la ocultan. Sientes sus labios, rozando los tuyos. Sientes los fragmentos de cuero, de madera, y el olor a tierra húmeda. Sientes los cuerpos viscosos danzando, en un festín sin cuervos. Sientes las lenguas, o lo queda de ellas, pugnando por abrir tus labios. Todo ello… Han convivido tanto tiempo. Son una. Todos ellas están allí. La ocultan…
No. Se apartan. Ella está de pie. Me observa.
No pueden…
No. No pueden.
Ella ha hablado. No pueden. Ni deben.
El lecho es de hierro.
Los besos siguen. Dejan trozos de piel y carne. ¿Qué buscan? Debo seguir. Ella me espera.
Ella se acerca. Ha dado un paso. Ellas tiemblan, se arrodillan, se arrojan al suelo. Los cuellos desgarrados, los agujeros abiertos en el pecho y los brazos…. Sangran.
Ella se acerca. Sus pechos blancos relucen despacio, tatuados por la sangre reseca. Ella se acerca, y sus pezones observan lentamente mi mirada. Su cuerpo… Aquella juventud robada…
Ellas tiemblan, gimen, cantan… Aquel coro nunca calla. Advertencia ignorada, cantan nuevas plañideras. Arrodilladas, apoyan sus mentones en las losas rotas, y la hiedra corroe sus mejillas hundidas.
Sus manos toman las tuyas. Te jalan despacio. Te esperaban
Te jalan despacio. Caes con ella.
Tus piernas atenazan tu cintura. Sus uñas se deslizan por tu espalda. Sientes la pulpa que carcome sus dedos, y se une a la pulpa que queda en tu espalda. Sientes su aliento, aquel perfume de rosas y de sangre reseca. El hierro en sus labios sabe, y se transmite a los tuyos. Sus ojos no ven… Te ven. Sientes su mirada presionar en sus pupilas. Sus uñas recorren lentamente tu cuello.
Sus dientes… Sus dientes aún cenan la pulpa de las que callan.
Las sábanas… El lecho… La bañera… Todo ahora está manchado. No lo viste, ¿verdad? No lo quise ver. Todo. Su cuerpo reluce, blanco y manchado, cubierto por la capa de barro y sangre corrupta. Aquel sueño profano, aquel lecho de fuego… ¿O de hielo?
No. Debiste irte. Ella está despierta…
Sus labios dejan en los tuyos los rostros y la piel, los pellejos vacíos, y las gotas de esencia que hace tanto tiempo robó. Ella sigue acá. No se fue…
Te esperaba.
Sus labios beben de ti….
Se embriaga. Tu cuello palpita, aquella la excita. Lentamente se embriaga… Aprovecha, es el momento. Ha esperado tanto tiempo.
Las doncellas de hierro rodean la habitación. Ellas danzan, y cantan despacio. Debiste acompañarlas y yacer con ellas.  Son cómodas, ¿verdad? El hierro sigue fuerte, y no se ha rendido.
El lecho es de hierro… ¿Las sientes?
Sus manos recorren tu espalda. Sus piernas se hunden en tus mejillas abiertas. Sus manos buscan, y hallan, y siguen buscando. Buscan y recorren. Rebuscan y huyen. Y vuelven.
Ella te esperaba.
La doncella de hierro lentamente se cierra.
Sus suspiros… Gime. Ríe con suavidad y elegancia. Besas sus labios. Te siento. ¿Me esperabas? He venido. Dulce Erzsébet… Beso tus labios, o lo que queda de ello. Deshago los nudos. Me embriago en el perfume, en aquel tenue olor de metal y putrefacción. Siento el aroma de ceniza y serrín. Sus mordidas recorren mi cuello, se hunden en mi espalda, suavizan mis brazos. Siento su deseo. Ella está allí. ¿Sientes la melodía, tan agria y tan suave, que se desprende lentamente en sus labios y sus párpados rotos y quemados?
Descanso en tu hierro… Es nuestro lecho, ¿verdad? Aquí me esperabas.
Ellas tiemblan, y callan. Las voces se apagan. La piedra recuerda, el polvo se esparce. Ya no importa. Ella sigue, ella despierta. Ellas callan. Guardan sus harapos, sus pellejos usados y el polvo seco quedó en sus venas.
Ella descansa, empapada. Se empapa en la sangre reseca. Se empapa en tu cuerpo y se empapa en tu esencia. Su hambre no acaba… Nunca, ¿verdad?
Las mantas se deshacen, la piel no resiste tanto. La doncella de hierro siempre se cierra. Aquella cadencia, aquel latido, poco a poco resuena entre las paredes húmedas y aromáticas. Los pechos desmembrados cubren las blancas plumas de las frágiles almohadas.
Ella sonríe. Sonríe, tan coqueta. El sol ya sale, reluce su belleza. La siento. Ella renace. Ella me espera, y espera. Nadie dice que no a la condesa.
Descansa, Erzsébet, mi dulce condesa…
¿Me esperabas a mí? ¿A quién esperabas? Dímelo. ¡Dímelo!
¿Qué haces? No. No te atrevas.
No. No lo hagas.
¿Qué haces?
Abre el sarcófago. ¡Abre! ¡Abre la puerta!
No. No te vayas. No.
¡No! ¡Para!

