Fiach Dubh

Fiach Dubh
Fiach Dubh

domingo, 30 de marzo de 2014

Mi principio

Fuiste el principio.
Mis ojos se hallaban cerrados. Estaba hundido en la oscuridad que yo mismo elegí.  Mi cuerpo se hundía lentamente, siguiendo el caminar de las olas. Lentamente, me alejaba…
Aquello era dulce… Se sentía tan placentero.
Desconectarse… Cortar aquellos hilos que aún me mantenían atado, aquellas delicadas y finas hebras de pensamientos aún terrestres y recuerdos que se opacaban lentamente.
Aquellas voces que me rodeaban…
Aquellas voces que golpeaban, y me hicieron ver aquel rostro.
El rostro putrefacto de un cuervo. Un cuervo oscuro, de afiladas garras. Sus plumas negras estaban llenas de podredumbre. Sus cuencas oculares estaban vacíos, y sólo ardía en ellos la esencia de mil demonios y ángeles caídos.
Mi rostro. Ellos me lo dijeron. No había otra explicación. Aquellas voces se hundían en la mía, me rodeaban. Me enseñaron aquel rostro, y lo tatuaron en mi frente. Hundieron profundamente las garras del cuervo en mi pecho, y las llamaron mis manos. Hundieron fragmentos de hielo, hojas secas, metales retorcidos, en mi espalda. Los llamaron mis alas. Y luego me soltaron, me dejaron caer, y me enseñaron que aquello era mi esencia, aquello era mi yo.
Un cuervo putrefacto de alas retorcidas…
¿Cuánto tiempo? No podría decirlo. El tiempo no corría. Un cementerio me rodeaba. Los aromas de la sangre en descomposición, de la carne agusanada, del silencio y sus castigos… Eran  mis compañeros.
Nadie podía ver aquello. Nadie lo intentó realmente.
Mis sonrisas pudieron engañarlos, ¿verdad?
Podían verme sonreír, y sentirse tranquilo. Veían la tela lisa que cubría mi espalda, y no aquellos surcos rojos debajo de ella. Veían mi mirada serena, y llena de un intento de cariño…
¿Por qué cariño? Porque era lo poco que aún me pertenecía. Era el vestigio que quedaba de una inocencia rota y destruida.
Mis alas estaban tan cansadas….
Aquella estatua helada las quebró. Mis alas deformes quedaron en el suelo, retorcidas. Arrancó lentamente algunas plumas que me quedaban…
Sus golpes eran un contacto físico…
¿Lo valió? No.
Pero creí necesitarlo. Creí que nadie más me ofrecería aquello. ¿Por qué no podían? Todos veían aquellas plumas corroídas y oxidadas, aquel pico amarillento y roto, deformado por el ácido, aquel cuerpo repleto de surcos, con heridas infectadas, cosido a partir de retazos.
Todos lo veían…
Eso me enseñaron.
Y lo aprendí muy bien. No lo dudé. No luché contra él.  ¿Por qué hacerlo? Era tan cierto… Parecía tan lógico. Las pedradas debían tener un motivo, ¿verdad? Nadie lanza piedras a una paloma blanca… Nadie lanza piedras a una rosa… Nadie lanza piedras a un tesoro…
Hallé un camino.
Hallé un camino lleno de aquellas voces de papel.
Siempre lo recuerdo. Aquel camino pocos lo transitaban. Algunos nunca se detenían.
Yo me detuve en él. Lo hallé. Aquel camino era un abrazo de papel, que me cubría en silencio. Aquel camino me llevo a aquellas voces. Aquellas voces que hablaban y me relataron mil y un secretos olvidados. Aquellas voces que resultaban ser caminos a aquellos lugares, aquellos prados verdes, aquellas canciones alrededor de una hoguera, aquel tambor de la caballería.
Aquellas voces me acompañaron.  Mis niños azules. Tan pequeños, pero me acompañaban. Me seguían en silencio, susurrando en mis oídos.
Aprendí a sonreír. Aquella oscuridad en mi plumaje seguía allí, pero al menos por algunos instantes podía ver otra cosa. En aquellos momentos podía estar rodeado de compañeros, bañado en sangre, y ahogando suspiros mientras quebraba el trayecto de las flechas que buscaban sus corazones. En aquellos momentos podía ver el brillo en mis ojos, un brillo sin fin, un brillo que se notaba y que eliminaba mi negro plumaje. En aquellos momentos podía ser no tan yo, podía ser ellos, aquellos que no tiemblan. Aquellos que no callan.
No estaba a salvo, pero podía creer que lo estaba…
Fuiste el principio.
Me diste tu primer regalo fragmentándolo en tardes y noches llenas de palabras, de risas y de silencios. Me diste tu primer regalo bañado de alegría, preocupación,  y (aunque nunca lo supe totalmente en aquellos tiempos) investigación de quien soy.
¿Por qué lo hiciste?
Todos huían de la peste en mi mirada. Pero tu te acercaste… ¡Tu te acercaste! Me miraste a los ojos. Me hallaste.
¿Qué veías?
¿Qué veías en  aquellas tinieblas?
Sé que no podría contarlos, así que sólo escojo algunos.
Me diste tu segundo regalo en aquella unión. Aquella amistad. Aquel lazo que no se quebraba, y fortaleciste.
¿Por qué? Tanta luz, y seguiste cavando en las tinieblas… Tanto pasto y seguiste cavando en el desierto…
¿Por qué?
Estabas allí. Aquello era desconcertante. No huías de mi hedor. No huías de aquello que bañaba mi rostro.
Te quedaste.
Tu tercer regalo me lo diste en una noche perfecta. Tu sonrisa me llenaba de aquello que antes no conocía, una euforia que me provocaba aquello que nunca pude nombrar… Sus manos en las mías… Tus ojos en los míos… Tu sonrisa en la mía… Ya lo sabía antes, ya sabía que te pertenecía. No podía negarlo, y aquel día quería que lo supieras… Aquel día, tus palabras no fueron realmente una barrera. ¿Podían tus palabras empequeñecer aun de manera minúscula aquello que vivió en mí, aquello que despertó en mí, al sentir tu mano en la mía? No. Aquello era … No podría definirlo aunque pudiese escribir versos durante años sin descansar.

