Fiach Dubh

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lunes, 18 de noviembre de 2013

Oh Erzsébet

Y las horas siguen corriendo.
Su mano aun se agita.
Parpadea despacio, cada vez mas despacio...

Y las criptas se abren,
Salen ataviados de recuerdos harapientos... Hechos pedazos por la herrumbre del tiempo...
¿Que queda sobre sus cuerpos desnudos, mancillados por el tiempo y la cordura que se va?
¿Que queda en los cuencos oscuros dónde sus ojos reposaban?

Sus manos frías...
Las uñas rotas, que despedazaron la madera astilla a astillas, recorren su piel.
Dejan surcos de podredumbre y sangre reseca, de tierra húmeda y astillas muertas....
Son tan cálidas, ¿verdad?

Te levantan despacio, casi con dulzura... Y sientes aquellas miradas de lujuria.
Sientes el fuego que arde, pero no ves ninguna llama, ni si quiera una chispa; sólo hay oscuridad, y el perfume agridulce del vino derramado hace mucho, que ahora no podría beberse.
No puedes abrir los ojos. Lo deseas. Pero no quieres, ¿verdad?

Sientes labios rozando los tuyos... Y en cada roce dejan trozos de tierra y madera... O de carne ... ¿Quien sabe? Aquellas substancias han estado unidas tanto tiempo... El perfume es uno solo, perfume que te embriaga y te produce también arcadas... Lo deseas, ¿verdad?

Oh Erzsébet, las dejaste desgarradas... Tu furia se siente... Cuerpos que rodean, danzan, clamando tu nombre. Tu belleza fue tu recompensa... ¿Y la de ellas?

Recorren su piel, muy despacio. Agujeros oscuros, de dónde manan los ríos de sangre mancillada, deshonrada... Y corren en un río irrefrenable, que desciende de sus cuerpos y baña el suyo. Siento el calor, y el frío sofocante...

Las doncellas de hierro esperan, calladas y silenciosas. Esperan a sus huéspedes, que no las desean. Pero yacen allí, ¿que pueden hacer?

Lo llevan  a aquel lecho de hierro, aquel lecho de plumas....Una tras otra, todas clamando en un coro celeste que ha perdido sinfonía. ¿Que les queda? Aquellas voces sin sentido, voces que ya no se complementan con latidos, voces que se ahogan sin suspiros... Gargantas abiertas, pechos desmembrados, Carnes, trozos de carne que caen despacio, se acumulan en el suelo. Cada embestida deshace, deshila, y la carne cae hecha pedazos, fermentada por el vino putrefacto y oscuro.

Claman, claman, y no dejan de clamar, aún entre gemidos. Y sus cuerpos se deshacen. No soportan ningún ritmo, ya no poseen ningún sonido, sólo ecos vacíos que ya se apagan. ¿Que les queda? ¿Que podrían hacer?

Erzsébet, abre tu puerta, y deja que la luz de la luna entre por tus ventanales.

Su cuerpo tiembla. Está manchado. Siente como corren los ríos de esencia, y caen despacio en aquel suelo profano. Y los rostros que quedan, aquellos rostros deformes, beben despacio, buscando recuperar lo que les fue arrebatado.

Derriba los muros, rompe los sellos. La condesa no gusta de esperar en silencio. ¿La oyes? La oyes. ¿Sientes aquella respiración agitada y felina? ¿Sientes el crujido de sus uñas sobre el suelo? ¿Sientes como abren surcos con cada paso que ella da?
La oyes...
 Todo está oscuro.
Pero escuchas aquellos latidos, ¿verdad? Claro que los escuchas. Poco a poco, acercándose. Tus pies ya estaban secos, ahora están empapados. Todo está bañado en sustancia, en esencia. La condesa no gusta de esperar. ¡Apresúrate!

No hay velas, ni hay cristales. Todo está oscuro. Pero sientes aquello. Ella espera. El lecho deshecho, las mantas por los suelos. Ella espera.

Sus uñas desgarran, ¿verdad? Azotes repetidos, tu espalda poco a poco se hace pulpa y esencia. Tus boca se retuerce, y busca esconderse. La sangre las cubre. Y su perfume, el perfume de las horas en aquel baño de esencia... Su perfume penetra tu vista, tu olfato, todos tus sentidos. Sientes el perfume. ¿Escuchas la melodía? ¿Aquella agridulce melodía que desprenden sus labios? Claro que la sientes.

Tu cuerpo ya no existe, no te queda nada. El lecho, la doncella de hierro. Un lecho muy cómodo para la condesa, ¿verdad?

Tu cuerpo, ella se empapa en tu cuerpo.... Lo siente, lo vive. Tu cuerpo, su cuerpo. Su hambre nunca ha sido atada.

Recuerdas las voces. ¿No te lo contaron? ¿No te ofrecieron el eco de notas de terror y dolor? ¿No te dejaron conocer la oscuridad de aquel perfume?
Ahora, ¿recuerdas aquella túnica blanca desgarrada? He allí tu sudario. Tu esencia ella la bebe, muy despacio. Cae por sus mejillas, resbala por su cuello, empapa su pecho y tiñe sus pezones. Desciende por su vientre, y cubre su oscuridad. Y desaparece.
Ella yace embriagada, callada, y sólo su respiración agitada queda en la habitación. Y su perfume, aquella indescriptible melodía, aquella cadencia y latido, que resuenan en las paredes aromáticas. Aquel aroma de sangre y carne.
La doncella de hierro el lecho. Las mantas, pieles deshechas, que lentamente se deshilachan. El vino que corre, la sangre de antaño que ahora debería estar reseca... Pero se mezcla con la tuya, y se refuerza el vino. Y el latido continúa.

Recuerda el perfume. Cierra tus ojos. Déjale tu esencia. Duerme


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