No lo hagas…

miércoles, 21 de mayo de 2014

¿Regresarás?

¿Regresarás?
Podría preguntarte…
¿Hallaré tu respuesta
En las sábanas que dejaste?
Quizás. No lo sé.
Si regresas…
Y no lo harás.
Si regresas,
Que se escondan mis versos…
Se postran en tus labios,
Recorren tus pestañas;
Buscan morir
En tu suave mirada.
¿Qué más? No hay nada que decir.
Me basta.
Mi tumba.
Por favor, déjame.
Solamente te pido
Mi tumba en tu mirada.

Decides.

Callan las noches,
Las mías, y las tuyas…
El muro que se esconde
Organiza la zanja,
Los osarios,
Mi vida.
Callan las noches
Se desliza mi sangre
En lágrimas, pupilas,
¿Y rosas?
¿Callas las nomeolvides?

En tus manos los pétalos
Declaman los olvidos
Y ocultan los recuerdos.
Se esfuman.
Quedan rosas…

¿Me escuchas?
Se hace difícil…
¿Me escuchas,
O rasgarás los pétalos
Que quedaron de mi voz?
¿Estás de acuerdo?
Verás que es simple.
Quiébralo.
¡Quiébrame!
Fragmenta mi mirada,
Mientras desmenuzo mis párpados;
Cesa mi cuerpo,
Desharé lo callado….
¿Lo escucharás?
No lo creo.
Eres libre.

Aplicas la cesura
Entre mis besos y tu cuerpo;
Me estanco.
Me ahogo.
¿Lo escucharás?
Mis uñas las perdí
En el dique de mármol.
No lo escuchaste.
No lo harás.
¿Se esconderán los pétalos?
Los hallarás.
No irán mis versos.

Si ambas noches callarán,
Y la Luna se oculta,
No quedarán testigos…
¿Desatas mis recuerdos?
¿Entierras mis palabras?
¿Escondes mis anhelos?
No quedarán testigos.
Toma, deja.

Tú lo decides.

En un rincón, quizás...

Escribo en tus párpados vacíos,
Huyes…
Pongo mi cabeza sobre el tocón,
Calla la madera,
Rugen las palabras.
Huyes,
Desbaratas mi silencio,
Hundes mis versos en mis mejillas,
Clavas mis manos en la ceniza.

Huyes…
Mi cuello palpita…
¡Termina el trabajo!
Mi cuerpo se desvanece,
Caen mis palabras.
Y lloro… ¿lo sabes?
¿Quién sabe? Quizás…
Quizás te voltees,
Claves tu pupila
En mi frente.
Quizás recuerdes, y calles;
Entiérrame
En campo de cuervos
Y nomeolvides marchitas…
Allí pertenezco.

¡Huye!
Mis manos se arrastran,
Buscan tus mejillas,
Tus labios de terciopelo
Y el perfume en tu mirada;
¡Huye!
Hunde mi destino
Y libera el tuyo.
¡Huye!
Mi cuerpo es vacío,
Mis versos insulsos,
Mi mirada caótica…
Un niño, un loco…
¡Huye!
Si te quedas
Mi esencia se esconderá
En un rincón olvidado
De tus suelas desgastadas;
Aferrado,
Encadenado, y sonriente…
Te elije, te busca;
Te halla, se acaba,
Que mi tumba quede
En un rincón de tus labios…

Huye.
Abandona mi rincón…
Quedaré escondido
En la funda de tu almohada,
Alguna vieja costura;
Quizás en tu cubrecama…
Huye…
Tú puedes. Lo debes.
Intentaré quedarme callado.
Ni un respiro…
Y nunca sabrás
Que mi cadáver se encuentra

En la suela gastada de tu zapato.

lunes, 19 de mayo de 2014

Un hermoso viaje, ¿no crees?