¿Por qué no te fuiste? Nunca lo hiciste…
No lo podía entender. ¿Cómo entender aquellas palabras? ¿Cómo entender aquellas conversaciones?  Tu presencia era … Tu presencia… Un ángel que descendía al infierno, y se acercaba al barro de las fosas hediondas de carne putrefacta…. Dama élfica, negando las eras y dejando su inmortalidad…
¿Por qué te quedaste?
¿Por qué no te alejaste?
Comenzaba a fragmentarse la oscuridad…
El quinto regalo, fue una lluvia de voces, melodías, canciones. Una mano calurosa en mi garra retorcida. Una mirada tranquila. El calor de tu cuerpo, el olor de tu cabello, la suavidad de tu aliento… ¿Por qué? ¿Por qué yo? ¡Por que yo! Podías huir. Podías pedir mi sangre, y gustoso la dejaría derramarse en el mar, llevándose mi esencia para que puedas huir tranquila. Pero no, seguías allí, tu cabeza apoyada en mi hombro, y tus dedos entrelazados con los míos…
Fuiste el principio.
El sexto regalo, en este he de detenerme. Aquel domingo, aquella tarde…
Aquel beso.
Aquellas palabras, aquellas miradas.
El principio ya escrito, la tinta relucía.
Y empezaste.
Quebraste lentamente aquello que me rodeaba, aquellos escondites que yo había quebrado. Hundiste las rejas de mis fortalezas y paseaste entre mis jardines ocultos.
¿Por qué yo?
Quebraste lentamente los muros que yo había alzado, y levantaste los hechizos que puse en el espejo. Me acercaste a él, me arrastraste a él, y me hiciste abrazarlo. Quemaste las cadenas que yo había tatuado en mi piel, y curaste lentamente de aquellas heridas.
Recogiste mis alas rotas.
Recogiste aquellos fragmentos de plumaje negro y los bañaste en tu sangre y tus lágrimas.
¿Quién lo diría?
Aquel plumaje brillaba, hecho de llamas azules…
¿Mío?
¿Por qué me mientes?
No, tú no me mentirías… Entonces… ¿es mío?
¿Soy yo? ¿Es esa mi mirada?
Soy yo…
Pero… ¿Aquello que me enseñaron?
Aquello que me enseñaron…
Estabas allí. Tu mano recorría mi pecho, y bebías la sangre corrupta que me poblaba. Cortaste tu pecho y dejaste caer la tuya, pura, en los agujeros que me llenaban. Los llenaste. Llenaste todo. Cubriste cada espacio, cada instante, cada segundo, cada minuto, cada sonrisa, cada pensamiento, cada ilusión, cada sueño, cada fragmento de esencia. Uniste mis pedazos y los cosiste pacientemente. Tus dedos sangraron a veces por el filo de aquellas agujas, y por los restos de metal y hierro que aún me poblaban…
Pero seguiste allí. Seguiste tejiendo, hilando mi cuerpo, hilando mi voz y mis pensamientos.
 Recuperando aquello que fui, y bañándolo en la luna de tus ojos, y creando aquello que escribe en este instante.
Fuiste mi principio.
Tu voz se hallaba en cada verso, en cada rima. En cada nueva melodía, y en cada silencio que no quedaba.
Fuiste mi principio.
Me marcaste,  y me curaste.
Me hallaste, y me enseñaste.
Me encontraste, y me devolviste mi rostro…
Me devolviste el azul.
Fuiste mi principio.
Y susurro al viento, a la luna;
Susurro al recuerdo, al lamento,
A las lágrimas, y al cielo;
Susurro a la plata, y al fuego,
Al azul…
Susurro al viento, a la luna,
Al azul…
Que el final que me aguarda puedas ser tú.
Hallar el final en tu sonrisa. Hallar mi tumba en tu pecho.  Hallar mi lecho en tus párpados cristalinos. Hallar mi hogar en tus suspiros…
Fuiste mi principio.
Mi principio... El inicio de mi azul en su máxima esencia... El inicio de mi Yo liberado de cadenas...
Mi principio.

Sé mi final.




Para ti, mi principio, mi esencia. Gracias.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Aquella y ella

Ella me aguardaba, tendida entre mantas azuladas. Su piel relucía, y destellaba delicadamente. Su sonrisa petrificada se perdía en un amanecer lejano, pero me hallaba… Me hallaba y me había hallado muchas veces antes.  Quizás… Quizás me halló desde aquella primera vez,  aquella vez que supe llamarla. La llamé, y ella vino. La llamé, y ella me tomó. Sus dedos  helados recorrieron mis mejillas, y encendieron mis labios. Atizó lentamente mi cuerpo, y lo hundió en un ritmo acalorado y congelado. …
Sus ojos me perseguían. Aquella tarde, no estaba ella, pero yo seguía una imagen pasajera. Ella dormía, y yo pertenecía a aquel día. El sol ardía con fuerza aún, enrojecido, y yo caminaba despacio por los rincones de la tarde. Seguía a aquella, aquella cuya voz relucía como el rocío. Aquella cuya sonrisa era vida y fuego. Y sus ojos, sus ojos chispeaban humanidad y sangre palpitante. La seguía callado, y buscaba su mirada con la mía. ¿Podría haberlo predicho? Quizás.  Caminaba en la sombra, sin dejarme ver. Siempre he sabido ser invisible. Es muy fácil para alguien como yo. Seguía a aquella, y llegué a una pequeña calle. Ella estaba sentada en una banca. La calle se abría a un pequeño parque, y ella estaba sentada allí. Su cabello brillaba con el sol, y los rayos de este mojaban sus párpados y sus delgadas cejas. Sus mejillas estaban sonrojadas, como siempre solían estarlo.  Pero, había lágrimas recorriendo sus mejillas. Aquellas pequeñas gotas de una lluvia inexistente me quebraron inmediatamente. No sabía qué hacer. ¿Debería acercarme? No lo sé.  Su mirada estaba perdida, no me vería. Soy invisible de todas maneras, opaco y sin color. ¿Debería acercarme? No. No debo
¿Debería? No, es lo mejor. Mejor quedarse callado, y sólo observar.
¿Debería? ¿Por qué me insisto? ¿Por qué insistes?
Me acerqué despacio. No pude evitarlo. Cuando me di cuenta, estaba frente a ella. Sus piernas estaban pegadas a su cuerpo, lo que le daba un aspecto tan frágil y delicado. Era de porcelana reluciente, frágil, nueva. No debía tocarla. Cualquiera de las palabras que nacen en mi boca podría resquebrajar su piel y desgarrar su alma. Frágil porcelana… No debería acercarme, pero estoy aquí. Sus lágrimas siguen corriendo.
Lentamente, extiendo mi mano, y la pongo sobre su hombro. Despacio, acaricio su piel tostada, y subo hacia su mejilla. Su mejilla es un pequeño horno, palpitante de calor. Sus ojos siguen perdidos.
Acaricio su mejilla en movimientos circulares. Acerco mi otra mano, y con mi pañuelo, secó aquellas lágrimas que ocultan sus ojos. Desvisto sus ojos de aquel vestido de rocío. Me agacho un poco, y logro ponerme a su altura. Estoy arrodillado ante ella. Su mirada sigue perdida.
Acaricio su frente, ligeramente arrugada por un ceño fruncido. No sé si será molestia por este extraño que acaricia su frente, o quizás exasperación por aquella extraña e injusta razón por la cual podría estar llorando. Cualquier razón es injusta, no hay excusa alguna que justifique aquellas lágrimas hirvientes.
Acaricia su mejilla, y lentamente bajo una de mis manos. Tomo su mano, y la acerco a mis labios. Poso mis labios sobre su pequeño puño, cerrado, y siento como tiembla. Su mirada sigue perdida. Sus mejillas siguen sonrojadas, pero el rubor no se acentúa con mi presencia.  Me acerco a su rostro, muy despacio. Observó sus ojos….
Están llenos. Rebalsan. Aquello es enorme, profundo, y se aferra a ella. Trato de luchar, e incrustar mi mirada, como una cura insoluble. No lo logro. Mi cuerpo se estremece. Ella retoza en el calor de un verano perdido, y mis manos yacen congeladas entre témpanos y suspiros. Su mirada sigue perdida.
Me incorporo un poco, y me acerco a su frente.
Dejo solamente un beso…
Ella me aguardaba, en su lecho de mantas azuladas. Sonríe. No se siente furiosa, porque sabe que sigo siendo suyo.  Siempre lo he sido, aun cuando yo creí que recién ahora le pertenecía. Ella velaba y esperaba. Bebía mi esencia cada noche de invierno, y cada insomnio de verano. Me bebía y me soñaba, me vivía y me gastaba.
Ella me aguardaba.
Sus ojos pálidos me observan, y su sonrisa es suave. Sus manos heladas toman las mías, y me atraen a su pecho.
Ella me esperaba, y está cansada de esperar.
Aquella nunca pudo verme.
Aquella nunca podrá verme.
Aquella pertenece  a aquello, aquel territorio prohibido al que no tengo acceso. Ella pertenece a aquella luz dorada que quema mi cuerpo y consume mi alma.
Ella me aguardaba, y observó todo, sin decir nada. Siempre lo supo.
Sus labios de plata, sus ojos de plata, su blanco pecho y sus pezones de hielo…
Me aguardaban.
Ha venido, y ahora debo seguirla. No importa. Nadie me ve.

Soy invisible.

