Fiach Dubh

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domingo, 30 de marzo de 2014

Mi principio

Fuiste el principio.
Mis ojos se hallaban cerrados. Estaba hundido en la oscuridad que yo mismo elegí.  Mi cuerpo se hundía lentamente, siguiendo el caminar de las olas. Lentamente, me alejaba…
Aquello era dulce… Se sentía tan placentero.
Desconectarse… Cortar aquellos hilos que aún me mantenían atado, aquellas delicadas y finas hebras de pensamientos aún terrestres y recuerdos que se opacaban lentamente.
Aquellas voces que me rodeaban…
Aquellas voces que golpeaban, y me hicieron ver aquel rostro.
El rostro putrefacto de un cuervo. Un cuervo oscuro, de afiladas garras. Sus plumas negras estaban llenas de podredumbre. Sus cuencas oculares estaban vacíos, y sólo ardía en ellos la esencia de mil demonios y ángeles caídos.
Mi rostro. Ellos me lo dijeron. No había otra explicación. Aquellas voces se hundían en la mía, me rodeaban. Me enseñaron aquel rostro, y lo tatuaron en mi frente. Hundieron profundamente las garras del cuervo en mi pecho, y las llamaron mis manos. Hundieron fragmentos de hielo, hojas secas, metales retorcidos, en mi espalda. Los llamaron mis alas. Y luego me soltaron, me dejaron caer, y me enseñaron que aquello era mi esencia, aquello era mi yo.
Un cuervo putrefacto de alas retorcidas…
¿Cuánto tiempo? No podría decirlo. El tiempo no corría. Un cementerio me rodeaba. Los aromas de la sangre en descomposición, de la carne agusanada, del silencio y sus castigos… Eran  mis compañeros.
Nadie podía ver aquello. Nadie lo intentó realmente.
Mis sonrisas pudieron engañarlos, ¿verdad?
Podían verme sonreír, y sentirse tranquilo. Veían la tela lisa que cubría mi espalda, y no aquellos surcos rojos debajo de ella. Veían mi mirada serena, y llena de un intento de cariño…
¿Por qué cariño? Porque era lo poco que aún me pertenecía. Era el vestigio que quedaba de una inocencia rota y destruida.
Mis alas estaban tan cansadas….
Aquella estatua helada las quebró. Mis alas deformes quedaron en el suelo, retorcidas. Arrancó lentamente algunas plumas que me quedaban…
Sus golpes eran un contacto físico…
¿Lo valió? No.
Pero creí necesitarlo. Creí que nadie más me ofrecería aquello. ¿Por qué no podían? Todos veían aquellas plumas corroídas y oxidadas, aquel pico amarillento y roto, deformado por el ácido, aquel cuerpo repleto de surcos, con heridas infectadas, cosido a partir de retazos.
Todos lo veían…
Eso me enseñaron.
Y lo aprendí muy bien. No lo dudé. No luché contra él.  ¿Por qué hacerlo? Era tan cierto… Parecía tan lógico. Las pedradas debían tener un motivo, ¿verdad? Nadie lanza piedras a una paloma blanca… Nadie lanza piedras a una rosa… Nadie lanza piedras a un tesoro…
Hallé un camino.
Hallé un camino lleno de aquellas voces de papel.
Siempre lo recuerdo. Aquel camino pocos lo transitaban. Algunos nunca se detenían.
Yo me detuve en él. Lo hallé. Aquel camino era un abrazo de papel, que me cubría en silencio. Aquel camino me llevo a aquellas voces. Aquellas voces que hablaban y me relataron mil y un secretos olvidados. Aquellas voces que resultaban ser caminos a aquellos lugares, aquellos prados verdes, aquellas canciones alrededor de una hoguera, aquel tambor de la caballería.
Aquellas voces me acompañaron.  Mis niños azules. Tan pequeños, pero me acompañaban. Me seguían en silencio, susurrando en mis oídos.
Aprendí a sonreír. Aquella oscuridad en mi plumaje seguía allí, pero al menos por algunos instantes podía ver otra cosa. En aquellos momentos podía estar rodeado de compañeros, bañado en sangre, y ahogando suspiros mientras quebraba el trayecto de las flechas que buscaban sus corazones. En aquellos momentos podía ver el brillo en mis ojos, un brillo sin fin, un brillo que se notaba y que eliminaba mi negro plumaje. En aquellos momentos podía ser no tan yo, podía ser ellos, aquellos que no tiemblan. Aquellos que no callan.
No estaba a salvo, pero podía creer que lo estaba…
Fuiste el principio.
Me diste tu primer regalo fragmentándolo en tardes y noches llenas de palabras, de risas y de silencios. Me diste tu primer regalo bañado de alegría, preocupación,  y (aunque nunca lo supe totalmente en aquellos tiempos) investigación de quien soy.
¿Por qué lo hiciste?
Todos huían de la peste en mi mirada. Pero tu te acercaste… ¡Tu te acercaste! Me miraste a los ojos. Me hallaste.
¿Qué veías?
¿Qué veías en  aquellas tinieblas?
Sé que no podría contarlos, así que sólo escojo algunos.
Me diste tu segundo regalo en aquella unión. Aquella amistad. Aquel lazo que no se quebraba, y fortaleciste.
¿Por qué? Tanta luz, y seguiste cavando en las tinieblas… Tanto pasto y seguiste cavando en el desierto…
¿Por qué?
Estabas allí. Aquello era desconcertante. No huías de mi hedor. No huías de aquello que bañaba mi rostro.
Te quedaste.
Tu tercer regalo me lo diste en una noche perfecta. Tu sonrisa me llenaba de aquello que antes no conocía, una euforia que me provocaba aquello que nunca pude nombrar… Sus manos en las mías… Tus ojos en los míos… Tu sonrisa en la mía… Ya lo sabía antes, ya sabía que te pertenecía. No podía negarlo, y aquel día quería que lo supieras… Aquel día, tus palabras no fueron realmente una barrera. ¿Podían tus palabras empequeñecer aun de manera minúscula aquello que vivió en mí, aquello que despertó en mí, al sentir tu mano en la mía? No. Aquello era … No podría definirlo aunque pudiese escribir versos durante años sin descansar.