Ellos se sentarán en el suelo. Si puedo, me sentaré con ellos. Quizás no pueda. Quizás tenga que sentarme en un sillón. O quizás no tengo que levantarme, me quedaré sentado y me acercarán al pequeño rincón. Ellos me mirarán, con aquellos ojitos deslumbrados, con aquel asombro, y aquella expectativa que pueden tener. Entonces, comenzará aquel coro, que muchos hemos dicho, y que muchos hemos vivido. Preguntarán, y preguntarán. Lo más probable es que la mesa todavía esté ocupada, así que tendremos que ir al rincón de todas maneras. Lo mejor será si se sientan en semicírculo, o quizás en un círculo completo alrededor de mi sillón. Me mirarán. Yo los miraré despacio. Muy tranquilo. Les responderé con una larga sonrisa, a la que trataré de dar un toque misterioso. Para hacerlos reír, bajaré mis lentes a la punta de mi nariz y los miraré por encima de las lunas transparentes.  Estoy seguro que se reirán, y yo me reiré, contagiado por sus risas cantarinas. Tan inocentes, tan pequeños. Les diré que se acerquen, para poder quitarme los lentes, y observarlos sin usar un cristal, para estar más cerca de ellos. Y comenzaré a contarles.
Les contaré de cómo era tu sonrisa. Les contaré de cómo llegabas tarde a las clases de inglés, y yo te veía entrar corriendo, desde la ventana del cuarto piso. Les contaré cómo me decía: “Ay esta chica, siempre llegar tarde…” Les contaré como, el último día de aquel ciclo, no había hecho nada (claro, diciendo en voz alta que no deben seguir ese ejemplo, que deben estudiar y no andar distraídos escribiendo poemillas) y tenía que presentar mi proyecto en clase, lo cuál sería la nota final. Les contaré cómo me uní a tu grupo, e improvisamos (y para dar la moraleja, les diré que el profesor se dio cuenta y que, al menos yo, pasé con las justas).
Y les contaré, riendo, de nuestras salidas cada estación, en las que llegabas muy tarde. Muy muy tarde (recibiré en pellizcón con una sonrisa de resignado, lo que hará que se rían aún más). Les contaré de mi fiesta de graduación, dónde espere al amanecer para decirte todo. Se reirán de nuevo, y harán comentarios quizás algo irónicos. Quizás se sonrojen algunos, y tengan aquellas risas inocentes de los niños, cuando tomar de la mano ya es una hazaña enorme. Pero seguirán atentos, escuchándonos.
Entonces, después les cantaré algunas de las canciones que cantábamos en nuestras batallas de quién lograba la canción más triste. Espero que mi voz siga estando buena para aquella época. Les contaré como era mi voz, y les hablaré de la relación que tuve con el cuervo.
Se reíran, me reiré. Si tengo fuerzas para ello, me echaré con ellos. Jugaremos a las cosquillas, y me reiré hasta que me salgan lágrimas.
Entonces te miraré a los ojos.
Algo me dice que estarán brillantes. Tendrás aquella sonrisa, aquella sonrisa que nunca ha cambiado, en la que tus ojos rasgados se unen despacio. Tu nariz se arruga un poco, y dan ganas de besarte. Durante el relato, harás mil y un muecas. Como tú misma dices, yo seré el débil, ya que lo más probable es que bote alguna lagrimita mientras les cuento ello. Tú cargarás a alguno, y le acariciarás los cabellos. Seguramente te opondrás férreamente a las acusaciones de tardanza. Contarás y hablarás seguramente sobre mi panza.  Quizás me des un beso, lo que hará que los pequeños se retuerzan, aunque quizás las pequeñas suspiren. Tus labios seguirán siendo igual de dulces, aunque quizás un poco arrugados. No me importa. Siempre serán tus labios, y míos. Los besaré despacio, ya que ahora serán más frágiles. Pero no dejaré de besarlos.
Quizás en algún momento te volveré a cantar alguna de las canciones que te he dedicado. Te besaré la mano, la acariciaré. Te miraré a los ojos. Y como siempre, mirarás a ambos lados, y luego hacia abajo. Aunque los pequeños me digan topo, no podrás sostener mi mirada con tus suaves ojos rasgados.
Luego, los dejaremos jugar. Me darás tu mano, y sonreiremos. Quizás el día siguiente sea el último. Habremos vivido una gran aventura, ¿verdad? Tu mano en la mía, tus besos los míos, tu cuerpo a mi lado. Observaré tus palabras y las hilaré en mi cuello. Si te vas, te vas conmigo. Iremos juntos, y nos darán las llaves del paraíso y del infierno. Creo que escogeremos el segundo. No necesitarás bastón, para algo estarán mis brazos.
Tomados de la mano, escuchando un suspiro. Escuchando las risas. Escuchando las conversaciones de la mesa, con voces de adultos que hemos visto crecer. Todos juntos
Tomados de la mano, con sonrisas y rodeados de risas. Juntos.