sábado, 22 de marzo de 2014

En la orilla de tu cama

¿Me recuerdas?
Yo sí te recuerdo.
Recuerdo tu respiración, tan suave. Tan tranquila. Tu aliento, perfumado por el aroma del café que compraste en aquel supermercado al que nunca podré acompañarte. Tus cabellos, desordenados, algunos de ellos robándote besos y suspiros. Tus párpados callados, inmóviles, y tus largas pestañas velando y vigilando. Tu frente, perlada con algunas gotas de sudor, y con pequeñas arrugas a la altura que nace la nariz. Tu pequeña nariz, brillando, reflejando la luz de la luna, que se cuela a tu habitación entre las rojas cortinas….
Recuerdo tu velador, en el que siempre dejabas un vaso de agua, medio vacío, ya que siempre tomabas la mitad antes de acostarte. Pero ahora, veo una taza vacía, con los restos de café… No solías tomar café en la noche. Siempre te quejabas que no podías dormir apenas te acostabas, que teníamos que quedarnos boca arriba mirando el techo, escuchando nuestras respiraciones, el ritmo acelerado de nuestros corazones agitados,  sin poder decir mucho. Todo era diferente en algún momento… O eso creo. En algún momento tu mentón se apoyaba en mi pecho, y tus manos recorrían mi frente, apartando mi cabello. Sentía tu aliento en mi cuello, y no nos quedábamos callados observando las imperfecciones del techo.  Recuerdo que tus mejillas no se quedaban blancas, aun recordaban cómo sonrojarse. Recuerdo que aquello que recordábamos no eran sólo recuerdos agonizantes, no eran únicamente palabras, eran también vidas vividas y vidas pasadas.  Recuerdo que solías sonreír mientras enredabas las sábanas y nos cubrías con aquel blanco velo. Nunca pensé que aquel velo sería ahora un sudario…
¿Por qué la taza de café? ¿Por qué no sueñas, como antes?
Solías contarme aquello que soñabas. Aún recuerdo aquel sueño que tuviste, del que los dos nos reímos. Y me abrazaste, y besaste mi cuello, y mordiste suavemente mi mejilla izquierda.
Nuestra cama se hallaba en medio de una habitación pequeña. Llegaste como siempre, antes que yo, y ya estabas acostada, leyendo aquella novela cuyo nombre hasta ahora no logro recordar o memorizar. Como siempre, después de preguntarte que estabas leyendo, te enfadaste, ya que hasta ahora no podía recordarlo.  Recuerdo que te acostaste, y te cubriste con las sábanas, y yo riendo, me acerqué despacio, quitándome los zapatos y la casaca, dispuesto a encontrarte en aquella marea blanca. Entonces lo sentí. Aquel perfume nuevo. Y vi aquella taza de café, que no se hallaba allí, pero que se encontraba en ese momento en el velador. Y entonces dejaste de esconderte. Te vi. Tus ojos oscuros, y ocultos por un velo de lágrimas de sangre. Tu boca firmemente cerrada, y tus labios formando una línea recta y sensual. Tu mirada se hundió en mí. Y en ese preciso momento, recordé todo. Aquello que soy, que fui, y que siempre seré.  