Fiach Dubh

Fiach Dubh
Fiach Dubh

miércoles, 26 de marzo de 2014

Aquella y ella

Ella me aguardaba, tendida entre mantas azuladas. Su piel relucía, y destellaba delicadamente. Su sonrisa petrificada se perdía en un amanecer lejano, pero me hallaba… Me hallaba y me había hallado muchas veces antes.  Quizás… Quizás me halló desde aquella primera vez,  aquella vez que supe llamarla. La llamé, y ella vino. La llamé, y ella me tomó. Sus dedos  helados recorrieron mis mejillas, y encendieron mis labios. Atizó lentamente mi cuerpo, y lo hundió en un ritmo acalorado y congelado. …
Sus ojos me perseguían. Aquella tarde, no estaba ella, pero yo seguía una imagen pasajera. Ella dormía, y yo pertenecía a aquel día. El sol ardía con fuerza aún, enrojecido, y yo caminaba despacio por los rincones de la tarde. Seguía a aquella, aquella cuya voz relucía como el rocío. Aquella cuya sonrisa era vida y fuego. Y sus ojos, sus ojos chispeaban humanidad y sangre palpitante. La seguía callado, y buscaba su mirada con la mía. ¿Podría haberlo predicho? Quizás.  Caminaba en la sombra, sin dejarme ver. Siempre he sabido ser invisible. Es muy fácil para alguien como yo. Seguía a aquella, y llegué a una pequeña calle. Ella estaba sentada en una banca. La calle se abría a un pequeño parque, y ella estaba sentada allí. Su cabello brillaba con el sol, y los rayos de este mojaban sus párpados y sus delgadas cejas. Sus mejillas estaban sonrojadas, como siempre solían estarlo.  Pero, había lágrimas recorriendo sus mejillas. Aquellas pequeñas gotas de una lluvia inexistente me quebraron inmediatamente. No sabía qué hacer. ¿Debería acercarme? No lo sé.  Su mirada estaba perdida, no me vería. Soy invisible de todas maneras, opaco y sin color. ¿Debería acercarme? No. No debo
¿Debería? No, es lo mejor. Mejor quedarse callado, y sólo observar.
¿Debería? ¿Por qué me insisto? ¿Por qué insistes?
Me acerqué despacio. No pude evitarlo. Cuando me di cuenta, estaba frente a ella. Sus piernas estaban pegadas a su cuerpo, lo que le daba un aspecto tan frágil y delicado. Era de porcelana reluciente, frágil, nueva. No debía tocarla. Cualquiera de las palabras que nacen en mi boca podría resquebrajar su piel y desgarrar su alma. Frágil porcelana… No debería acercarme, pero estoy aquí. Sus lágrimas siguen corriendo.
Lentamente, extiendo mi mano, y la pongo sobre su hombro. Despacio, acaricio su piel tostada, y subo hacia su mejilla. Su mejilla es un pequeño horno, palpitante de calor. Sus ojos siguen perdidos.
Acaricio su mejilla en movimientos circulares. Acerco mi otra mano, y con mi pañuelo, secó aquellas lágrimas que ocultan sus ojos. Desvisto sus ojos de aquel vestido de rocío. Me agacho un poco, y logro ponerme a su altura. Estoy arrodillado ante ella. Su mirada sigue perdida.
Acaricio su frente, ligeramente arrugada por un ceño fruncido. No sé si será molestia por este extraño que acaricia su frente, o quizás exasperación por aquella extraña e injusta razón por la cual podría estar llorando. Cualquier razón es injusta, no hay excusa alguna que justifique aquellas lágrimas hirvientes.
Acaricia su mejilla, y lentamente bajo una de mis manos. Tomo su mano, y la acerco a mis labios. Poso mis labios sobre su pequeño puño, cerrado, y siento como tiembla. Su mirada sigue perdida. Sus mejillas siguen sonrojadas, pero el rubor no se acentúa con mi presencia.  Me acerco a su rostro, muy despacio. Observó sus ojos….
Están llenos. Rebalsan. Aquello es enorme, profundo, y se aferra a ella. Trato de luchar, e incrustar mi mirada, como una cura insoluble. No lo logro. Mi cuerpo se estremece. Ella retoza en el calor de un verano perdido, y mis manos yacen congeladas entre témpanos y suspiros. Su mirada sigue perdida.
Me incorporo un poco, y me acerco a su frente.
Dejo solamente un beso…
Ella me aguardaba, en su lecho de mantas azuladas. Sonríe. No se siente furiosa, porque sabe que sigo siendo suyo.  Siempre lo he sido, aun cuando yo creí que recién ahora le pertenecía. Ella velaba y esperaba. Bebía mi esencia cada noche de invierno, y cada insomnio de verano. Me bebía y me soñaba, me vivía y me gastaba.
Ella me aguardaba.
Sus ojos pálidos me observan, y su sonrisa es suave. Sus manos heladas toman las mías, y me atraen a su pecho.
Ella me esperaba, y está cansada de esperar.
Aquella nunca pudo verme.
Aquella nunca podrá verme.
Aquella pertenece  a aquello, aquel territorio prohibido al que no tengo acceso. Ella pertenece a aquella luz dorada que quema mi cuerpo y consume mi alma.
Ella me aguardaba, y observó todo, sin decir nada. Siempre lo supo.
Sus labios de plata, sus ojos de plata, su blanco pecho y sus pezones de hielo…
Me aguardaban.
Ha venido, y ahora debo seguirla. No importa. Nadie me ve.

Soy invisible.

No hay comentarios: