Fiach Dubh

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martes, 15 de abril de 2014

Un adiós obligado e intencional

Dejó el lapicero a un costado.

Se dejó caer sobre el respaldar de la silla de metal. Cerró los ojos por unos minutos, mientras torcía su cuello, ansiosos de escuchar aquellos deliciosos crujidos.  Su rostro era diferente…
Suspiró muy despacio,  vaciándose lentamente. No quedaba mucho tiempo. Pronto llegará el amanecer. Se acercó de nuevo al escritorio, tanteando entre la multitud de hojas y garabatos olvidados. No estaba allí. Se inclinó despacio, casi de mal humor, y tanteo debajo de su silla y debajo del escritorio. No había nada.
Se apoyó de nuevo contra el respaldar de su silla. No era la primera vez que pasaba. Supongo que suele suceder a las personas desordenadas como yo. Tendría que recomenzar de nuevo y seguir trabajando en ello. No quedaba mucho tiempo,  quizás un par de horas que aprovechar. Estaba muy cansado. Le dolían los ojos, y sentía que el efecto del café ya no estaba ayudándole mucho. Quizás debería prepararse otra jarra… Ah no… Espera… Ya se acabó, ¿verdad? Si, si recuerdo. Solté una serie de maldiciones cuando me di cuenta de ello. Justo hoy tenía que sucederle ello… Justo hoy…

Bueno, debo proseguir.

A ella no le gustó que me enojara de aquella manera. No le gusta verme enojado. Es más, detesta verme fruncir el ceño. Mi enojo desencadena aquella tormenta silenciosa que puede llegar a poseerla. Sus ojos se oscurecen, sus mejillas pierden el rubor, y sus labios desaparecen en una pequeña línea desteñida, que lentamente se vacía en la blancura de su piel. Recuerdo la primera vez que lo entendí… Debo de tratar de evitarlo, pero esta vez no pude controlarme a tiempo…

Debo proseguir con esto. Su voz se está apagando, cada vez más rápido. Aquellos susurros se extinguen, diluidos en la retirada de la oscuridad, que deja su paso a los rayos dorados. Aquello era realmente deprimente.
Debo proseguir.
Retomó el lapicero, y sacó una hoja nueva de su escritorio. Continuó entonces escribiendo. O bueno, recomenzó a escribir. Pero, se detuvo al instante.
¿Qué debo escribir?
¿Debo recomenzar?
¿Debe seguir desde el último párrafo, o se quedó en la oración que comenzaba con “lágrimas rotas”?
Aquello… No, no, no me quedé allí.
Creo que me quedé en “recuerdos”.
No, no, me quedé en “su sonrisa”. Sí, creo que sí, me quedé en su sonrisa, y en la siguiente línea estaban “agonía”, y “mi muerte”. Creo que sí, aunque no rimaban de manera contundente…. Pero bueno, creo que me quedé allí. Sí, estoy casi seguro.
Vuelve a escribir su sonrisa. Aquello era muy complicado, ya que todas aquellas pequeñas piezas estaban finamente detalladas, y debían encajar a la perfección. Aquel mosaico era casi infinito, lleno de esencias y respiros, y bañado en una ligera capa se suspiros. No podía sobrepasarse en ellos, ya que ello podía causar un exceso profundo que perturbaría el concepto final que buscaba desde hace un mes.
Quizás debería haber tomado algunas notas sobre ello, y haberlo puesto en post-its sobre la pared detrás del escritorio. Aquello hubiera podido ayudarme a proseguir, especialmente en esta situación. Ni si quiera podía aludir al hecho que no esperaba aquello, teniendo en cuenta el historial de experiencias pasadas. Aquello era sencillamente inaceptable.

Ella lo seguía observando, muy tranquila. Aquello no sabía que sería pero podía ser aquello que no sería y aquello que ella sería dentro de lo que no será. Explicándolo mejor, ella lo observaba muy atenta, y no lo interrumpía. Solamente dejaba que su mirada se paseara de la hoja a su mano, y de su mano a su rostro. Aquello era muy divertido para ella seguramente, ya que su sonrisa estaba inmóvil, plasmada sobre su rostro. Aquello era muy divertido.

Debía proseguir.
Prestó atención a los nuevos susurros. La pequeña voz estaba agonizando de nuevo. Aquello era tan desesperante. Deseaba poder tomar aquellos labios y fragmentarlos en una copa rota, y bañarse en la sangre que cayera de sus venas mientras se inyectaba aquellos fragmentos de Luna.
La pequeña voz…
¿Cuándo comenzó?
Era una madrugaba muy tranquila. La ventana estaba abierta, y se levantó a cerrarla, pensando que seguramente aquello era el motivo. Pero no, aunque la cerró totalmente e hizo correr el pestillo, aquello no paró. Lo sentía muy cerca.
¿Qué hacer?
Escuchar. Fue lo único que se le ocurrió. De todas maneras, nada podía ser peor. ¿O sí? ¿Quién sabe? Ese tipo de cosas son difíciles de afirmar, teniendo en cuenta la subjetividad y las limitaciones que se hallaban y se hallan presentes.
Escuchó. Y lo supo.