Y lentamente, sentí mi cuerpo esfumarse, sentí mi nombre olvidarse, y tu cuerpo sonreír, aliviado. Pero tu mirada dejaba caer aquellas lágrimas ensangrentadas. Tu alma se desangraba. No estaba allí, pero me aferraba a ti. Me aferraba a aquel sentimiento que me creaste, aquel deseo irrefrenable que escribiste en mi alma, aquella personalidad que me diste y que escribiste en tu diario. Te suplicaba callado, pues mi voz ya estaba borrada. Las páginas borraban, como manchones blancos. Y tus labios formaron una sonrisa triste, que sólo susurraba despedidas y murmuraba un adiós que ni tu misma creías. Y yo suplicando, aferrando a tus sábanas, arrastrado a aquello que era, a la realidad que tú misma borraste para hacerme parte de aquello que volvió tu costumbre nocturna.
Recuerdo… ¿Realmente recuerdo? ¿O escribes aquello que pasa por mi mente? ¿Cómo saberlo?
Me llamaste una vez, y luego lentamente borraste los versos y la prosa que eran mi identidad, mi voz, mi silencio, mis caricias, mi humanidad, y todo lo demás. Me llamaste y luego te despediste, así, intempestivamente, sin explicaciones. ¿Te fallé? Nunca me lo dijiste, nunca supiste decirme nada más que sonrisas y miradas…
Y ahora me siento en la orilla de tu cama, y observo. Y pienso que recuerdo todo esto, mientras tu sonríes y sueñas, y quizás creas otro yo, otro que se acueste a tu lado, y le das mi nombre y mi voz… ¿Le darás mis besos, mis caricias, mis miradas? No lo sé. 
¿Qué hago aquí?
Nací de ti, pero me expulsaste de tus noches, me expulsaste de tu vida, y ahora no sé qué hago sentado en la orilla de tu cama, observando tus párpados petrificados y tus pechos adormecidos entre tus sábanas blancas.  Escucho tu respiración, que ya no es calmada, sino agitada, y tu cuerpo se estremece, cómo aquellos momentos en los que susurrabas mi nombre en mi oído y luego mordías muy despacio.
¿Qué hago aquí?
No pertenezco a nada, ni a nadie. No soy nada, ni nadie.
Tú me trajiste, tú me llamaste. No sé dónde, no sé cómo volver, no sé adónde ir. Sólo me siento en la orilla de tu cama, y me embriago de tu cuerpo callado y agitado. Me embriago de recuerdos que no sé si tu creaste o si son reales. Me embriago de momentos que quizás no fueron.
¿Quién soy? El nombre que me diste te pertenecía, pero pudiste dármelo al despedirte. ¿Quién soy ahora? Me lo arrebataste también. Conjuraste mi silencio, pero aún sigo aquí, y te observo.
¿Qué hago aquí, sentado a la orilla de tu cama?
Sonríes despacio, con una sonrisa agonizante. Tus piernas se enredan entres tus sábanas. Tu respiración sigue agitada.
Se acerca el día, y debo partir. ¿Adónde? No lo sé. ¿Debo? Tampoco lo sé, pero así será… No lo sé.

