Fiach Dubh

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Fiach Dubh

viernes, 4 de octubre de 2013

Hora libre

A veces es interesante quedarse callado, en medio de todos. Y observar. Escuchar con la mirada y no con los oídos. Es algo que no siempre hacemos... En medio de un patio, repleto de bullicio, lleno de niños, adolescentes, adultos... ¿Quién se detiene a escuchar en una mirada? Creo que muy pocos. Pero una mirada puede contarnos mucho. Hay miradas que gritan suplicantes por ayuda, por apoyo, por comprehensión. Hay miradas que susurran, enojadas, resentidas. Hay miradas que relucen con un gélido brillo, con mensajes ocultos detrás de muros de cristal. Hay miradas que callan nada más, apagadas, moribundas, y sólo esperan. ¿Cuanto podríamos hacer por alguien si nos detuvieramos a darle una ojeada a su mirada? ¿Quien sabe? ¿Y cuanto descubriríamos? Dicen que los ojos son los espejos del alma. Admitiendo la existencia del alma, creo que es cierto. La mirada de una persona es aquello que lo traiciona cuando miente. Es aquello que trasluce los sentimientos que para simular fortaleza quiere ocultar. La mirada cuenta mucho. Un pequeño entró al salón. Su mirada... Su mirada estaba cansada. Su canción se escuchaba apenas. ¿Que será? ¿Será nostalgia? ¿Será tristeza? A su corta edad, ¿será cansancio de una realidad gris que nos envuelve y lentamente nos sofoca? ¿Será la falta de toda gota de esperanza? Quién sabe... Su mirada suplicaba por un abrazo, por un oído atento, por una boca callada que no juzgue, pero que escuche. Su mirada dejaba ver una fragilidad reforzada por una máscara de hierro y hielo. ¿Que hacer? Una prisión resultaba ser su mejor fortaleza, su mejor refugio... ¿Que hacer? ¿Que decirle? Sólo fragmentos de segundos. Ya no estaba allí. ¿Quizás un fantasma? ¿O el recuerdo de alguien similar? ¿Quien sabe? Pequeño... Todos somos pequeños... Y crecemos... Pero ¿es necesario que muera el niño? ¿Es necesario que el gris drene absolutamente cada pedacito de él? No lo creo. Pequeño, el gris te ha tomado mucho en sus brazos. Tu mando está tiñendose de gris. Tu mirada me lo cuenta. Pequeño, pequeño... Lo lamento. Debí haberte parado, y haberte dicho algo. No te conozco, pero quizás te haya conocido. ¿Quien sabe? No estás sólo.

1 comentario:

Mariann Sanchez dijo...

Esto es obra de la rutinaria realidad...