Será un hermoso viaje, ¿no crees?

jueves, 15 de mayo de 2014

Nostalgia y oscuridad

Cuando te enojas, siempre frunces el ceño de aquella manera. No sabría cómo describirla. Tus cejas contorsionan, y forman diferentes figuras, cómo ideogramas cambiantes y palpitantes. He tratado muchas veces de describirlo, pero no puedo. Es imposible hallar las palabras exactas. Puedo escuchar tu voz tranquilamente por el teléfono e imaginar tu rostro a la perfección. Pero describirlo… No, sería casi un sacrilegio. No podría hallar la manera aquella peculiar manera que tienes de fruncir el ceño. Aquella mirada que pones. Es cómo que tratarás de alguna rara manera de… No sé… Una mirada exasperada, y aburrida, y a la vez tan tierna… Una mirada que me hace temblar, y a la vez despierta el deseo de comerte a besos. Aquella mirada puedo verla, sin verte en este momento. No estás, pero veo perfectamente aquella mirada. Aquella expresión. Cómo ponías la boca, cómo arrugabas tu frente, los pequeños pliegos que se formaban en tus ojos… Todo.
En esos momentos, puedes llegar a colgar el teléfono diez veces seguidas sin tener piedad.  Tu voz es una navaja afilada, helada, que corta sin piedad… Es interesante. No sabría tampoco describir cuanto puede llegar a doler. Pero ahora… Daría tanto por sentirlo.
Si pudiera… Tomaría de nuevo tus labios apretados, en aquel gesto de enojo y exasperación, y los besaría lentamente. Aspiraría de nuevo tu aroma, aquel perfume tuyo que sólo podría calificar de tuyo…
Cuando fruncías el ceño, mi mente temblaba. Ahora, tiemblo por volver a ver aquello. Por volver a ver tus ojos, con aquella chispa amenazante y aquel cansancio… Que cuelgues diez, quince, veinte veces, y poder seguir intentando llamarte. Poder arrodillarme a tus pies, y tomar tu mano… Besarla… Besar especialmente cualquier pequeña herida que pudieras haberte hecho por la astilla de una mesa vacía o alguna imperfección en la pizarra.  Era muy interesante ver como tus ojos rasgados se abrían, y se transformaban en perlas redondas y frías, llenas de hielo.
Y volverte a llamar… Escuchar tu voz cansada. Que me digas que no deseas hablar. Que me digas que te deje en paz. Que me digas que no, que no querías hablar. Escucharte colgar… Volver a llamar. Volver a llamar. No contestas. Vuelvo a llamar… Contestas y cuelgas… Vuelvo a llamar…
Todo un ritual, un ciclo…
Lo extraño.
Es tan tuyo…
Aquella manera tan elegante de enojarte… Aquella manera de estresarte, de enervarte por que no podía contentarme con colgar y nada más. Como rechinabas los dientes ya que seguía llamando…
He leído muchos poemas que hablan de cuanto se puede extrañar un beso…
Es cierto, extraño tus besos. Extraño sentir tus labios contra los míos, y sentir tu aliento en mi boca. Sentir la suavidad, y a veces las pequeñas costras por que tenías la manía de morderte los labios. Era algo contra lo que siempre combatí, ¿recuerdas? Habían momentos en que tus labios te dolían tanto que nuestros besos debían ser tan breves como un suspiro.  Y yo quería seguir besándote, pero me empujabas con tu brusca suavidad, y me decía que te dolía. Y ponías esa expresión, empequeñeciendo tus ojos rasgados y juntando tus labios. Aquella expresión… ¿Cómo no derretirme con ella? No sé, sé que no doy ni la más mínima idea, pero créanme, si trato de describirla sería una pérdida de tiempo, no puedo hacerlo.