¿Qué hago aquí sentado a la orilla de tu cama?

lunes, 17 de marzo de 2014

No poseo nada

Descanso en tus besos,
Respiro en tu pecho;
Me pierdo en tus ojos
Y me hallo en tu seno;
Me escondo en tus labios
Y cierro mis ojos...
Cierro mis ojos, te veo,
Y me encierro en tus latidos,
Me oculto en tu cuello,
Besando tu aliento....

Mi cielo, te busco
En las noches azuladas,
Entre pétalos de sueños;
Una escalera de versos
Lentamente voy tejiendo
Y la escondo entre tus dedos.
Beso tus recuerdos,
Beso tus silencios,
Mi cielo, mi vida,
Busco en las estrellas
Tu sonrisa de sirena,
Algún nomeolvides
Escondido en tu sonrisa;
Mi parca lo necesita...

Mi cielo, mi vida,
Mi dueña, mi todo,
Mi noche sin día.
Mi vida, te busco
Me hallo en tu sonrisa,
Me encarno en tus labios,
Me ahogo en tu risa...
Te escribo mis besos
Me escondo en tu seno,
Te ofrezco mis versos,
Mis alas, mi infierno.
No poseo nada,
Sólo tengo un verso
Que lleva tu nombre...
Lleva tu sonrisa,
Y lleva mi vida.
No poseo nada,
Pertenezco a tu sonrisa.





jueves, 13 de marzo de 2014

Acuéstate a mi lado

Callas
Y observas...
Sólo quédate conmigo.
Sólo escríbeme un latido
Y escóndete en mi pecho;
Sólo roza mis pupilas
Y descansa en mi verso...
Sólo dime una caricia,
Y cuéntame tu cielo;
Sólo cállame una rosa
Y descríbeme un silencio.

Callas,
Y observas...
Y te escondo en mis latidos
Pues no puedo hallarte;
Te escondo en mis momentos
Y en las rosas que en una tarde
Languidecen en una mesa vacía.
¿Podré hallarte entre mis besos?

Callas.
Callas aquello que buscan
Los ángeles del infierno;
Callas los minutos que quedaron
En un paraíso de recuerdos,
Callas mi vida, y escondes mi aliento...
Y te busco,
Busco un verso que te halle,
Busco un verso que te niegue,
Y te afirme en un altar de plata.

Busco un verso
Que me lleve a tu pecho
Y me marque en tus latidos;
Que ofrezca tu seno
A mis labios rotos;
Que ofrezca tu aliento
A mi cuerpo roto,;
Que ofrezca el cielo
Que se esconde en tu sonrisa,
El único paraíso
Al que mi alma tiene acceso...

Y callo, pues no tengo nada...
Las flores se marchitan
En mis manos vacías,
Los pétalos rotos cubren mi camino...
Sigo buscando.
Sigo buscando aquel silencio.
Sigo buscando aquel verso.
Arrodillado en tu seno,
Acurrucado en el recuerdo
De alguno de tus besos;
Arrodillado en la nieve
De tu silencio...
Sigo buscando.

