Fiach Dubh

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sábado, 2 de noviembre de 2013

Veintisiete rosas sobre tu piel blanca

Aquella rosa resaltaba sobre su vestido blanco.

Sus labios siempre están rojos.

Recuerdo la primera vez que la vi. No podía apartar mis ojos de sus labios...
Recuerdo que los seguía. Mis ojos los buscaban. Llevaba un vestido negro. O estaba vestida de negro...
Recuerdo su manera de caminar, la manera en la que posaba delicadamente un pie tras otro, con una elegancia casi natural. Pero, pese a ser elegante, había algo en ese caminar, un toque salvaje y oscuro, que resultaba sencillamente aterrador y fascinante. Como si fuera el andar de un felino, de una pantera de negro pelaje, que se acerca lentamente a su presa...
Recuerdo sus ojos, que penetraban despacio dentro de mi cuerpo, y poco a poco sentía el sabor azucarado que me embriagaba. Recuerdo que no podía sostener su mirada. Era como adentrarse en las profundidades de un infierno, y sentir el fuego rozando tu piel, subiendo lentamente por tu cuerpo, y poco a poco consumiendo el envoltorio de carne que soy. Tenía que huir de aquellas pupilas, que ardían llenas de misterios y verdades, llenas de sangre y oscuridad, llenas de voces angelicales.

Recuerdo que la seguí hasta un pequeño restaurante, situado en una esquina.
Recuerdo haberme sentado en una mesita, detrás de ella, y recuerdo haber pedido una botellas de vino. Recuerdo que ella pidió un cheesecake de fresa, y un vaso de agua. Primero dio un largo sorbo al vaso, y escucho perfectamente el agua caer lentamente en su traquea. Recuerdo que cuando dejó el vaso sobre la mesa de madera oscura, los gotas de agua que quedaron en sus labios relucían como el rocío de la mañana. Eran telarañas de cristal. Una de ellas cayó lentamente por su mentón, y siguió el camino blanco de su cuello. Un tímido riachuelo, que se perdió en la oscuridad de un valle oculto. Recuerdo que su lengua recorrió despacio los labios, buscando las gotas extraviadas, y tomándolas a la fuerza.
Recuerdo que tomó la cuchara, despacio, sin apresurarse. Corto un pedazo de crema, y lentamente lo llevo a su boca. ¿Alguna vez han visto la sangre, brillante, dejar un rastro sobre la nieve?
Recuerdo que luego mordió una fresa, y el almíbar brillaba en sus labios, como una capa de labial. No era necesario, sus labios escarlatas brillaban bajo la pálida luz de un verano moribundo.
Recuerdo el sonido de sus dientes al tomar despacio un trozo de la galleta. Lo hizo tan despacio. Tan delicadamente.

Recuerdo sus ojos, que estaban perdidos, buscando algún rostro familiar quizás... Recuerdo que se movían despacio, y no estaban quietos. No se demoraban ni cinco minutos en pasar de un lugar a otro.

Recuerdo que solo se llevo la cuchara a la boca siete veces. Y dejó que se escapen de sus labios sietes suspiros. Bebió a pequeños sorbos el agua que le quedaba, y dejo un billete arrugado al lado de la servilleta. La blanca tela atestiguaba que ella estuvo allí, con un sello de rojo almíbar con la forma delicada de sus labios.

Recuerdo que se paró, y que tomó su bolso. Y comenzó a caminar.


Sus labios son tan suaves. Siento el sabor a fresas, a dulce, y el sabor de la crema azucarada. Siento el aliento perfumado con esencia oscura. Siento la crueldad de sus uñas afiladas. Su piel es cálida. Los latidos que se perciben son precipitados, y se unen al ritmo de los míos. Siento sus dientes aferrarse a mi piel, buscando con avidez la sangre, buscando embriagarse y perder los sentidos. Sus manos recorren mi espalda, y dejan surcos ardientes. Su calor es embriagador, y siento la fiebre que lentamente embota mis sentidos. Siento el sabor de la sal, y el sabor metálico, que se unen al sabor a fresas y azúcar.
Siento los latidos en un galope sin fin, sin pausa. Siento el calor que se hace cada vez mayor, y el infierno que se desata vistiendo una túnica de jardines elíseos. Siento lentamente el sudor que corre por su piel, un sudor espeso y cálido, que poco a poco deja escapar soplos de calor. El brillo plateado sobre su piel blanca genera un contraste enorme

Su cuerpo se enfría despacio.

La rosa queda muy bien sobre su cuello blanco. Sus labios siguen rojos. Es realmente hermoso. El valle de su pecho deja correr un río rojo. Veintisiete rosas adornan su cuerpo. Solo una lleva aun el tallo. Creo que quedaría mejor sobre sus labios. Siguen siendo tan suaves. Sólo es cuestión de hacer un poco de fuerza.

Sus ojos brillan aun. Pero siguen buscando algún rostro conocido. ¿O se deleitaran en buscar alguna imperfección en la pintura blanca del techo? No creo que la halle, yo mismo repaso cualquier mancha oscura.
Las sábanas aun siguen cálidas, empapadas en el sudor. Un sudor extrañamente espeso.
La hoja de plata hace un perfecto contraste con las pequeñas gotas de almíbar. El sabor ya no es dulce. Supongo que el tiempo ya las habrás corrompido. El sabor metálico no está tan mal. Sigue siendo un deleite.

Se ha quedado dormida. Se ve hermosa con las veintisiete rosas.

Sus ojos... Se ha olvidado de cerrarlos. No te preocupes, descansa. Dulces sueños.

Realmente se ve hermosa con las veintisiete rosas. Brillan sobre su piel blanca. Las sábanas siguen empapadas. El perfume es embriagador. Tendré que hacerme un espacio. Espero no resfriarme. Las sábanas están realmente empapadas. Buenas noches preciosa, dulces sueños. ¿Podrás despertarme mañana? Tengo que limpiar un poco esto. Sigues sudando, aun dormida. Tu piel cada vez es mas blanca...
Supongo que debes estar cansada. Descansa. Mantén tus ojos cerrados, ¿quieres?

Espero que no hayas despertado a los vecinos. A veces son poco comprehensivos. No lo entienden, ¿verdad?

Realmente se ven hermosas las rosas sobre tu piel blanca. Aunque no son muy nítidas. La sangre no siempre es una buena elección como tinta. Pero se ve hermosa sobre tu piel blanca.



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