Recuerdo también, cuando te miraba a los ojos… Siempre aquella secuencia. Primero mirabas hacia un lado, luego hacia el otro. Volvías a mirarme a los ojos. Mirabas hacia abajo y ponía una rara sonrisa, y luego volvías a mirar a cada lado. Entonces volvías a mirarme, y si seguía mirándote volteabas totalmente la cabeza, o ponías una sonrisa invertida mostrando tus pequeños dientes.  Era  a la vez gracioso y tierno.
Es tan fácil hablar de todas estas cosas. Tengo tu imagen conmigo. Sé que no puedo describirla, y quién lea esto tomará este texto cómo algo poco sustentado, soso, y vacío. ¿Pero qué puedo hacer? ¿De dónde podría sacar las palabras para describir todo ello? ¿De qué manera puedo tomar todo ello, y ponerlo en un verso, en una frase, en un papel? Lo único que logro decir es que es tuyo, que es algo tuyo. Y lo extraño…
¿Cómo puedo borrar de mí aquella manera que tenía para enojarte? O la manera que tenía de darme órdenes… Solía ser muy mandona.  Era algo que se notaba en tu voz, desde la primera impresión. Aquello podía ser enervante. A veces lo era, y llegué a molestarme. Ahora… Ahora lo extraño. Lo extraño y mucho.
Purgatorio sin tu mirada. Escogería el infierno, si pudiera petrificarme en los oscuros dominios y dejar que mi alma se consuma… Si pudiera quebrantarme en pedazos rotos de mármol vencido, y sustraer clavos que cieguen mis párpados. No me queda mucho, no me queda nada. Tu rostro se halla en los rincones de dolor, y en las sonrisas que ya no puedo usar. Mi cuerpo se retuerce, mis palabras se vencen, y me desgarran.
Lo extraño. Me hace falta. Me haces falta. Cada detalle, cada uno.  Todo ello, eras tú. Todo ello, y todo ello era mío. Y ya no estás.
Tu voz no se escucha, no hay susurros y sonrisas, no hay risas cantarinas y melódicas. Las notas no se sostienen, no hallan la manera de encajar pues las escalas se hunden en un laberinto oscuro. Tu voz se apaga, y todo se hunde. Me hundo.
Escribo un cementerio de versos, y un sarcófago de recuerdos. Es lo que me queda. Recojo los clavos, y el hilo, y coso lentamente mis párpados. Hundo los cristales en mis ojos, y coso también mi boca. ¿Qué me queda?
Cuando te enojabas, colgabas mil veces el teléfono. Fruncías el ceño, y tu labios desaparecían en una línea recta y uniforme. Pero eras tú. Estabas allí. Podía escucharte. Podía sentirte en aquel enojo, y podía saber que estabas allí. Respirabas, mirabas, pensabas, actuabas. Estabas allí
Ahora, ¿dónde estás?
¿He de ir al cielo, abriendo un camino de ángeles ensangrentados con alas despellejadas y cuellos abiertos?
¿He de ir al infierno, invitado por Hades y Satán,  montado en una barca solitaria mientras busco en el agua sin cristal tu reflejo?
¿Dónde estás?
SI pudiera ver tu ceño fruncido, y las pequeñas arrugas que danzaban en tu frente….
Si pudiera escuchar los carajos que decía, y los carajos que dijiste…
Si pudiera escuchar tu frío sarcasmo, y cada gramo de ti en la escarcha que besaba….
¿Dónde estás?
Todo ello es tuyo, todo ello eras tú. Todo formaba parte de la definición, todo se acotaba a ti. Todo.
Todo era tú, y ahora no estás.
¿Dónde estarás?
Parte de ti, y parte de mí.
Todo ello es tuyo. Y cada tuyo, es mío; cada tuyo, cada tuyo es lo que amo y amé.
Besaría tus cenizas, y las tomaría entre mis brazos. Las acunaría, y cantaría los versos que nunca te dije, debido a que no los mereces. Pero no tengo más, y necesito dártelos.