Sólo quédate conmigo...
No me dejes en un cielo
De ángeles
Dónde tu sonrisa se esconde.
No me dejes en un mar
De estrellas y arena
Dónde no hallo tu pena.
No me dejes en el cuerpo
Que habita mi legión
En eterno combate...
Sólo quédate conmigo
Y acuéstate a mi lado...

Sólo calla mi versos,
Calla mis latidos,
Calla mi sangre
Y calla mis gemidos...
Sólo calla mis recuerdos,
Mis besos,
Mi infierno...
Sólo cállame y huye,
Huye de mi cuerpo,
Huye de mi verso...
O quédate a mi lado
Y escóndete en mi pecho...
Callas,
Observas...
Acuéstate a mi lado.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Dame un silencio

Mis dedos entumecidos...

Beberé despacio el jugo de la amapola,
Y me quedaré callado.
Lo lamento.

Las aguas tranquilas
Del río Lete
Recorren mi mejilla...
Siento el sabor azucarado
Del vino de sueño;
Escucho silencios que claman
Y voces que callan;
Dame sólo un momento,
¿Quieres?

Encerrarme en un pasillo
Y esconderme en una puerta;
Callarme aquellas notas
Y hablar las visiones;
Déjame ir.

Cerrar los ojos,
Cerrar el silencio...
Un descanso.

Beber el jugo de amapola
Y sentir el cuerpo huyendo,
Sentir el muerto en silencio
Y el río del Averno...
Dame un silencio,
Por favor.


martes, 4 de marzo de 2014

Huye

Nos queda tan poco...

Una taza de café
Tibia en la mañana,
Una almohada deformada,
Mantequilla en la tostada...
Las horas pasaban,
Palabras quedaban;
Servilletas arrugadas,
El tic tac del reloj,
Las sillas vacías.

Vestimentas rotas,
Quedan remendadas;
El silencio es ruido,
Y la canción un latido...
¿Morir? Ya quisiera...
Y vivir agonizando
Las huellas de tu perfume,
Aroma de tu voz,
El latido de tus besos,
La dulzura de tu seno...
El café sigue esperando.

Nos queda tan poco...
Pero agonizamos
Separados.
En tu bóveda celeste,
Y cadenas de mi infierno...
Servilletas arrugadas,
Dibujadas por tus labios;
El sol que se acuesta.
Pero agonizamos
En cartas vacías
Y llagas abiertas;
Entre espinas rotas,
Y rosas sin pétalos;
Bajo la lluvia de fuego,
Y nuestra hoguera de hielo...
Agonizamos, despacio;
¿Morir en tus brazos?
Idea o recuerdo,
Pensamiento roto
Hundido en tu seno...
Una lápida sin flores,
Un ruiseñor sin voz,
Algún lamento sin pena,
Y lágrimas sin sal...
Incompleto...

Mi condena...
¿Cual es mi condena?
Agonizar incompleto,
Lejos de tu cuerpo,
De aquella sonrisa
Que llenaba un cielo;
Y de aquellas manos
Que derrumbaban mi infierno.

Nos queda tan poco...
¿Lo recuerdas?
Labios rotos,
Besos incómodos,
Versos disparejos,
Ojos sin recuerdos...
Resumiendo: un cuervo.

Nos queda tan poco...
Te sigo esperando.

¿En verdad? No.
Tu hogar es jardín,
El mío es un páramo;
Tu risa es marfil,
Mi mirada el cálamo,
Tu cielo de añil,
Y mi amor tu tábano...

Huye de mis besos,
Abandona mis recuerdos,
Escapa, mi cielo,
Tu claridad, mis tinieblas,
Tu sonrisa, y mi niebla,
¡Escapa, mi cielo!
Huye de mi infierno...
Musa del silencio,
Ninfa de recuerdos...
¡Huye! ¡Vete!

Tuviste misericordia
De un grajo perdido;
Le abriste tu cielo,
Y le entregaste tus besos...
Escapa, mi cielo.
Huye de mis versos,
Huye de mis besos,
Huye de mi infierno...

Nos queda tan poco...
Mi agonía acaba.
Pues hallarás tu sonrisa
Lejos de mi lápida...
Y mi cuerpo putrefacto
Se hundirá en tu olvido...
Todo vale tu sonrisa.