Ella lo observaba, mientras su lapicero se quedaba inmóvil sobre la hoja de papel. Aquello era muy extraño. No podía parar. No debía parar. ¿Qué hacía? Debía seguir. Aquello debía seguir. Ella respiraba despacio, tratando de hallar alguna explicación a aquella pausa tan brusca, tan poco caballeresca y tan poco poética.
Debía proseguir.
Las gotas que perlaban su frente cayeron a lo largo de aquella hora. El seguía escribiendo, pero no continuaba.  ¿Qué sucedía?
Ella se acercó despacio, y puso su mano en su frente. Aparto despacio aquellas gotitas de sudor, y se puso a recorrer sus cabellos. Masajeó despacio sus hombros, y en un momento agudo dejo caer un beso sobre la parte trasera de su cuello. Su manos resbalaron por el rostro callado, y concentrado.
¿Gotas?
¿Fragmentos de cristal?
No.
No podía ser.
No eran lágrimas. No podían ser lágrimas.
¿Lágrimas? Ella estaba allí…
Se apretó contra su espalda, esperando a que él se voltee para besar sus labios, y acariciar su pecho.
¿Lágrimas? ¿Por qué no volteas?
Apoyó sus senos contra el cuello rígido, y escribió despacio una línea con su pezón derecho.  Pero no se inmutó.
¿Por qué?
¿Qué sucede?

Aquello era deprimente. No, no podía seguir escribiendo aquellos versos. No podía seguir escuchando.
Estoy cansado.
Mis ojos me arden, y se nublan muy despacio. Siento que ellas caen, y creo que las retuve por mucho tiempo. Es momento de que partan.
Es momento de que acabe.

Ella apoyaba sus senos sobre su cuello. Escribía despacio una línea de fuego con su pezón derecho. Aquella línea sonaba mucho mejor así. Debía seguir.
Ella besaba de nuevo su cuello, y proseguía por su columna vertebral.
Aquello no era demasiado bello, pero podía servir.
Ella lo miraba, y escuchaba su respiración agitada. Aquello no podía ser. ¿Qué sucede? ¿Por qué? ¿Qué está haciendo?
Ella se preguntaba muchas cosas. Debo proseguir. O bueno, debo proseguir la interrupción al progreso de aquellos versos repetidos.
Ella no comprendía aquello. ¿Qué estaba haciendo?

Sintió una lágrima que descendía por su nariz, y la vio estrellarse contra la hoja de papel. Aquellos pequeños charcos causaban pequeños borrones en la tinta. Ya después lo corregiré. Queda muy poco tiempo. No debo detenerme.

Ella no comprendía…
¿Por qué ahora?
¿Qué había hecho? Nada. O todo. Todo lo que puedo. Todo lo escrito, todo lo oculto. Todo lo soñado y lo ignorado.
¿Por qué?
Lágrimas… Lágrimas…
¿Por qué? Ella estaba allí. No llegaba a comprender aquellas pequeñas cristalinas que descendían por sus mejillas. Quería besarlas. Pero… aquello estaba tan lejos…
¡Tan lejos! No podía ser… ¿Tan lejos? Aquello era demasiado. No podía ser lejos. Sentía su hombro bajo su mentón. ¿O no?

Aquello era agotador.
Debo proseguir. No puede detenerme. La escucho. Puedo escucharla. Puedo escuchar aquellos gemidos entrecortados, silenciosos. Aquellas preguntas que se arremolinan a mi alrededor, buscándome sin hallarme.
No puedo.
Queda muy poco tiempo.
¿Por qué debo llorar? No podría decir que ha de hacer falta. Aquello no podía hacer falta. No era posible.
¿O sí?
Era su culpa.
Ella era su culpa.
Aquellas lágrimas que caían por su espalda eran gotas de esencia desperdiciada. Aquellas lágrimas heladas, que poco a poco se desvanecían…
Ella era suya.
¿Por qué?
¿Por qué ahora?
Un mes, una semana, un día… Un instante más…
Ya no podía.
Aquello estaba desgarrándole.

Ella lo miraba, y sonreía con tristeza. Aquello era una brusca despedida, pero no podía hacerlo de manera distinta. Lentamente, hizo aquello que no había hecho nunca…
Sintió sus labios…
Sintió su respiración…
Ella estaba allí…
Abrió sus ojos… No, no debía.
Los abrió.
Ella le sonrió….
Entonces, él tomó aquel lapicero azul que quedaba sobre la mesa, y rayó desesperadamente aquellas hojas esparcidas sobre el escritorio. Desgarró aquellos silencios, aquellas cadenas, aquellos recuerdos.
Ella le sonreía….
Sus besos perfumados se perdían en aquellos abismos blancos….
Le sonreía…
No quedaba mucho.

Adiós.

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