Todo ello es tuyo.

viernes, 9 de mayo de 2014

La lluvia no cae

Las hojas caen, muy despacio.
Arrodillado.
¿Qué me queda?
Las piedras cada vez se hacen más cálidas. La escarcha que cubre mis hombros, el silencio que arropa mis mejillas, las palabras que se ahogan en mis ojos…
Las gotas caen, y recorren despacio, marcando caminos y cerrando laberintos…. Recorren las mejillas heladas. 
Los cuerpos se amontonan en la fosa común. Las sonrisas petrificadas, las risas congeladas que nunca podrán escapar en busca de monstruos y querubines. No les queda mucho. Poco a poco, el polvo se esparce.
Un funeral de nomeolvides marchitas, un huerto de rosas afiladas que plagan los caminos y ahuyentan los silencios.  Las espinas penetran la carne. Disfraz de pétalos azules, que cae en pedazos dejando ver…
¿Qué veo? ¿Qué puedo ver? Las esquinas se cierran, las puertas se cierran, los pasos se derrumban. La nieve cae y oculta el sendero, y el hielo corta hasta el cuero más endurecido. Las palabras se unen y desunen, los rostros se hacen nada y la nada escribe una historia que dudan en leer.
Sus ojos cerrados. La lluvia cae. Las hojas caen, vestidas de cristal.  Caen en los pequeños riachuelos y poco a poco descienden. Un agujero se extingue y se inicia, se hunde y se escava. Los fragmentos rotos poco a poco van abriendo un camino, buscando el origen del tambor enloquecido.  El fuego se abre paso, y cual herrero infinito alista las ávidas navajas.  El veneno y la ponzoña, la sangre oscurecida y putrefacta, se unen en una danza rota, una danza maltrecha que cojea y busca alternativas.
Arrodillado, y aferrado a un pecio. ¿Se hundirá? Sus manos heladas, entumecidas… Sus uñas ennegrecidas, sus yemas pérdidas. ¿Podría existir? ¿Podría quedar algún naufragio sin ahogamiento? ¿Podría quedar algún frágil barquillo, que permita capear la tempestad?
Un círculo. ¿Sabes dónde empieza? Pone la punta del compás en el centro, e inicias el recorrido. ¿Termina? No lo sabes. Quizás podrías decirlo, pero en realidad no podrías definirlo.
Sí, lo sabes. Ya no tengo versos. Mis versos son las cenizas que cremé y adherí a mis párpados, mientras los fragmentos de cristal penetraban mis nudillos.  Y las lágrimas pesan lo que pesa una eternidad posible rota y modificada, disminuida y mancillada. Agoniza, y busca un respiro…
El niño descansaba en sus faldas. Ella lo acariciaba. Deslizaba lentamente sus yemas por su frente. Sus ojos brillaban. Aquella sonrisa iniciaba un crescendo de melodías sublimes y santuarios de perfecciones ocultas e inaccesibles. Su sonrisa…
Y la daga penetraba fácilmente la carne blanda. Se hundía, mordía, desgarraba, buscando en silencio los recuerdos y el ritmo. Devoraba los silencios, devoraba las notas, y plagaba de palabras sin sentido los órganos desfallecientes.
Y seguías cantando aquella canción de cuna. Tu mano recorría las heridas abiertas…  Las piernas no respondían, pero podía apartarse… La sonrisa. La sonrisa seguía allí. Una canción de cuna abierta en un libro de multiplicidades en colores y sonidos, sabores y recuerdos formando un prisma de perfección e imperfección perfectas.  Las notas proseguían., con hábitos ensangrentados, azuzando las mandíbulas heladas de los canes del Purgatorio y susurrando oraciones de buenas noches en los pequeños oídos agonizantes.
Su cuerpo ya no respondía. Arrodillado, en un charco de emociones vacuas y vacías, hundidas en hiel, y una canción descompuesta en notas desiguales y tritonos disparejos. Una harmonía deshecha, un nudo cortado, un silencio en quebrantos, y un lamento matutino.  Notas oscurecidas, voces corrompidas… Pero aun así, en sollozos y huesos rotos, en alas deshojadas y plumas quemadas, en rodillas ensangrentadas y estigmatizadas… Corría al encuentro.
Las hojas caen. Caen despacio, y la canción de cuna se eleva en oraciones fúnebres…
La lluvia ha cesado. Los ojos se abren, las miradas se cierran. La lluvia no cae, y el tapiz de nomeolvides lentamente se ahoga en la sequedad de palabras vanas. No queda mucho.
¿Por qué?
Alejas la lluvia.
¿Olvidaste las canciones enlazadas en la lluvia?
El niño se hunde, buscando las últimas gotas que se pierden en el jardín seco. Las palabras se deshojan, las alas se quiebran…
Ángel y desierto… Eternidad… ¿Eternidad? ¿Qué hiciste de ella?
¿Qué hiciste de la lluvia?
¿Qué hiciste de nuestra lluvia?
Las hojas caen. La lluvia las olvida.
Olvidados por la lluvia….
¿Por qué?
¿Por qué?