¿Por qué no te fuiste? Nunca lo hiciste…
No lo podía entender. ¿Cómo entender aquellas palabras? ¿Cómo entender aquellas conversaciones?  Tu presencia era … Tu presencia… Un ángel que descendía al infierno, y se acercaba al barro de las fosas hediondas de carne putrefacta…. Dama élfica, negando las eras y dejando su inmortalidad…
¿Por qué te quedaste?
¿Por qué no te alejaste?
Comenzaba a fragmentarse la oscuridad…
El quinto regalo, fue una lluvia de voces, melodías, canciones. Una mano calurosa en mi garra retorcida. Una mirada tranquila. El calor de tu cuerpo, el olor de tu cabello, la suavidad de tu aliento… ¿Por qué? ¿Por qué yo? ¡Por que yo! Podías huir. Podías pedir mi sangre, y gustoso la dejaría derramarse en el mar, llevándose mi esencia para que puedas huir tranquila. Pero no, seguías allí, tu cabeza apoyada en mi hombro, y tus dedos entrelazados con los míos…
Fuiste el principio.
El sexto regalo, en este he de detenerme. Aquel domingo, aquella tarde…
Aquel beso.
Aquellas palabras, aquellas miradas.
El principio ya escrito, la tinta relucía.
Y empezaste.
Quebraste lentamente aquello que me rodeaba, aquellos escondites que yo había quebrado. Hundiste las rejas de mis fortalezas y paseaste entre mis jardines ocultos.
¿Por qué yo?
Quebraste lentamente los muros que yo había alzado, y levantaste los hechizos que puse en el espejo. Me acercaste a él, me arrastraste a él, y me hiciste abrazarlo. Quemaste las cadenas que yo había tatuado en mi piel, y curaste lentamente de aquellas heridas.
Recogiste mis alas rotas.
Recogiste aquellos fragmentos de plumaje negro y los bañaste en tu sangre y tus lágrimas.
¿Quién lo diría?
Aquel plumaje brillaba, hecho de llamas azules…
¿Mío?
¿Por qué me mientes?
No, tú no me mentirías… Entonces… ¿es mío?
¿Soy yo? ¿Es esa mi mirada?
Soy yo…
Pero… ¿Aquello que me enseñaron?
Aquello que me enseñaron…
Estabas allí. Tu mano recorría mi pecho, y bebías la sangre corrupta que me poblaba. Cortaste tu pecho y dejaste caer la tuya, pura, en los agujeros que me llenaban. Los llenaste. Llenaste todo. Cubriste cada espacio, cada instante, cada segundo, cada minuto, cada sonrisa, cada pensamiento, cada ilusión, cada sueño, cada fragmento de esencia. Uniste mis pedazos y los cosiste pacientemente. Tus dedos sangraron a veces por el filo de aquellas agujas, y por los restos de metal y hierro que aún me poblaban…
Pero seguiste allí. Seguiste tejiendo, hilando mi cuerpo, hilando mi voz y mis pensamientos.
 Recuperando aquello que fui, y bañándolo en la luna de tus ojos, y creando aquello que escribe en este instante.
Fuiste mi principio.
Tu voz se hallaba en cada verso, en cada rima. En cada nueva melodía, y en cada silencio que no quedaba.
Fuiste mi principio.
Me marcaste,  y me curaste.
Me hallaste, y me enseñaste.
Me encontraste, y me devolviste mi rostro…
Me devolviste el azul.
Fuiste mi principio.
Y susurro al viento, a la luna;
Susurro al recuerdo, al lamento,
A las lágrimas, y al cielo;
Susurro a la plata, y al fuego,
Al azul…
Susurro al viento, a la luna,
Al azul…
Que el final que me aguarda puedas ser tú.
Hallar el final en tu sonrisa. Hallar mi tumba en tu pecho.  Hallar mi lecho en tus párpados cristalinos. Hallar mi hogar en tus suspiros…
Fuiste mi principio.
Mi principio... El inicio de mi azul en su máxima esencia... El inicio de mi Yo liberado de cadenas...
Mi principio.

Sé mi final.




Para ti, mi principio, mi esencia. Gracias.

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