La lluvia no cae.

jueves, 8 de mayo de 2014

Cascabeles

Ahora podía escucharlo.
Su piel se escarapelaba. La nieve de un verano, el cielo entumecido… Las palabras que se ahogan en tu almohada.
 Aquel rocío… Aquel rocío que empapaba el cubrecama…  No lo pensó en un principio. Pero ahora, era diferente. Debía serlo.  Tenía que serlo. Y si no lo era, de todas maneras estaba segura que dentro de aquellas puertas rectangulares y cuadrangulares  y lógicamente llenas de ángulos rectos debía haber algún tipo de artefacto que permitiese cuantificar y explicar silogísticamente todo ello.
Pero, ahora podía escucharlo. Aquello no se hallaba presupuesto entre las numerosas variables mencionadas en aquel cuaderno (al que se negaba a llamar diario y dónde nunca escribía en primera persona), lo que originaba un desliz dentro de aquel sistema.  Era algo que en un principio podía haber sido designado y descartaba, para evitar futuras complicaciones, pero algún obstáculo debió haber desviado su atención, lo que explicaba que ahora seguía allí. Claro, que decía algún obstáculo debido a que errare humanum est , y no había identificado aquel factor desconocido, o quizás simplemente olvidado.
Aquello, por explicación consecuente, era bastante imposible, por lo que no era real y entonces se podía concluir el origen de aquello en un sueño, o quizás algún momento de cansancio fuerte.
Su piel se escarapelaba. La ventana se había quedado abierta.  El soplo de aire frío recorría sus piernas. Aquello no era precisamente desagradable, pero tampoco era la mejor manera de descansar. Quería levantarse para cerrar la ventana.
Aquello… ¿Qué era aquello?
Aquello no podía ser. Era improbable, injustificable.
Se reía. ¿Por qué? ¿Qué sucede? Aquello era muy gracioso. Tantas palabras, tantas frases compuestas, tantos adjetivos rebuscados. Tanto…
¿Realmente necesario?
¿Qué dices? Por supuesto, aquello no era nada que fuera innecesario. Era sencillamente parte de un proceso.
Ser reía. Aquello era enervante. Pero… era… ¿Cómo decirlo?  Aquella risa… Aquella risa era…
No, no hay palabras. O seguramente las hay, pero no son… justificables. Debe haber alguna manera de poder cuantificar aquella sonrisa. Podríamos definirla con una medida específica y hallar un patrón de convertibilidad en otras unidades. Aquello podía tomar un tiempo, pero no era un proceso complicado.
De nuevo se reía. ¿Realmente necesario? Podías mencionar la nieve, aquella nieve que conociste en el último viaje.
Podías también hablar de las rosas, aquello era extremadamente común y era simple. Es más, existía la metáfora de las espinas, del rojo, el simbolismo, etc… Era sencillo.
Podías también hablar de aquellas florecillas, ¿recuerdas? Aquel cuento que leíste… Si, ha pasado bastante tiempo… Aquellas florecillas azules.
Pero, estamos hablando de risa. Ello incluye un sonido… Un sonido… ¿Pero cómo definirlo?
Sería sencillo aplicar alguna comparación. ¿Realmente necesario tanto? No.
Se reía. No podía hallar ello. Aquello era… desconcertante. Aquella risa… Aquel respiro. Era parecido a algo… A algo que he escuchado en algún momento…
Sus ojos… Recuerdo aquellas lagunas profundas, aquellas cumbres borrascosas que originaban caminos de silencio y penitencia… Aquellas palabras que se ocultaban en las palabras mismas…
¿Que era ello?
Sus ojos… Sus labios. Las rosas que mencionó no le harían justicia. En la mañana, me encontré con un predicador, hablando sobre las llamas del infierno. El infierno, el castigo eterno, dónde se quemaban por la eternidad. Tus labios, un fuego rojo e intenso, y eterno… ¿Podría ser la comparación correcta? ¿Cómo saberlo? Aquello era tan extraño…
Podía ser también… No sé. Algo debe haber. Algo que pueda hallarse. Algo… ¿La jalea de fresas? ¡Fresa! Exactamente. Aunque… aquello era muy simple. Incluso, solamente eran dos sílabas. ¿Cómo completarlas? No. No podría.
La risa… La sonrisa. La sonrisa… el sol. No, el sol quemaba. La luna. ¿La Luna? Claro. No sería el primero, pero era bastante exacto…
La risa…
La risa…
Esto es extenuante. Realmente no lo entiendo.
¿Cómo?
¿Cómo se hace?
Te ríes. Siempre te ríes. ¿Por qué lo haces? Me enerva. No puedo con ello, no hay manera. Ya, ya sé, seguramente podrían decirlo de mil y un maneras. No lo sé.
¿Cantarina? No, eso es un adjetivo…
¿Graciosa? Lo es, lo es… pero no, no es convincente, y no se adapta al todo.
¿Qué puede ser?
No lo sé…

Te ríes.

sábado, 3 de mayo de 2014

No estás. Estás.

Pasa el tiempo…
¿Es posible acostumbrarse a un vacío?
¿Es posible mirar en una mesa, una silla vacía, un recuerdo?
¿Es posible quemar un individual que sobra, retirar un par de cubiertos, y dejarlos empolvarse en el cajón?
Preguntas: ¿Cuántos cubiertos debo poner hoy?
Te responden: Ya lo sabes.
¿Lo sabes? No. Nunca podrías saberlo. O quizás si lo sabes, pero no es algo que consideres real.
¿Tiempo? Los días pasan. Las horas corren. Los minutos se acaban y los segundos expiran. ¿Qué más da?
Nada lo devuelve.
Retiras la silla, y la pones a un lado. Apilas libros, cuadernos… Dejas allí tu mochila vieja y rota, empolvándose.  Dejas allí los trastos, a veces las bolsas con las compras del supermercado. El tapete de la silla puede gastarse, y quizás no compres otro.  Puede astillarse la madera, o llenarse de herrumbre el metal. Pero, ¿botarás la silla?
No estás.
Puedo esconder la silla en el sótano.  Puedo dejarla detrás de una cocina malograda, detrás de una tela vieja y llena de agujeros, bajo un plástico gris, entre bolsas del supermercado. Puedo olvidar comprar una bombilla nueva, y dejarlo todo a oscuras….
No está. No estará.
Y está.
La silla, la dejé en mi cuarto. Reemplacé el tapete, volví a pulir la madera.  No tengo mesa en mi cuarto, y el escritorio ya tiene su silla. Pero, está allí. Al lado de la mesa de noche.
Estás.
Me acuesto, como todas las noches. Y la silla está allí. Nunca fue muy cómoda, ¿verdad?  Si, ya lo sé. Pero el tapete es bonito. Ya sé que detestabas esos colores. Pero recuerdas, ¿aquella mancha de café que dejaste? Estabas riéndote, y se te derramó. Estaba muy caliente, y casi gritaste. O, ¿te acuerdas, aquella vez? Se me cayó la mantequilla, y dejó una mancha de grasa. Recuerdo como gritaste. Te gustaba el orden.
Tú me dijiste. Me dijiste que no cambie nada. Me dijiste que cuando vuelvas, ibas a estar muy furiosa si había cambiado algo.
Estás.
¿Ves? No he cambiado nada. Sigue allí. ¿Segura que no quieres que compre un tapete nuevo, o alguna cosilla para adornarla? ¿Podría comprarte otra silla? Ya sé, ya sé que esta te gusta.  Sólo te preguntaba. Lo siento, está bien. No te preocupes. No, no lo haré.
Estás. Siempre estás.
Recuerdo las palabras que decían. Una manera muy graciosa de decirlo, ¿verdad? Como si te hubieras tomado vacaciones, y no nos hubieras invitado. Jajajaja. Siempre nos llevabas. Pero bueno, supongo que no podíamos ir está vez. Pero, lo bueno es que estás acá. ¡Te lo dije ¡ No iba a cambiar tu silla. La tengo bien guardada. Todos los días, hago lo que me enseñaste. La tengo bien limpia. Sé que puede causarte muchos estornudos el polvo. La tengo acá.
Bueno, debo ir a hacer mis tareas. ¿Me acompañas? Sí. Llevaré la silla. No, no te preocupes. No tienes que cargarla.  Yo la llevo. No, no es mucho peso. Yo la llevo. Son sólo unas escaleras. Está bien, me pondré zapatillas. Tengo frío. 
Vamos. La escalera está tan larga. Tranquila, si puedo. No sé por qué se mueve tanto. No, no, no se me va a caer. No, no, no me voy a caer. Vamos. Ya casi llegamos.
Tengo frío.
Estás. ¿Me ayudas? No entiendo que debo hacer. ¿Debo hacer círculo o marcar con una “X”?
Hace mucho frío. El lapicero pesa.
Gracias. No me había dado cuenta que me estaba equivocando tanto en esa parte. Sí, ya lo borro.
Estás.
Tengo frío.
Sí. Se siente muy bien. ¿Por qué no querías venir? Ya ves, ahora si hago mis tareas. Todo está listo. ¿Viste mi cuarto? No hay ropa bajo la cama. No hay nada en el closet. No, no he llevado comida. Sí, gracias.
Tengo frío. Se siente muy bien. ¿No tienes frío?
¿Vamos?
Sí. Vamos a viajar.

Vamos.